Alzados en Almas: La expropiación original

Freddy Ñáñez

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Freddy Ñáñez

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¿Qué tiene un dueño de 10 mil hectáreas, de 80 edificios y 100 comercios? Tiene un documento notariado, cuya legibilidad indica que, en efecto, todo eso le pertenece. Ese documento no sería gran cosa, de no ser porque le garantiza algo concreto al propietario: tener la ley, a la policía para ser más específico, de su parte. Pero 10 mil hectáreas, 80 edificios, 100 comercios, un papel notariado y el servicio represivo del Estado las 24 horas no producen ninguna utilidad sobre la propiedad, que explique la sacralización de la que es objeto dentro del sistema capitalista. Lo verdaderamente interesante es que el propietario de todos esos bienes tiene además en sus manos el hecho de que existan personas sin tierra para trabajarla, sin vivienda y sin medios propios para garantizarse la subsistencia. Lo que subyace a esto es una verdad histórica que Proudhon y Marx, con sus diferenciados matices, develaron: la propiedad privada no es tanto una relación con las cosas, sino con las demás personas; es, en síntesis, el modo negativo de una relación social cuya raíz es la desigualdad.

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Lo que esconde el capitalismo en el culto a la propiedad privada es que, precisamente, en este sistema, la propiedad privada procede de la expropiación. Y lo que hace rentable el tener no son las cosas, sino la carestía de quienes fueron excluidos y despojados de la riqueza común. Sin la miseria de estos desposeídos, por ejemplo, no tendría sentido la acumulación, pues es la necesidad del campesino lo que otorga valor a la tierra ociosa. Es el desamparo de las familias sin techo lo que fija el costo de los apartamentos desocupados en manos de quienes los usan como mercancía. En ambos casos: tierra y bienes raíces, son una forma de riqueza abstracta (llamada así por Marx), que se vuelve concreta gracias a la necesidad (entendida como concepto histórico-simbólico) de los excluidos y expropiados. Nótese que no estamos hablando de esa forma de propiedad individual y legítima, en donde sujeto y objeto se corresponden y están ambos a la altura de la posibilidad y la necesidad: una casa donde vivir, un medio de producción, un carro para transportarse, una camisa, etc. Esa forma de propiedad concreta, dicho sea de paso, es perseguida dentro del sistema de mercado para producir su verdadero capital: la inequidad. Todo el que haya lidiado con créditos hipotecarios sabe que el objetivo del Banco es impedir que se concrete la propiedad individual, pues es más rentable al sistema quien nada tiene. Por ello, en el capitalismo la propiedad existe en su sentido potencial e irrealizable, como mera ideología.

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Y claro, toda forma de apropiación que exceda ampliamente la posibilidad de uso individual tiene un capital político: la privación a otros de satisfacerse y desarrollarse. Quien controla las cosas controla a la gente. La incorporación del concepto de propiedad a los derechos naturales del hombre tiranizó el de la libertad y la igualdad, devaluando así la vida. Quizá el mensaje más claro que nos dejó el 27 de febrero de 1989, haya sido la necesidad de reelaborar un concepto crítico de la propiedad, más plural, que no envilezca la condición humana.

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