Aquel golpe de flor

Luis Alberto Crespo

187
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Luis Alberto Crespo

Debió de ser rucio el caballo. Impaciente, el paso piafador. Bolívar era en 1822 menos él mismo que una leyenda sujetando la rienda de esa blanca criatura de guerra para obligarla a lucir, como el dromán de hilo de oro que la vestía, arrestos de ventisca sofrenada. La calle aún es la misma e igual el balcón desde donde una dama con pasado de convento y revueltas nacionalistas quiere que el guerrero alce la vista y la mire. Un contrato nupcial inefable con un inglés le ha asignado el nombre de doña Manuela de Thorne. No ha hallado mejor argucia para distraer hacia ella la presencia del victorioso y victoriado que lanzarle una flor al rostro. Eso bastó. El comercio de amor entre las dos miradas había empezado ese 16 de junio. De aquella señora de Thorne resta su misiva de esposa asaz aburrida y de amante recién ardida. Apenas concluido el adiós al amodorrado cónyuge, se marchó detrás de Bolívar a la jineta, a pie, con vestidura de fustán y de charreteras o desnuda en el lecho amoroso del vivac y las habitaciones de fortuna, transfigurándose en Manuela Sáenz, Manuelita, mi Manuela, mi loca, mi libertadora y encanto de carne y de añoranza en el fervor del Libertador. Cama y hamaca serían, deseos de papel escrito o confidencias de correo verbal los encuentros de los dos amantes. También reyerta de celos que el verbo y la prosa epistolar del amado conjuraban con ventaja. Lavar y perfumar su apariencia la desvelaba y ofrecerse como la achispada muchacha quiteña que había sido atemperaba el entrecejo del ser que le abrasaba el corazón y el pensamiento. Peleadora, arrojada, se subía a los caballos como un lancero. Su mirada nocturna entraba como filo de sable en el alma indigna de la falsía y la traición. Sus ojos no sólo eran ojos, eran vivos vaticinios. Leían para Bolívar los gestos de lealtad y de felonía. Aprendió a averiguar por dentro los bajos fondos de Santander y de tantos otros de su calaña, como Carujo. Lo probó con creces aquella noche septembrina en Bogotá.

Los trabajos de la guerra solían alejarlos, pero no la nostalgia de su pasión, de que daría prueba el epistolario que ni la hoguera ni el añico lograron silenciar después del aciago 1830.

La gran bolivariana hubo de conocer el ostracismo en su propia tierra. Oyó que había muerto su amor y su soldado mientras transitaba por los caminos del exilio y sintió en su pecho el disparo que derribó a Sucre. En Paita halló cobijo a la sombra de una barraca de piedra y tejas. Hasta ella se acercó otro errante y otro perseguido: el viejo Samuel Robinson y Simón Rodríguez. Ambos eran, en verdad, dos soledades. La Gran Colombia ruinosa asomaba sus restos en el horizonte. Fue un encuentro de enlutados. Mal podrían avizorar en ese entonces que el Continente liberado y del que ahora renegaban quienes lo habían hecho posible renacería algún día entre las cenizas del soñador de Santa Marta y el mártir de Berruecos. No, no podían hacerlo, ni menos presentirlo, pero sí lo haría el destino que hoy une a los amantes de 1822, al maestro y su escuela de ciudadanos libres, al inventor de la patria americana y a los pueblos que lo llevan en sus vidas y en sus conciencias.

PINTURA DE PAVEL EGÜEZ


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