Antímano pasó de ser un pequeño pueblito a una gran parroquia

Por sus espacios culturales y fresco clima tropical, era el pueblo donde festejaban y se recreaban los habitantes de la naciente Caracas

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Un pueblo de clima agradable y fresco, uno de los más ricos de la era colonial: Antímano, pueblo que se conoció en sus inicios como Cortijo de Arrayago, por haber sido otorgado en 1621, al español Juan Arrayago de la Rivera. Sin embargo, los indígenas fueron los primeros habitantes de estas tierras y de ellos nació la palabra Antímano, que no es más que un acrónimo derivado de los términos Atamanona y Amatima, nombres de los dos pueblos que habitaban el territorio antes de la llegada de los invasores.

Hoy es una de las 22 parroquias que conforman el municipio Libertador, y guarda en sus habitantes una memoria oral que va desarrollando sentido de pertenencia e identidad en nuevas generaciones.

En la colonia, el pueblo abarcaba desde Carayaca hasta el estado Aragua. Luego, se fue dividiendo hasta reducirse, siendo fundado como parroquia eclesiástica Nuestra Señora del Rosario, y más tarde como parroquia civil con el nombre de Antímano.

A pesar de que era un valle donde la gente con posibilidades económicas construía hermosas casas de campo, con patios centrales y fuentes que utilizaban para descansar y disfrutar sus vacaciones, la mayoría fueron desapareciendo con el pasar de los años. Estructuras inmensas con árboles frondosos son hoy escuelas donde hacen vida niñas y niños, de los más de 250 barrios que conforman la parroquia.

La recreación y los ratos de diversión tenían lugar en este territorio, donde existían las corridas de toros, el Cine Ástor, el cual tenía la pantalla más grande, y el Club de los Leones, donde los fines de semana se prestaba para festejar y disfrutar música en vivo de artistas importantes como Carlos Gardel.

El cronista e investigador parroquial y referente de la identidad popular de Antímano, Eduardo Méndez, narra que en la época de la colonia el transporte era difícil. “La gente pagaba para cruzar el río Guaire montados en caballito”, dijo.

Además, mencionó que “ya para 1900 existía el ferrocarril que venía de La Guaira, pasaba por allí y seguía su rumbo a Valencia, y hoy en día todavía existe lo que era la gaceta de compra de boletos, muy cerca de la iglesia, en el casco histórico”.

También acotó que hasta los años 70 pasaba por el pueblo la carretera nacional de Antímano. Era el único lugar donde salían autobuses hacía Colombia y Ecuador.

“A mí me dolió mucho cuando hicieron el bulevar, porque por esos caminos pasó Bolívar”, subrayó Méndez con melancolía.

Quiso Guzmán Blanco, de gustos afrancesados, hacer de esta localidad un pequeño Versalles venezolano. Por eso, remodeló Antímano, especialmente con motivo del centenario del nacimiento del Libertador.

En esa fecha inauguró una alameda a través de la calle real, un puente, la plaza Alameda -hoy plaza Bolívar-, la plaza Aguilar detrás del templo, la calle del cementerio, cinco calles de norte a sur, la calle Alameda y la casa de la municipalidad. Luego de esto, la parroquia cambió su vialidad de una forma drástica.

Anteriormente, el casco colonial estaba en la parte alta del sector, porque fue donde se fundó el pueblo, pero con el tiempo se fue transformando y ahora, curiosamente, es la parte baja la que se conoce como el casco colonial.

ALGO PARA RECORDAR

El río Guaire era de aguas cristalinas y servía de hábitat para muchas especies acuáticas. Algunos vecinos afirman que su pronunciación real es Guairé.

Ese era el lugar preferido de muchos niños y niñas que disfrutaban sus fines de semana con un buen baño de río. Hay quienes decían que de ese caudal emanaba agua bendita y purificada.

El cronista Eduardo Méndez relata que solía colarse en el ferrocarril hasta llegar a El Encanto, en Los Teques: “llevé palo de mi madre por irme a ese parque natural tan hermoso”.

