Aquella niña de trenzas llamada Stefania Mosca

Clodovaldo Hernández

Stefania Mosca siempre fue una niña de trenzas con ojos curiosos. Lo fue en los años 60, cuando era una silenciosa criatura en su residencia de Chacao. Y lo fue hasta sus últimos días, mientras batallaba con el cáncer a su estilo: con alegría, con pasión, con intensidad.

Hija de inmigrantes italianos, adquirió buena parte de sus experiencias vitales –esas que luego serían la base de su obra literaria— en el espacio trasero de un taller de costura, entre retazos de tela y carretes de hilo.

La trastienda terminaba siendo un balcón, desde el cual Stefania observó largamente el mundo exterior, el de la ciudad que comenzaba a crecer con grandes bríos. Tal vez fue esa posición de diminuta observadora lo que la condujo a ser una retratista de las cotidianidades. “La enorme soledad de la multitud me conmueve muchísimo, y creo que la extensa banalidad que ha filtrado los mecanismos espirituales para explicarnos la vida es también una tragedia bastante desoladora, en el sentido de que es muy difícil desentrañar la salida”, expresó en cierta memorable ocasión, cuando fue entrevistada para Ciudad CCS, nada menos que por su inseparable compañero, el poeta Enrique Hernández D’Jesús.

En materia de vocación jamás tuvo dudas. Desde muy niña se anunciaba como escritora, lo que nunca dejaba de impactar a las amigas y clientes de su mamá, la modista, ni tampoco al clan que bebía vino y parlaba con la vehemencia característica de los italianos.

Cumplió su determinación. Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela y, sobre todo, se dedicó a escribir tanto textos narrativos como teatrales y ensayísticos, volcando en ellos todo ese bagaje de impresiones de su infancia contemplativa.

Escribió y escribió hasta encontrar su propia manera de hacerlo. En varias ocasiones, lo explicó:

“Después de haber tratado un buen tiempo de ser fiel a mi voz, creo que lo que debe hacer un escritor es justamente eso: conseguir y respetar su voz propia, y para eso hay que tener mucha libertad, mucha libertad interior, mucho coraje, porque la voz propia a veces desdice al canon literario, y nos es muy escabroso a veces ir contra los prestigios hechos”.

¿Cómo era su voz? Pues era (o es, porque voces como la de ella perduran) compleja, irreverente, sorpresiva, con mucho de parodia, plena de seres estridentes, sórdidos, banales, pero con algo de fenómenos. No por casualidad algunos de sus relatos transcurren en un circo o en la barra de un bar, y se asoman en ellos personajes que nos recuerdan a gente conocida, muchas veces, lamentablemente, conocida.

A pesar de su aparente liviandad, en el empeño de encontrar su esencia propia, Stefania hizo tremendos ejercicios teóricos, sobre todo persiguiendo la meta de deslastrarse de las camisas de fuerza de los géneros literarios. De allí que sus novelas no sean fácilmente ubicables en ningún arquetipo.

Una intelectual orgánica

La trayectoria de Stefania Mosca durante sus años de formación en Venezuela y el exterior fue la típica de los intelectuales de izquierda de la segunda mitad del siglo XX. Solo que cuando llegó la hora de la verdad, en 1998, ella estuvo entre los que se pusieron del lado de la Revolución, no del lado de los que abjuraron de sus ideas.

Fue entonces toda una intelectual orgánica, en el sentido gramsciano de la expresión, alguien que decidió vivir en la práctica, de acuerdo con las ideas de igualdad y justicia social que tanto había pregonado.

Declaró que la Revolución es, más que nada, un cambio en la esfera de lo humano, y valoró profundamente la inclusión de quienes estuvieron excluidos por décadas.

En su posición de cultora comprometida vivió intensamente la crisis de abril de 2002, en especial su desenlace protagonizado por el pueblo heroico. Su atención durante esos años se centró en lo que no dudaba en calificar como una dictadura mediática, puntal de la estrategia contra el gobierno del Comandante Hugo Chávez. Fue entonces una guerrera, una combatiente de esa batalla comunicacional que nunca da tregua. “Era una chama inteligente y solidaria. La vi trabajar en el Minci en la revista Chimborazo y era puro entusiasmo”, recuerda el periodista y humorista Roberto Malaver.

En esas lides andaba cuando prologó el libro El corazón de Venezuela: Patria y poesía, una compilación de textos sobre el país de 142 escritores venezolanos. En esa obra editada por Pdvsa y la Red de Escritores, Mosca ahonda en el concepto de patria, diferenciándolo de otro en el que suelen enfocarse los poetas, que es el de paisaje. “La patria, en cambio, surge menos tangible, pero más fuerte, es abstracción, más que nombre, palabra. Se representa también como fruto de ese intento por recuperar en el paisaje, la historia, la pertenencia, el hecho de formar parte de una memoria y unas costumbres, de un relato que nos emociona y nos congrega alrededor de ciertos símbolos que la nacionalidad ha consolidado, a pesar de mantenerse aún vigente la estructura colonial, en el pensamiento y en la distribución y ocupación del territorio”.

En una reflexión que muestra a Stefania toda (la niña contemplativa, la académica de altos quilates, la intelectual orgánica), expresa: “La patria ha sido exaltada en las retóricas del poder hasta extenuarnos. La patria de los románticos, la de los aventureros, ávidos de nuevos conocimientos, nuevos especímenes que cazar, disecar, conocer. Hemos llegado a desconfiar de ella, llegamos casi a decepcionarnos y, sin embargo, ha renacido entre nosotros, los venezolanos del siglo XXI, la palabra patria hecha solidaridad y sentido. Liberada del acartonamiento de lo solemne, irradia nuevamente su luz, ese absoluto al cual se pertenece y que encierra nuestra identidad”.

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La inmortalidad como premio

Prematuramente trascendió Stefania Mosca de este plano de la existencia, sobre cuyo carácter pasajero ella misma solía reflexionar. Partió con 52 años de edad, cuando estaba por dar muchísimo de sí y agregar unos cuantos títulos a su producción literaria, en la que destacan: Jorge Luis Borges: utopía y realidad, La memoria y el olvido, Seres cotidianos, Banales, La última cena, Mi pequeño mundo, El suplicio de los tiempos y El circo de Ferdinand.
Invitada a explicar qué trataba de hacer con el lenguaje, dijo: “Lo único que he tratado es de relatar la cotidianidad que se nos impone en la ciudad, como ámbito de consumo más que de contacto. La gente realmente vive la soledad, vive el miedo al otro (…) esa terrible pregunta que tenemos todos los seres humanos entre nosotros, ese deseo de inmortalidad, cuando sabemos que somos absolutamente efímeros. Esta contradicción crea esa paradoja”.
Paradójicamente, también, la escritora que se sabía transitoria ha tenido un tipo de trascendencia muy particular luego de su fallecimiento, en 2009. Fundarte resolvió darle su nombre al concurso literario de Caracas, que ha adquirido carácter de premio nacional en el campo de la literatura. Se otorga (aunque ella quería barrer con los géneros) en las categorías de narrativa, poesía, crónica y ensayo. Stefania, en un acto de justicia, se ha hecho inmortal en un premio a las buenas letras.


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