La Miss Celánea | Qué leer si te quieres ayudar

Malú Rengifo

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Es posible que me esté convirtiendo en una señora amargueta: mientras más adulta soy más cuestiono los libros de autoayuda, no solo por su capacidad de seducir a la gente con sus párrafos cortos y digeribles, sus letras grandes y su simpatía de a dos lochas, sino, y por encima de todo, por ser la punta de lanza más motolita del capitalismo para perpetuarse, la forma más efectiva de convencer a la gente de que el pobre es pobre porque quiere y de que para tener la vida que deseamos simplemente hace falta cambiar de mentalidad, comenzar a vibrar en otra frecuencia, dejar de hablarle a nuestros hermanos, amigos y tíos que huelen a jipi, perfumarnos en éxito y proyectar prosperidad a través de nuestra manera de vestir, aunque no tengamos plata para costear el dentista ni tengamos casa propia, o aunque tengamos un rosario de cargas familiares y poca o ninguna preparación profesional.

Confieso haber leído decenas de libros de esos durante mi vida. Presencié la época dorada del movimiendo new age y tuve acceso a títulos como Quién se ha llevado mi queso, La culpa es de la vaca y El caballero de la armadura oxidada, entre muchísimos otros. Desde entonces, cada tanto echo un ojo a los más recientes tomos, leo uno o dos que me llamen la atención, y los termino sin pena ni gloria, con la extraña sensación de que básicamente todos son el mismo libro pasado por una digestión más, sintetizado y decorado con nuevas y más efectivas formas de convencernos de que la única diferencia entre nosotros y Bill Gates, es que él creyó en su idea y tomó las riendas de su destino, de resto somos igualitos.

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Creer es el acto de dar por verdadero algo sin tener pruebas concretas de que sea real. De creer, se cree en las noticias de CNN y El País, donde los buenos son los gringos y el malo es Nicolás Maduro. Creer fue lo que hizo Caperucita cuando el lobo la hizo agarrar el camino largo para llegar primero a la cabaña de la abuela y jartárselas a las dos. A fuerza de solo creer nadie ha logrado en esta vida hacer ni un jugo de guayaba. La mente humana, que en efecto es poderosa para la invención como ninguna otra cosa en este mundo, es tan solo el primer paso, el mecanismo de organización, proyección, planificación, rectificación y, claro que sí, de muchas otras acciones que nos ayudan a dar respuesta a preguntas como ¿qué quiero lograr?, ¿cómo puedo lograrlo?, ¿por qué quiero lograrlo?, pero no va mucho más allá.

Crear es dar realidad a una cosa, traerla desde el plano de lo imaginario hasta el plano de lo material.

Les digo todo esto porque de unos meses para acá he estado leyendo a unas gentes amigas mías que se pusieron a buscar por el país a otras gentes de esas que no creen en nadie, de esas que crean. Los locos que andan escribiendo esas historias se llaman Lainventadera, del verbo inventar, una palabra que da forma a la acción de creer y crear al mismo tiempo. Desde entonces me han pasado algunas cosas: uno, que llegué a la conclusión de que la verdadera autoayuda es dejar de estar buscando consejo de los millonarios y comenzar a preguntarnos cómo y por qué hicieron las cosas las gentes que sí se parecen a uno de verdad; dos, que me he maravillado al recordar cuán inteligentes y capaces somos nosotros, los pobres de la tierra, el 99% de la población que no tenemos nada asegurado, los pobres con conciencia de clase que no andamos pendientes de proyectar éxito sino de resolver, los que movemos el mundo, los que juntos somos el aguacero.

Malú Rengifo