Cuentos para leer en la casa | Las piernas del blue-jean

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 “Qué triste es quedarse para siempre en cualquier sitio”.

Teresa de la Parra

     “Me acuerdo de haber sido

             laurel-rosa y pez mudo”

 Pitágoras (s. IV a. de C.)

 “Enfurécete cuantas veces quieras, pero no te desmayes”                                          

Jane Austen

 Ahí las cuerdas con la ropa recién lavada, ahí mi blue-jean esperando los rayos solares, aquí, en este patio con este adiós.

La abuela dijo: Igualita que en su primera comunión, igualita… y nos asustamos: hacía tiempo que solo levantaba la manguera y nos regaba a todos como si fuéramos flores, pero de golpe tiene lúcida mirada y sabe que yo soy Ana y mi hermana Beatriz, y que ella es la abuela… Pero no: después que dijo igualita que en su primera comunión, se volvió al patio, para regar a los vecinos con la manguera.

Mamá me trata como si fuera a morirme: En unos años más y ya este corte de princesa no enseñará ninguna cintura de avispa, y me mira triste… Entonces me vengo al patio y ahí está mi blue-jean en las cuerdas, como si no se diera cuenta de nada, levantando las piernas a cada volar del viento, y azul como el mar azul, azul fuerte de tela dura para lavar.

El ruchadito del vestido me molesta, mamá está feliz con el encaje, pero a mí me molesta, ¡qué desperdicio! Vestido para una noche y de paso molesta.

La gata Natacha se me cuela entre las piernas y arrastra su pelambre frotándome como si se diera cuenta de este adiós: y la Beatriz también cree que voy a morirme porque ya me pidió mi casete de los Bee Gees porque como ya no lo vas a escuchar, dijo, y que: Porque ya no lo vas a escuchar… ¡como si yo fuera a quedarme sorda y no a casarme! Y quiere mi foto de Baryshnikov, y ella dice: Bueno, pero tú tienes a tu Roberto… Ahora no vas a mirar a nadie más, y ¡me aterro! Ahora cree que me voy a quedar ciega, sorda y ciega, ¡pero no le voy a dejar la foto de Baryshnikov, me la llevo y en algún sitio la pongo, ella dice: Roberto se va a ofender, y yo me quedo pensando, no sé, ese bailarín chiquitico del Baryshnikov, con sus ojos penetrantes no tiene nada que ver con mi Roberto, entonces le digo a la Beatriz: No, Roberto no se molesta porque por mí, él puede llevarse su foto de Olivia Newton John y ponerla en algún sitio también. Y ¿qué tienen que ver Baryshnikov y Olivia Newton John con todo esto, con este adiós?, lo que pasa es que Beatriz no quiere decir lo que debería, pero no importa, mejor así.

Saco los papeles de la gaveta en nuestro cuarto y los reviso, con la mirada de ella filtrándoseme, con los días en esta habitación, con las ramas del cocotero en la ventana, con las láminas de geografía pegadas en la pared, con su colección de estampillas, como mi oso de peluche gastado y sucio, y la miro… miro a la Beatriz, y me da hambre y sed, y me salgo al patio para, otra vez, frente a las piernas de mi blue-jean colgadas: ponerme a llorar.

Mamá dice que aguante la respiración mientras sube el cierre, me da un pañuelito y, mira qué coquetería, el mismo encaje que llevaba la falda del vestido, un pañuelito… será para llorar, no sé me dice y se voltea, yo sé que no quiere mirarme a la cara. Lo único que hay que llorar es lo que pica este vestido, mamá ¡eso es lo único! Y le bajo el cierre y me lo quito rápido.

La abuela llama desde su cuarto: ¡Mamá, mamá, ven a arroparme!, y yo entro y la veo metida en la cama, está tan arrugadita que parece una flor marchita de días, la arropo y redigo: Bueno, duérmete tranquilita, y ella: Dame la bendición, Dios te bendiga, miamor, la abuela está de metra con la arteriosclerosis, pero ya nos acostumbramos todos: entre las regadas inesperadas con la manguera y ese andar por el jardín apuradita como si estuviera a punto de hacer una travesura siempre. El otro día se metió en la cocina cuando yo tenía la licuadora a toda velocidad (ligando melón y piña para la dieta del martes), cuando entró parecía una momia egipcia, seria, mecánica; yo sostenía la tapa de la licuadora y la miraba a ella esperando un parlamento histórico, lo peor fue que ocurrió, porque me dijo, muy solemne: Nos engañaron a todas, nos engañaron y nos van a seguir engañando. Solté la tapa de la licuadora y los pedazos de piña y melón volaron (no sé cuándo es que van a mandar a reparar estas cosas en la casa). La seguí a la abuela y le dije: nos engañaron ¿en qué? , ¿cuándo?, el nos, el fulano: NOS, donde me incluye y pluraliza ¡me enferma!, pero le vi los ojos y ya supe que la abuela acababa de sintonizar otra emisora: iba directo al patio a buscar la manguera, tenía los ojos de muchachita traviesa en lugar de los de momia filosófica de antes.

