Batiburrillo | Página 21

La montaña merideña es igual de mágica que la nuestra, solo que más grande

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Viajamos a Mérida

 

Desde el estacionamiento del hotel Venetur, en la mañana del domingo antes de partir, el sol suave permitía ver el pedacito de glaciar que se ve en la cara norte del Pico Simón Bolívar (el suave sol de la mañana te deja, como para medir en centímetros exactos el tamaño del ego) en esta época de verano. El campesino (a decir de Henry Toro, un tipo que ha escalado montañas increíbles) que usó la navaja para marcar el medidor de altitud lo puso “un poquito más arriba, y por eso antes nos enseñaban que eran 5007 metros, pero no: son 4978”.

Está muy arriba, pero en la mañana del sábado, luego de más de catorce horas de carretera del viernes en un autobús con baño en el que la puntería compite con el vaivén, subimos en un viaje maravilloso de cuarenta minutos que compensan las trece horas de carretera (total: treinta horas, redondeando como el campesino venezolano que midió por primera vez la altura más alta de este país asediado) y todas las horas de carretera que sean necesarias para disfrutar del sistema de teleférico “más alto, más largo y más bonito del mundo entero”.

El Mukumbarí

 

Es mejor dejar que la mula, que es la que sabe, le lleve por el sendero del modo y por donde ella quiera. Usted habla con el campesino y paga quince mil bolívares, en efectivo; el campesino masca chimó y entiende mi necesidad de soledad, lejos de miradas que acusan, de ojos que “primero preguntan y luego miran”, como dice Ptt Lizardo, un héroe que cuando alguien intenta rozarle la garganta, con su ACV a cuestas, emite un canto que canta toda la montaña y a quien recordé montado en esa mula, solitario, botando un humo que se confunde con otro humo que sale de las gargantas en esas montañas hermosas de frío opaco, delicioso, cercano y amenazado de guerra por los que pueden amenazarte con una guerra. Como Trump, por ejemplo.

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La avenida Universidad de la ciudad de Mérida se parece a la avenida Universidad de la ciudad de Caracas, sobre todo en la parte en la que la señora logra atajar a su enorme perro justo antes de morderme. Trotar en Mérida puede ser peligroso, estimado corredor de caminos caraqueños (vaya título tan largo) y compañero de publicación, Clodovaldo Hernández.

La montaña merideña es igual de mágica que la nuestra, solo que más grande.

Allá los ciclistas de montaña son tan antipáticos como los de aquí, solo que allá tienen un letrero: “Prohibido el paso para bicicletas de montaña”.

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La basura empieza a acumularse en la parte de la ciudad que tiene casas más modestas; en cambio, el parque Beethoven estaba espectacular, silencioso y limpio.
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Luis Guillermo García: eres un buen anfitrión. Agradecidos.

 

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El poeta, feliz y despechado, está aquí. Y brindo con él.

¡Salud!

Humberto Márquez toma la silla, luego toma asiento, y luego toma lo otro.

También, dentro de Ciudad CCS, bien adentro, pero no tanto (en la mesa redonda de reuniones de pauta), el señor Juan Mijares, cédula de identidad número mil novecientos treinta y tres (sí, 1.933, nacido en 1925) tomó asiento y dijo: “Es un honor estar aquí”. Y los periodistas (los despistados y los ausentes, las aburridas y las saladas, las consecuentes y olvidadizas y los fantasmas de todos los demás) pensaron, casi al unísono: “Para nosotros, es un honor que usted se siente aquí a hablarnos de Simón Bolívar y Simón Rodríguez”.

Y Juan Mijares habló desde sus 103 años y dijo en voz alta, antes de despedirse y posar para la foto: “Hay que moverse”.

Moviéndose rápido, andaba Fruto Vivas, a los noventa, apurado por su compañera, Zoraya de Vivas. El maestro solicitaba alguna ayuda donde se solicitan las ayudas cuando se muere alguien y no hay como enterrarle y lo único que queda es la cremación.

Allí se ayuda a la gente que necesita ayuda. La muchacha no conocía a Fruto y se lo presenté, hablando de su obra. Nombré varias, digamos que dos o tres, hasta que me interrumpió: “y la más importante: la Flor de Los Cuatro Elementos”. Y me miró desde el más grande orgullo. Muchas gracias a usted, maestro.

Gustavo mérida/ciudad ccs/bien resuelto

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