Atahualpa Yupanqui, cantor de la tierra que anda

Clodovaldo Hernández

En una traducción muy libre del quechua, su nombre artístico podría ser “El que cuenta, el que narra, el cantor de la tierra que anda”. A partir de un momento crucial de su vida, el hombre que había nacido como Héctor Roberto Chavero comenzó a llamarse Atahualpa Yupanqui.

Las reseñas biográficas lo definen como poeta, cantautor, guitarrista y folclorista, pero él siempre prefirió definirse como un payador, palabra que en su natal Argentina equivale a improvisador de versos con el fondo musical de las seis cuerdas. “Yo no soy poeta. Eso no va conmigo. Yo soy verseador, coplero, payador. La poesía es otro asunto. Yo no elaboro lo que digo. No sé elaborar.

Hago coplas por una necesidad de adentro… y salen. Siempre canto lo que más conozco: el paisaje humano del paisano. Yo también soy campesino. Me entiendo mejor con el hombre de campo que con el de la ciudad….El hombre de campo habla menos y está más cerca de la verdad”, dijo en una de sus tantas entrevistas.

La familia fue clave en la formación de esta figura fundamental de la canta argentina y latinoamericana. “Éramos pobres con libros. En casa se leía mucho. Mi abuelo leía a Homero. Por eso yo me llamo Héctor y mi padre Demetrio: son personajes de La Ilíada”, solía decir.

A pesar de vivir en la pobreza, la familia apoyó al niño Héctor en sus inclinaciones musicales. “Así que usted quiere estudiar la guitarra”, dijo un día el padre y lo mandó con Bautista Almirón, un maestro del instrumento que vivía a 18 kilómetros del pueblo de los Chavero. “El maestro era tan pobre como nosotros. Así que tuvieron que hacer un intercambio: Almirón, que tenía muchos hijos, le envió a casa de mis padres dos de sus hijas pequeñas a cambio de mi estadía en su casa. Me daba las lecciones y yo le cuidaba los rosales. Me convertí con siete años en jardinero”.

Su amor por la guitarra fue para toda la vida. En una de sus obras más célebres, El payador perseguido, lo expresa de esta manera: “La vida me fue enseñando / lo que vale una guitarra /por ella anduve en las farras / tal vez hecho un estropicio /y casi me agarró el vicio /con sus invisibles garras. /Menos mal que llevo adentro /lo que la tierra me dio: /—patria, raza o qué sé yo— /pero que me iba salvando,/ y así, seguí caminando /por los caminos de Dios”.

El oficio de jardinero que cumplió en la casa de su maestro de guitarra sería apenas el primero de los muchos que debió desempeñar, especialmente después de que falleciera su padre y quedara convertido en la cabeza del hogar familiar. “Fui hachero, arriero, mandadero, cargador de carbón, entregador de telegramas, oficial de escribanía, corrector de pruebas y periodista. Yo escribía lo mismo sobre un casamiento que sobre un velorio”, relató una vez.

Don Ata, como luego sería llamado, militó por muchos años en el Partido Comunista Argentino, lo que explica el alto contenido social de sus obras y también las persecuciones de las que fue víctima por varios gobiernos, incluyendo el del general Juan Domingo Perón.

Se llegó a tal extremo que estaba prohibido decir su nombre públicamente, lo cual produjo muchas incomodidades, pero también algunas anécdotas. Una vez, Yupanqui llegó a un lugar de Córdoba llamado Cruz del Eje y fue a un club a comer con unos amigos. “La gente me reconoció y me señalaba, pero yo me hacía el opa. Había una orquestita lugareña que tocaba tangos. Era esto en el año 1948. De repente tocaron Viene clareando, una zamba con versos míos y el locutor, vivo el hombre, pa no violar la ley dice: ‘La zamba que hemos tocao pertenece a un autor anónimo que nos honra con su presencia’”.

No todo fue tan gracioso. En cierta época era habitual que lo detuvieran y hasta llegaron a torturarlo. “Me acusaban de todo, hasta del crimen de la semana que viene. Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrado. Una vez me pusieron sobre mi mano una máquina de escribir y luego se sentaron arriba, otros saltaron. Buscaban deshacerme la mano pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo, para tocar la guitarra utilizo la izquierda. Todavía hoy, a varios años de este hecho, hay tonos como el sí menor que me cuesta hacerlo. Los puedo ejecutar pero uso el oficio, la maña; ¡pero realmente me cuestan!”, reseña Sergio Miguel Recarte en un trabajo en el que destaca la herencia vasca de Yupanqui, que le venía por el lado de su madre.

Luego de abandonar el Partido Comunista, se sintió más libre para escribir sus letras. “Largué todo, me desafilié y es cuando mejor empecé a escribir canciones de estas que ahora llaman de ‘protesta’.

Desde entonces no tuve que escribir como autorizado o con el visto bueno del partido”, expresó.

Yupanqui ironizaba con el tema de las letras con sentido social. Una vez subrayó la hipocresía burguesa ante cantautores como él. “Si uno pulsa la guitarra /pa cantar cosas de amor /de potros, de domador /de la sierra y las estrellas/ dicen ¡qué cosa más bella /si canta que es un primor! /Pero si uno como Fierro /por áhi se larga opinando / el pobre se va acercando/ con las orejas alertas /y el rico vicha la puerta /y se aleja reculando”.

Yupanqui, que había nacido en 1908, vivió hasta 1992 y murió en París, la ciudad en la que residió durante sus últimos años y donde era un ídolo de primera magnitud. Su hijo, Roberto Chavero, apodado “el Kolla”, dice que don Ata era más profeta en Francia que en su tierra. “Mi padre levantaba en Europa sus compromisos para ver si podía venir a tocar a la Argentina y cuando llevaba semanas en el país y al ver que no era convocado a actuar, caía en una cierta depresión, que sólo cesaba cuando retornaba a su casa en París”.

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Una noche con Edith Piaff

Estudiosos de la lírica argentina han llegado a comparar la obra de Atahualpa Yupanqui con la de José Hernández. Las analogías pueden revisarse, por ejemplo, en el ensayo de Raúl Dorra, De Martín Fierro al Payador perseguido, elaborado para la Universidad de Puebla.
Este autor observa que mientras las narraciones de Hernández son de ficción, las de Yupanqui son “situaciones efectivamente vividas por el autor”. El propio payador lo dice a su manera: “Yo he caminao por el mundo/ he cruzao tierras y mares /sin frontera que me pare,/y en cualesquiera guarida/yo he cantao tierra querida /tus dichas y tus pesares”.
Entre sus muchas vivencias dignas de una milonga está la noche en que conoció a Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, más conocida como Nenette, su futura esposa. Él iba a cantar y la chica hablaba con una amiga, por lo que la regañó: “¡Haga silencio, niña!”, le exigió.
También es digna de cuento su actuación con Edith Piaff en París. “Su secretario me llamó a mi humilde hotelito y me ofreció actuar en un recital junto a ella. Se me salía el corazón de alegría. Debutamos el 6 de junio de 1950. Ella iba a cantar doce canciones y cantó veintitrés. No la dejaban irse. Al concluir con su espléndida actuación, me agarró de la mano, le dijo al público: ‘Voilá Yupanqui’. …yo la miré desde otro mundo y empecé a interpretar mis zambas, mis milongas, mis vidalas”.

ILUSTRACION ETTEN CARVALLO

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