Dostoievski desarma el falso humanismo en Una historia desagradable

Luego de años, me reencuentro con Fiodor Dostoievski (Moscú, Rusia, 1821-1881) al leer su novela corta, Una historia desagradable (de la editorial argentina...

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Luego de años, me reencuentro con Fiodor Dostoievski (Moscú, Rusia, 1821-1881) al leer su novela corta, Una historia desagradable (de la editorial argentina La Compañía, 2010), publicada en 1862 en la revista Tiempo, que este escritor fundó junto con su hermano Mijail un año antes en su país natal. Como explica la traductora Luisa Borovsky en el posfacio, Dostoievski escribió este libro luego de pasar cuatro años de trabajos forzados en Siberia al formar parte de un movimiento para desafiar la censura, pero en realidad este castigo conmutó la pena de muerte y «llegó cuando el escritor se encontraba ya ante el pelotón de fusilamiento». ¿Se imaginan que Dostoievski hubiese sido ejecutado y no tuviéramos en nuestras manos El jugador (1866), Crimen y castigo (1866), El idiota (1868) y la emblemática Los hermanos Karamazov (1880)?

En Una historia desagradable, el relato comienza con la proclama del renacimiento de Rusia cuando «todos sus valientes hijos anhelaban nuevos destinos y esperanzas» y se adentra, sin zigzags, en la habitación de la casa de un acomodado y respetable burócrata en Petersburgo, Stepan Nikiforovich Nikiforov, quien está reunido con dos ex compañeros de trabajo, sus subalternos, bebiendo champán. El festejo, aunque los invitados no lo saben, es para celebrar que finalmente el burócrata, con rango de general, ha podido comprar esa confortable casa.

El tino de este libro, como de toda la literatura de Dostoievski, se centra en crear esa atmósfera psicológica de los personajes mientras van actuando, como si estuviéramos viendo una película (recordemos que faltaban más de treinta años para que apareciera el cinematógrafo de los hermanos Lumière). De repente, leemos en esta novela sobre un hombre respetable y refinado, pero en su descripción el narrador saca rasgos que desequilibran la imagen, la arrugan para volverla a planchar torpemente con la mano. Así, Dostoievski va deshojando, con maestría, personalidades ruines, contradictorias, ambiciosas, pedantes, para llegar a mostrar la carne viva de unas almas corrompidas.

En la casa del funcionario, después de unas copas que han alebrestado el ánimo, uno de ellos, Iván Ilich Pralinski, «un hombre bello, alto, lucía su traje con elegancia y refinada gravedad», mal visto por Nikiforov, aunque invitado a la reunión porque «era de buena cuna»; introduce un tema para desafiar lo que considera el carácter retrógrado de su anfitrión: el humanitarismo hacia los subordinados como parte de las reformas de esa Rusia cambiante. Y hablan del tema en abstracto, discuten y, cuando el anfitrión los despide, queda el mal sabor en la boca de Pralinski, quien se siente burlado por los otros funcionarios, quienes no han entendido, según él, sus palabras.

Como el cochero se ha ido, dejando al amo solo, Iván Ilich se niega a recibir la cola ofrecida por el otro compañero y prefiere regresar a su casa solo, a medianoche, a pie y, ya calmado, en el intermedio de un soliloquio con el que se burla imaginariamente de los otros dos hombres que ha dejado atrás, ocurre lo inesperado: escucha música en una casa miserable y pregunta a un guardia qué ocurre. Para su sorpresa, uno de sus subordinados, el funcionario Pseldonimov, está celebrando su boda y este personaje ve la ocasión perfecta para demostrar su humanitarismo. El monólogo de Iván Ilich es maquinador, desbordantemente egocéntrico.

En este momento, el relato da un vuelco total y la aparición inesperada del burócrata a la fiesta genera una serie de tensiones, de contradicciones, de incomodidades tanto para él (quien no logra su efecto) como para las humildes familias, hasta llegar a un paroxismo extremo cuando el elegante funcionario se emborracha totalmente y, después de una discusión con un escritor de columnas de un periódico que lo reta en medio de la comida (podría ser el mismo Dostoievski), el hombre, ya no tan refinado, se desmaya, apagando la celebración.

Durante ese contexto, como si el narrador azuzara la candela, se desenhebran las historias del novio, las circunstancias del matrimonio, el dinero gastado para agasajar al inesperado invitado; afloran los miedos del subalterno a perder su trabajo, este no entiende para qué y por qué su jefe está ahí, cómo socorrerlo si no gana siquiera para alquilar un coche y devolverlo a su casa. ¡¿Qué hacer?! Y nos contaminamos como lectores de la angustia de las familias, nos invade la consternación cuando el burócrata ha ocupado la cama nupcial (única alcoba disponible para el distinguido hombre) y la madre del novio lo atiende en su resaca, en un verdadero acto de humanismo, y la pareja se conforma con pasar su luna de miel en la sala.

Al despertar, aunque todo sigue aparentemente igual, ya se refleja un quiebre que ha afectado al más desvalido. Como dice la traductora, Dostoievski no cree que «los representantes de la alta sociedad puedan sostener en la práctica los principios del humanismo», así hayan sido partidarios de ideas liberales y, en el fondo, sólo buscan que los cambios de la revolución democrática no alteren su statu quo. Con Una historia desagradable, Dostoievski se sumerge nuevamente en la vida de funcionarios estadales para revelar las llagas de la humanidad y dejarnos una literatura que no caduca, que nos refleja como si tropezáramos con un espejo.

NARRA-LIBROS
ANNEL MEJÍAS GUIZA