Arístides Rojas, inventor de la historia

Arístides Rojas (1826-1894) era un hombre de su tiempo. Se suele considerar positivista y costumbrista, a riesgo de cometer simpleza. Ciertamente acompañó —e...

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Arístides Rojas (1826-1894) era un hombre de su tiempo. Se suele considerar positivista y costumbrista, a riesgo de cometer simpleza. Ciertamente acompañó —e integró organismos colegiados junto a ellos— a los cabecillas históricos del llamado primer positivismo venezolano: Adolfo Ernst y Rafael Villavicencio. Compartirá con ellos y con el entorno de su tiempo la fe y la creencia en esos ejes positivos que dominaron todo el final del siglo XIX y que cimentarán el discurso intelectual venezolano en los inicios del XX: ciencia, evolución, modernidad, progreso, civilización. Pero Arístides Rojas era quizá un hombre más antiguo. Fue, en realidad, un sabio antiguo sembrado en medio de la naciente tecnocracia moderna. Rojas quedó sembrado en la historia de la cultura venezolana como un samán en el lindero mismo entre la ciencia y la literatura, lo académico y lo popular, el saber y la divulgación.

Arístides Rojas inventó un género literario: la historia fragmentada, lo infinitamente pretérito, y el infinitamente proyectable, como tarea del futuro, rompecabezas histórico venezolano. Quedan en el archivo activo de la memoria cultural venezolana los más de 150 cuadros históricos (y muchos otros de tópico no específicamente histórico), los 16 volúmenes que no se llegaron a publicar, confeccionados por el estudioso y escritor consagrado como «anticuario del Nuevo Mundo».

Se puede pensar por un momento que Venezuela tiene una historia corta, la cual podría abarcarse de un solo vistazo, en sus tres o cuatro tiempos: Conquista, Colonia, Independencia, República. La narrativa, la mitología, los caracteres, parecen quedar, espacialmente, bien circunscritos en un tomo sumario de Guillermo Morón, por ejemplo. La intuición histórica, o el particular historicismo de Rojas, estriba en la insondabilidad del pretérito, el tiempo geológico, estratigráfico, de la historia. Será la intuición heredada por Enrique Bernardo Núñez. Una historia cada vez más ahondable, hasta lo ignoto.

La tesis o la inspiración original de Rojas es que nuestra historia nacional es inmensamente más honda, rica y profunda de lo que se nos ha hecho imaginar. Esa hondura es aportada por el tributo de la naturaleza y el conocimiento posible del inmensurable pasado indígena. Los jeroglíficos, las raíces lingüísticas, la etnografía de los moradores continentales, dotan a la historia de herencia hispánica y europea de un trasfondo que remonta al diluvio universal, a las inmemoriales migraciones asiáticas, fenicias, a la personalidad histórica del civilizador de pueblos recordado como Quetzalcóatl o Amalivaca, quien esculpió los signos del sol y la luna en la superficie de la piedra desde una canoa en el agua recrecida. Rojas intuyó, y leyó, el gran libro de piedra en que los milenios escribieron el tiempo incalculable al que la historia hoy nos integra como actores y sujetos gracias a la memoria.

La voluntad que rige toda la actitud y la obra de Rojas es la de una refundación de la historia venezolana, y más, la construcción de una «historia patria». Construcción a la que no puede pretender apenas un hombre. Muy modestamente, Rojas se considera a sí mismo un compilador de materiales, hacedor de una puesta al día de los materiales reales y pertinentes con que podrá contar una historiografía futura y realmente científica.

Contribuyamos por una vez más, con nuevos granos de arena y con buena voluntad, al monumento que levante a la historia patria la juventud del porvenir. (Leyendas históricas, Introducción)

Por eso Rojas abandonó el ejercicio empírico del saber científico (era médico graduado, geólogo perito, naturalista práctico, lingüista y paleógrafo…) por los placeres de una estética de la memoria que gustosamente daba a conocer al gran público a través de sus escritos, sin descuidar los aportes eruditos sacados a la luz por él para ulteriores desarrollos propiamente científicos.

Rojas, quien declinó un sillón en la flamante Academia de la Historia en 1889, se consideraba lejos de haber hecho una historia nueva y documentalmente verificable, pero podía jactarse de haber boceteado el trazado general de su arquitectura tópica y epistemológica.

Nuestra historia no ha sido todavía escrita, porque así lo han exigido el tiempo y los acontecimientos; pero hemos llegado ya a la época en que deben aglomerarse todos los datos, aclararse los puntos dudosos; rechazarse las fábulas, estudiarse los pormenores a la luz de la filosofía, cotejarse, restablecerse las épocas y descubrir el verdadero carácter, tendencias, influjo de cada uno. Siguiendo un orden metódico y sintético podremos reunir los materiales del edificio, y fijar la base sólida y levantar las columnas que llevarán por capiteles los trofeos gloriosos de nuestra emancipación política. (Leyendas históricas, Introducción)

Rojas esquematiza así sus criterios de trabajo historiográfico:

aplicar al estudio de los hechos la crítica filosófica; rectificar sucesos muy mal apreciados por ausencia de documentos y de estudios; sacar del olvido figuras históricas que traen a la memoria hechos gloriosos; estudiar las costumbres y tendencias de cada época; presentar, en suma, a la historia lo que sea digno de la historia, según la célebre frase de Voltaire. (Leyendas históricas, Introducción).

En su afán de recoger una «literatura de la historia de Venezuela», como preámbulo a toda historiografía futura, inventariaba no sólo las fuentes documentales disponibles, sino que, como literato, pretendió guardar los recuerdos como fuentes imperdibles de un espíritu nacional. Rojas no sólo inventariaba las líneas de investigación sino que, gracias a la acción estetizante —el placer del texto—, recogía el componente subjetivo, vívido, que debía fortificarlo dentro de una identidad nutrida de memoria.

Esta historia refundada por Arístides Rojas se rige por dos grandes principios, mucho más antiguos que el europeo y decimonónico positivismo: la verdad y la justicia. Ella sería

el estudio ayudado de la observación y de la sagacidad, inspirado por el amor a lo grande y a lo bello, sostenido por la constancia, ayudado del espíritu filosófico y del criterio recto, y siempre tras los más puros ideales de la conciencia para premiar virtudes eximias, rendir culto a la verdad y homenaje a los espíritus elevados que ha desaparecido al choque de las convulsiones humanas. (Estudios históricos, Introducción)

La íntima creencia de Rojas en un juicio de la historia aporta un tinte moral y romántico al oficio, dotando al historiador de la facultad de juez. La memoria como premio o castigo. Así define Rojas a la «justicia histórica»:

la luz que sostiene la vida de los mundos, y como ésta penetra en los más apartados mundos, enaltece el mérito digno de premio, fustiga sin piedad al crimen y saca del olvido a las víctimas ilustres, llamadas a figurar, las primeras, en los anales de cada pueblo. (Estudios históricos, Introducción)

Enrique Bernardo Núñez, quien representa a su más comprometido seguidor y discípulo, sintetiza a Rojas como un sabio antiguo cuando dice, en su magnífico homenaje: «Sintetizaba Arístides Rojas su amor a lo grande y a lo bello en la siguiente trilogía: la naturaleza, la patria y la ciencia. Ese amor realizado plenamente es la síntesis de su vida.» (Enrique Bernardo Núñez: «Arístides Rojas. Anticuario del Nuevo Mundo».)

 


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