Por haber sido un espacio para el disfrute de muchos, es una parroquia llena de relatos y anécdotas que permanecen en sus propios protagonistas.

PUEBLO PRODUCTOR

Antímano era un pueblo de cosechas, donde se daba la caña de azúcar, el café, trigo, aguacate y duraznos. Los frutos eran trasladados en burro a lo que era la Hacienda Mamera, una de las salidas que tenía Caracas para llegar al litoral central. En 1948, el pueblo dejó de ser una zona de cultivos para convertirse en una zona industrial, con la fundación de la empresa privada siderúrgica Sidetur, y más tarde se fundó la Polar.

Méndez manifestó que la primera fábrica de turrón en Venezuela fue fundada allí, por unos italianos, y estando niño, iba algunas tardes a trabajar remojando y lavando el maní, y a cambio le daban 5 bolívares. “Mi mamá me tuvo que sacar un permiso por el Seguro Social para trabajar, porque yo era menor de edad” acotó.

PERSONAJES HISTÓRICOS

Muchas fueron las personalidades importantes que decidieron pasar tiempo en este valle agradable, empezando por Antonio Guzmán Blanco, quien, durante su presidencia, decide construir una casa de estilo parisino que utilizaba como sitio de descanso, la cual fue declarada Monumento de Valor Histórico Nacional el 13 de agosto de 1979 por la Junta Nacional Protectora y Conservadora del Patrimonio Histórico y Artístico de toda la Nación. En julio del año 2004, este monumento histórico fue reinaugurado por el Alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez, convirtiéndola en un centro para la participación popular, donde la comunidad lleva a cabo actividades culturales, educativas y recreacionales.

Los expresidentes Raimundo Andueza, Juan Pablo Rojas, Joaquín Crespo y el General Mato también tenían aposentos en la zona. Juan Vicente Gómez, no fue la excepción. Allí, pasaba temporadas con Misia Dionisia, una de las queridas del presidente.

El primer profesor de la escuela Andrés Bello de Antímano fue el padre del músico Trino Mora, quien lo envía muy joven a estudiar ingeniería en Estados Unidos, pero regresó siendo cantante, cumpliendo sus propias expectativas y no las de su padre.

PERSONAJE POPULAR

Entre tantas historias contadas, apareció en la memoria del cronista y cultor Eduardo Méndez, la existencia de “Juaquincito”, un señor que pasaba gran parte de su tiempo en la iglesia Nuestra Señora del Rosario y entregaba el pan de San Antonio a todos; no solo a los que asistían a la misa, sino que también subía hasta las casas de los habitantes del pueblo para entregar el alimento bendecido.

En honor a este personaje popular, todos los diciembre realizan lo que llamaron “la parranda de Juaquincito”, una celebración que incluye aguinaldos, bailes y recorridos con la imagen del niño Jesús por las calles, donde el personaje se desprendía del alimento para entregarlo a aquellos creyentes que vivieron la época donde abundaban las fiestas y la diversión.

“El cultor popular no trabaja por un sueldo ni una pensión sino porque realmente le apasion la cultura” añadió Méndez recordando a Juaquincito.

MITOS Y LEYENDAS

Parte de esas historias que se ocultan en la memoria oral de los viejos de la parroquia, algunos con vida y otros fallecidos, era que en la época de la colonia había 7 cruces, subiendo por el km 7 del Junquito, que llegaban hasta Cruz Verde, y de allá bajaba un carretón a mucha velocidad. 

Resulta que las personas que iban a pie, se encontraban con este carretón en el camino y comentaban que lo manejaba gente ya fallecida; es decir, era el carretón de los muertos.

También permanece como mito la historia de las ánimas, quienes pasaban los días lunes por las calles del pueblo y hacían que la gente se recogiera al ocultarse el sol. Sin embargo, muchos curiosos se asomaban por la ventana para confirmar la leyenda.

