El amor contra la moral, según Stein

Julio Borromé

… un hombre débil está obligado a luchar sólo con las armas que sea capaz de sostener.
G. S.

 

Aludiendo a la pregunta por el amor, la narradora Gertrude Stein nacida en Alleghany, Pensylvania en 1874, redacta dos cuadernos hermosamente caligrafiados donde plantea la compleja relación amorosa de tres personajes femeninos: Adele, Mabel y Helen. La redacción del manuscrito en 1903 aparece solo después en los años cincuenta, publicada en francés en 1986 y la primera edición en español el año 1993. Es obvio que dicha relación supone un punto de vista ya existente, pues por lo que pregunta la narradora es por la esencia de las relaciones entre los seres humanos ya constituido socialmente que recibe el nombre de amor, y por lo que lo distingue de otros modos del conocer los sentimientos y las pasiones.

Lo que a Gertrude Stein le interesa es saber cómo debe poner en marcha la historia que contará, lo cual exige una determinación previa del campo en que va a moverse, este no es otro que su propia experiencia. En Q. E. D. Las cosas como son, se narran episodios autobiográficos que nos permiten conocer los entresijos de la escritora. Pero el yo que se tematiza en la actitud sicológica no es el yo confinado a la soledad que avistamos al final de la historia. Hay que volver a comenzar con el yo dado en el punto intersubjetivo. Este es el yo y el tú atado al amor y contrario a la forma como se experimenta culturalmente. Partiendo de este yo y del tú, la narradora cuenta el aprendizaje de sus personajes al ser sometidos a la acción de dicha exigencia llevada hasta sus últimas consecuencias.

La historia es sencilla en argumento y desarrollo: Adele (G. Stein), Mabel y Helen viajan a bordo de un barco hacia Europa. Allí queda abierto el campo para el reconocimiento de vivencias, los recuerdos comunes, los puntos de vistas, las miradas y los gestos. De manera que siempre habrá en la intencionalidad de cada personaje algo realmente expreso, oculto, seductor y un horizonte de futuros encuentros. Pero este horizonte nunca se cierra. Nuevas perspectivas ofrece la narradora cuando por medio de un acto de libertad, Helen se enamora de Adele, quien en un juego de doble moral acepta y rechaza el ataque sorpresa de su amiga, y Mabel termina enamorándose de Helen, a pesar de la angustia y la desesperación de Adele. Adele debe verse en ella plenamente y su objeto amado debe estar en ella de cuerpo presente, con todos sus aspectos representados en el contenido cultural y pasional que la anima. Y su rival, Mabel, es blanco de su razonamiento y de su desafecto.

A fin de intensificar la historia, la narradora propone una noción plena del amor: la pasión. Entonces se podría comenzar a trabajar en las consecuencias de una noción plena de la identidad. Pero a esa vivencia —de sentimiento y construcción de la personalidad—se quiera verla promoviéndola fuera del ámbito de la moral y de la razón, aunque la moral y la razón subsumen al amor, al ser entendidas como resultados de la inflexión del yo y del tú bajo la dinámica de la construcción social. Adele, Helen y Mabel personifican un punto de vista sobre el amor y las relaciones de pareja que en ellas adopta la forma de la transgresión y de dialogo intersubjetivo, adopta un código que desafía los obstáculos sociales y la cultura falocentrica para hacer frente a otras realidades plenas de revelaciones.

La narradora describe el aprendizaje de Adele, Helen y Mabel. Cada personaje propone su punto de vista de la experiencia amorosa. Este involucra los estados anímicos, la represión escolar, los vínculos familiares y las situaciones por los cuales cada una de ellas lucha por el amor y la posesión total del objeto amado con el fin de controlar los sentimientos. Así, el amor pudiera representar un instrumento de dominación y manipulación cuando el más débil (Helen), se ve sometida a la fuerza dialógica e interpretativa de Adele, quedando Mabel ubicada en una posición intermedia a la espera de la resolución del conflicto entre ambas. El meollo de los personajes es encontrar el amor correspondido y nunca definido por los sentimientos, sino por una racionalización del deber hacia el otro en condiciones de precariedad existencial, dependencia física y psicológica, y aun en la falta de responsabilidad que supone una relación amorosa y de sus dominios jerarquizados social y subjetivamente.

Adele maneja una construcción del amor desde la palabra instrumento de la razón. Su palabra justifica la moral y la lucha con el instinto, el dominio pragmático de los hechos, el cuidado de sí, la resistencia interna a las pasiones, la retórica avasallante que no deja espacio para la comprensión de la alteridad (Helen) y sí para la introyección de Mabel causante de su irracionalidad y del deseo de excluirla del juego. Adele construye una subjetividad desde el intelecto a pesar de la angustia, la vergüenza, la culpa y el arrepentimiento que la poseen. Su amiga, Helen, es un personaje de carácter pasivo y sumiso que antaño parecía vulnerable pero que con el arrebato de la pasión que siente por Adele, y el creciente interés en Mabel, desarrolla mecanismos de defensa para protegerse de la interpretación y de los juicios de Adele. Mabel es el personaje que entra en el juego y se desliza por entre los conflictos en vísperas de alcanzar una victoria sobre Adele.

Entre Adele, Helen y Mable el amor dice, vive, padece, agoniza, silencia y justifica el difícil arte de comprender y sentir al otro bajo la amenaza del señalamiento, la exclusión patriarcal, el ejercicio práctico de poner la pasión al margen de los hechos y la interpretación del amor desde la logicidad discursiva y la represión. Adele afirma el discurso de la diferencia y la aceptación de sí misma, pero resulta que: «En verdad, resulta muy difícil pronunciarse.»

Sin perder de vista el conflicto de los personajes desde el lugar de la palabra, las circunstancias y los hechos, la narradora filtra por entre la palabra oral, una forma de expresión de los sentimientos que traza un itinerario afectivo en los viajes que realizan. Me refiero a las cartas que se cruzan Adele, Helen y Mabel. En las cartas se fundamenta un sentir, una subjetividad, la construcción de un espacio íntimo donde la palabra escrita palpita y profundiza los lazos en esa otra región de los sentimientos donde el amor es historia contada y sufrida en los reductos fantasmales de la ausencia. Así nos lo hace saber Adele mientras sabe que al final de la historia sobrará la palabra, la razón, la moral y ella aceptará «una pasión sin ideal, continuamente saciada y continuamente anhelante.» Helen y Mabel saldrán triunfantes en el encuentro amoroso. Y veamos a Adele sumergida en sus monólogos, asumiendo la conciencia del fracaso y la liberación de los instintos.


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