A veces siento que Roberto y yo miramos el mundo como desde un balcón: el mundo es una masa-mazamorra en donde se levantan cosas duras, estables, para no sentir el mal olor, lo que flota de fondo… mejor la silla de extensión con la lona a rayas y el farol de la calle Comercio: allí se gestó todo entre Roberto y yo, ese es nuestro espacio, allí supe de sus miedos y los míos, de la casa de putas y el terror retratado en los ojos y en las maneras del: Póngase la servilleta sobre las piernas, no fume entre comidas, y no le agarre la mano a la novia frente a las visitas, allí supe de todo lo que él no sabía y allí le expliqué lo de la regla y esa desazón, ese desvarío.

Mi mamá anda misteriosísima con una fulana conversación que deberemos tener, dice, ya me lo sospecho, ¡pobrecita! hay tantas cosas que ella se va a morir sin saber y que ya yo sé ¡pobrecita!, vengo, y aquí en este patio, mirando mi blue-jean secándose, estoy mejor que en ninguna parte. El viento eleva las piernas y todo es azul.

Ayer perdí el autobús dos veces: me subía, veía a Roberto parado en la acera y ya me bajaba por la puerta de atrás para besarlo otra vez.

Le pusieron al patio cadenetas de papel de seda y la tía prepara el “chantilly”: a la novia no la puede ver el novio antes de la ceremonia. Me encanta el peso del cuerpo de Roberto sobre el mío, el roce de su piel, esa presión, es muy raro pero uno no siente peso, siente piel, el encuentro, y todo es liviano, húmedo, y flota, conozco cada fragmento de su cuerpo y parece que aprendiera a quererlo precisamente a partir de entender que esta cicatriz es una caída del columpio a los siete años, y esta marca es de cuando se quemó con la plancha, y ese lunar es el que tiene su tío Raimundo en el mismo sitio.

Ya mamá tuvo la conversación que quería conmigo, me aterroricé, ¡no puedo creer que ella tenga una idea tan triste de la cuestión!, pero no dije nada traté, hasta de poner mirada de asombro, no sé si se me notó algo, pero ella se fue con una cara de preocupación para la cocina.

La abuela quiere que le lleven una taza de leche caliente a la cama, mamá la prepara colocando la pequeña paila sobre la hornilla, vertiendo la leche con riguroso cuidado, y parece que acariciara la cuchara cuando la usa para dar vueltas al líquido.

Yo la miro desde aquí, sentada en el pretil, puedo divisar la cocina y a ella dentro en sus movimientos lentos, hasta que llena la taza, la coloca sobre el plato y se va al cuarto de la abuela, se acerca a la cama, se sienta, y con el plato sobre sus piernas acaricia los cabellos de la abuela que en estos momentos es una niña y no abuela ni mamá. Entonces, yo regreso mis ojos para posarlos sobre este cielo abierto, inmenso, en donde las piernas de mi blue-jean siguen flotando con el viento de atardecer, y en medio de las nubes apretaditas creo encontrar los ojos de Roberto, reviviendo esta complicidad nueva, este salto secreto, que nos hace mirar el mundo desde la baranda de un balcón.

¿Por qué mamá habla como si fuera a morirme…?

Fin

Tomado de Cuentos de Película. Editado por la Fundación Cinemateca Nacional, Caracas, 1997.

Autora

Laura Antillano

(Caracas, 1950)

Poeta, narradora, cronista, mediadora de lectura y profesora universitaria. Una de las más virtuosas escritoras venezolanas contemporáneas, incursiona en el cuento, la novela, el ensayo, la narrativa infantil y el periodismo. Entre sus libros publicados figuran Perfume de gardenia (1984), Cuentos de película (1985), La luna no es pan de horno y otras historias (1987), Solitaria solidaria (1990), Tuna de mar (1991), Diana en tierra wayúu (1992), Migajas (2004) y La aventura de leer (2005). Su obra ha sido galardonada en Venezuela y en el exterior. Ha recibido el Premio Bienal José Rafael Pocaterra, mención Poesía, el Premio Julio Garmendia de la Universidad Central de Venezuela, el Premio Ministerio de la Cultura en Literatura 2011 y el Premio Nacional de Cultura mención Literatura 2012-2014.

Destacado:

“No, Roberto no se molesta porque por mí, él puede llevarse su foto de Olivia Newton John y ponerla en algún sitio también”.