Algunos apuntes sobre la poesía

GUSTAVO PEREIRA

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LA IMAGEN PERENNE

La poesía no ha podido librarse de la imagen, y algunos hasta condicionan el poema a su presencia, trátese de la imagen analógica (v.g.: su risa como el mar) o de la identificativa (v.g.: su risa era el mar).
Desde sus remotos orígenes, cuando subordinada a la música podría haberlo hecho y no lo hizo, la poesía halló en la imagen el instrumento que le permitía armonizar las fuerzas y los elementos contrarios del universo.

Concordar tales antinomias, extraer de las palabras sus insospechados significados, revelaciones y colisiones, edificar el poema como se construye un castillo de arena que la pleamar deshace y torna a su elemento (dejando no obstante en quien lo vio la huella imperecedera de lo sorprendente o lo maravilloso), tales son algunos de los viejos y nuevos propósitos de la poesía.

Pero estos propósitos no se han mantenido inalterables en el tiempo.

En la misma medida en que las sociedades humanas fueron transformándose mediante la conquista de valores y derechos —entre ellos los fueros de la imaginación y la libertad— en esa medida lo que se tuvo por poesía también se transformó.

Cada alteración o modificación en el espectro social, en las formas y relaciones de producción y en el mundo objetivo significaron cambios del espíritu y, por supuesto, en los elementos y propósitos de la poesía. Porque la poesía no existe fuera de la conciencia humana.

Estas mutaciones no dejaron de ser traumáticas, sólo que para imponerse de raíz —de seguro no para siempre— requirieron los largos procesos de asentamiento y modificaciones en los gustos, costumbres, usos y aspiraciones colectivas. Vencer la métrica, por ejemplo, y disociarla de la concepción que la asimila al logos poético, costó infinitas tetntativas no siempre valoradas.

Sólo la imagen permaneció, en su esencia, incólume.

LAS CONTRADICCIONES DEL ESPLENDOR

La poesía deja en quienes la aman una especie de estado de gracia mediante el cual es posible descubrir el esplendor y aun la plenitud en la más humilde piedra, o, por el contrario, senir la turbación de la vergüenza en el más rutilante palacio.

CRITICAR LA POESÍA

Pocas veces la crítica de poesía repara en un componente primario: su esencia. Vale decir, su significación tácita, cifrada o velada (porque de significaciones explícitas está llena la prosa), aquello que otorga al poema el sentido capaz de revelar al lector otra realidad, no la realidad.

Coincido con Juan Gelman cuando declara al Magazine del diaio El Espectador de Bogotá:

Yo creo que la crítica de poesía es más difícil que la poesía, porque el tema es que los críticos no se ubican en lo que la obra dice, sino en lo que ellos creen que dice o quieren que diga. Es como si yo criticara esta mesa y empezara a decir: resulta que no tiene colmillos de elefante, resulta que no tiene cola de elefante, resulta que no tiene patas de elefante, entonces es una mierda. El pequeño detalle es que no es un elefante, es una mesa, y entonces a mí me habla como mesa, y como tal la encuentro estupenda.

Frecuente error entre quienes se inician en la poesía —o en cualquier arte— es el exceso de representatividad, olvidando que todo arte verdadero lo es porque habita en los límites extremos de lo real y lo irreal.

Del siglo XVII data esta sabia lección que el poeta y dramaturgo japonés Sugimori Nobumori (llamado Shikamatsu) daba a sus discípulos: «El poeta no dice: esto es triste, sino que hace que el objeto sea triste sin necesidad de subrayarlo».

Por lo demás, entre nosotros son bien conocidos los versos de Huidobro en su Arte poética:
Por qué cantáis la rosa ,¡oh poetas!

Hacedla florecer en el poema.

EL TONO

I.

Como Vallejo, creo que la esencia de un poema es el tono, independientemente de lo que el poema dice.

Digo tono y no ritmo. Porque el ritmo, como el contenido, puede ser imitado o traducido, pero el tono no. El tono —creo haberlo leído en cierto ensayo vallejiano— queda inamovible en las palabras del idioma original en que fue concebido y creado.

De allí la imposibilidad, manifiesta en casi toda traducción, de ser fiel reflejo del original.

Aquella sentencia italiana sobre el traductor traidor no ha dejado de ser tan lugar común como verificable perpetración, dicho sea con todo respeto por quienes intentan verter de un poema en lengua extranjera no tanto letra como espíritu.

II.

El tono, por otra parte, no puede aprenderse por la pura razón.

Deviene de una actitud, de un enunciado inextricable que impone su danza y su compás sin que la intervención consciente haga otra cosa que entorpecer su fluido natural.

En lo personal me place, a posteriori, cuando la escritura, o mejor dicho, el dictado del poema ha concluido, me place, digo, adulterar, tachar, eliminar, para intentar rebelarme contra quien dicta.
Uno no debe aceptar ni siquiera la sumisión de sí mismo por uno mismo.

UNA MISIÓN FUNDAMENTAL

Una misión fundamental de la poesía en la que pocos críticos han reparado: su incansable lucha contra la estupidez.

Pintura de Mark M. Mellon

GUSTAVO PEREIRA


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