Méndez narra que ese fue el caso de una vecina, a quien se le ocurrió mirar pasada las ocho de la noche y fue cuando se le acercó un ánima entregándole un hueso, luego de eso fue a hablar con el sacerdote y él le recomendó que cuando volvieran a pasar las ánimas ella tenía que tener a un bebé en los brazos sin bautizar y pellizcarlo hasta hacerlo llorar para que no se la fueran a llevar.

Sin dudar, siguió las recomendaciones del padre y efectivamente logró que el ánima no se la llevara.

Escalofriantes historias permanecen en el imaginario del antimanense, siendo parte de esa cultura mitológica que heredada de los abuelos y abuelas de los que aún viven para contarlo.
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Eduardo Méndez

Nació el 26 de enero de 1954, nato de los aires frescos y aguas claras de Antímano. Desde muy chico estuvo haciendo deporte en el pueblo, y después empezó a integrarse en las actividades culturales, tanto de su escuela como de la comunidad, gracias a su abuelo Ramón Múñoz, quien era devoto de la Cruz de Mayo y quien le heredó su interés por la cultura popular. El año que viene, cumple 30 años vistiendo a la Cruz y también forma parte de los capataces de las fiestas de San Juan, heredada de las tierras de Turiamo.
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Ubicación


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Tradición viva San Juan de Turiamo

En busca de sus raíces, habitantes de la parroquia llevan 11 años como Cofradía de San Juan Bautista de Turiamo, una de las tradiciones más antiguas, teniendo 458 años de fundada.

El cronista Eduardo Méndez indicó que los que mantienen la tradición viva en Turiamo, estado Aragua, son sus padrinos, y los devotos antimanenses pasaron a ser la cofradía de San Juan de Antímano, herederos de Turiamo. Además, resaltó que lo que los diferencia de otros sanjuaneros son los cantos y el toque de tambor. El San Juan que honraron este año cumple 59 años, y no es una imagen cualquiera: es tallado en madera y permanece en casa de una vecina que paga 12 años de promesa, aunque cada año va pasando por diferentes casas.

Los antimanenses son sanjuaneros de nacimiento porque la mayoría son nacidos en la maternidad Concepción Palacios, ubicada en la parroquia San Juan.

El repique de los tambores, el sangueo, los cantos de sirena y el ondear de las banderas multicolor son varias de las características de la festividad en Turiamo. El 20 de junio del presente año, las 14 Cofradías de San Juan Bautista con mayor antigüedad en el estado Aragua, recibieron la Certificación como Bien de Interés Cultural de la Nación, por parte del Instituto de Patrimonio Cultural, ente adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura, reconocimiento que refuerza un carácter identitario y tradicional en los habitantes de este territorio venezolano.
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La iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Antímano data de 1772. Sus características estructurales originales eran de paredes de tapia sobre mampostería y cubierta de teja, y fue construida sobre una plataforma que la eleva respecto a las calles. El acceso principal estaba definido por un portal de madera de tres metros de alto, ubicada en todo el eje central, acompañado por unas ventanas circulares a ambos lados. Luego de esta construcción, sufrió daños por los movimientos telúricos de 1812, y a mediados del siglo XIX se inició una nueva construcción. En 1856, el padre Manuel María Aguilar compró los terrenos donde se construiría el hermoso templo, pero nunca la ve terminada, porque falleció durante su construcción, 25 años después de iniciada. Esta nueva construcción es la iglesia con la plazoleta más grande de todas las parroquias. Es durante el gobierno de Guzmán Blanco cuando se finaliza su construcción, bajo el diseño del arquitecto polaco Alberto Lutowski, inspirado en la iglesia La Magdalena de París, de estilo neoclásico.

Entre los años de 1932 y 1937, el gobierno de turno remodeló el acceso al templo y donó la estatua que muchos confunden con el Cristo Redentor, por tener sus brazos abiertos, pero realmente es el Sagrado Corazón de Jesús.

Hoy en día existe una plaza en homenaje al padre que levantó la estructura de la iglesia: la plaza Aguilar.

Sin duda, la iglesia es referencia principal tanto de Antímano como de sus habitantes.

NIEDLINGER BRICEÑO / CIUDAD CCS
FOTO JAVIER CAMPOS


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