ars poética | Olga Orozco| Argentina

EN EL FINAL ERA EL VERBO Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras, humaredas errantes exhaladas por la boca...

EN EL FINAL ERA EL VERBO

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.
Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar
nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos?
Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación
o que fundaba mundos de visiones sin fondo para sustituir los jardines
del edén
sobre las piedras del vocablo.
¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás
todos los alfabetos de la muerte?
¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?
Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,
cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras,
pero dispuesta a tejer y a destejer desde su propio costado el universo
y a prescindir de mí hasta el último nudo.
Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,
urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo
alucinante de los dioses,
reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres,
sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa.
Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada,
traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces,
bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas.
Miraba las palabras al trasluz.
Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo.
Quería descubrir a Dios por transparencia.
Fundaciones de arena
Si poblaras el mundo como Dios
sólo con proyectar la sombra de una mano, el oscuro fulgor
del ensimismamiento,
o las secretas contradicciones que te habitan,
saltarían de tu regazo hasta tus pies animales aviesos,
una fauna de pesadillas ilustradas que se propagaría
infestando el jardín
como en esos tapices en los que la discordia simula las
manzanas de la tentación.
No tienes felpa y seda que desplegar desde tu frío central
hasta tus uñas
en una deslumbrante, sinuosa orografía
-otro cuadro sienés con castillo lejano, fortaleza e irrevocable
caballero-,
ni caricia que vuelque su hierba complaciente sobre la pradera,
ni el intenso esplendor que a veces inventaba un relámpago
azul con tu mirada
y que ahora podría esparcir tan largos ríos, tan bellos horizontes,
y hasta los esmaltados y sucesivos cielos de cualquier libro de
horas,
sólo con que lograras olvidar el color de la piedra que te cerró
el camino.
Pero ningún prodigio deja fluir las aguas estancadas.
En tu historia no hay tintas para imprimir el decorado que
anuncie un paraíso,
ni plumajes de fiesta con que vestir un génesis semejante a una
fábula en tu honor
donde instaurar un trono sobre el séptimo día.
Fundaciones de arena, muros crepusculares para el exilio y el
olvido,
lugares destemplados como el viento que pasa bajo las alas de la
ausencia.
Puedes volcar tu inmenso depósito de insomnios hasta la borra del
final
o volver del revés todas las envolturas que adoptó la nostalgia:
no encontrarás ni brizna de verdor ni hebra que se anude a la
esperanza.
Tu imagen, una sombra de áspero desencanto.
Tu semejanza, una desgarradura.

PARA ESTE DÍA

Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.

FUNDACIONES DE ARENA

Si poblaras el mundo como Dios
sólo con proyectar la sombra de una mano, el oscuro fulgor
del ensimismamiento,
o las secretas contradicciones que te habitan,
saltarían de tu regazo hasta tus pies animales aviesos,
una fauna de pesadillas ilustradas que se propagaría
infestando el jardín
como en esos tapices en los que la discordia simula las
manzanas de la tentación.
No tienes felpa y seda que desplegar desde tu frío central
hasta tus uñas
en una deslumbrante, sinuosa orografía
-otro cuadro sienés con castillo lejano, fortaleza e irrevocable
caballero-,
ni caricia que vuelque su hierba complaciente sobre la pradera,
ni el intenso esplendor que a veces inventaba un relámpago
azul con tu mirada
y que ahora podría esparcir tan largos ríos, tan bellos horizontes,
y hasta los esmaltados y sucesivos cielos de cualquier libro de
horas,
sólo con que lograras olvidar el color de la piedra que te cerró
el camino.
Pero ningún prodigio deja fluir las aguas estancadas.
En tu historia no hay tintas para imprimir el decorado que
anuncie un paraíso,
ni plumajes de fiesta con que vestir un génesis semejante a una
fábula en tu honor
donde instaurar un trono sobre el séptimo día.
Fundaciones de arena, muros crepusculares para el exilio y el
olvido,
lugares destemplados como el viento que pasa bajo las alas de la
ausencia.
Puedes volcar tu inmenso depósito de insomnios hasta la borra del
final
o volver del revés todas las envolturas que adoptó la nostalgia:
no encontrarás ni brizna de verdor ni hebra que se anude a la
esperanza.
Tu imagen, una sombra de áspero desencanto.
Tu semejanza, una desgarradura

Olga Orozco
(1920 – 1999).
Poeta argentina. Perteneció a la generación denominada Tercera Vanguardia, y se inspiró profundamente en el legado de artistas como Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire. Publicó más de diez poemarios, entre los que se encuentran Cantos a Berenice y La noche a la deriva. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y distinguida, entre otros, con los premios: «Premio Nacional de Poesía» en 1988, «Láurea de Poesía de la Universidad de Turín», «Premio Gabriela Mistral» y «Premio de Literatura Latinoamericana Juan Rulfo» 1998.

 


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