Bertucci, la memoria hierve como sopa

El caldo humeante, dentro de ollas inmensas, es la imagen con la que se le asocia

A Javier Bertucci le dicen “El candidato sopero”. Desde hace años, su organización cristiana El Evangelio Cambia reparte sancochos en distintos puntos del país. El caldo humeante, dentro de ollas inmensas, es la imagen con la que se le asocia, más que con la de un empresario sobre el que se posa la sombra de los Panamá Papers, que él ha tratado de espantar negando esos vínculos. “Soy la luz en las tinieblas”, dijo en una entrevista con un medio internacional, tal vez para aclarar el panorama. Verlo en una rueda de prensa, en un salón del Hotel Embassy, en El Rosal, alejado de los caldos hirvientes y cerca de la sustancia de quienes lo acompañan, cambia el relato.

Un espacio repleto donde Bertucci es la máxima autoridad, remite a lo que ocurre en una iglesia con su pastor. Hay aplausos, como en cualquier acto político, que culminan con la aseveración: ¡Así es! Nada es diferente a lo que podría ocurrir en cualquier espacio cerrado de la ciudad: una mujer amamanta; unos jóvenes, que no pasan de 20 años, se emocionan y gritan cada tanto; y las personas mayores escuchan con atención. La mayoría está vestida de blanco, y en su espalda la frase “Esperanza por el cambio”, nombre del movimiento político que acompaña al candidato. Cada vez que Bertucci habla de Maduro, surgen las exclamaciones de desagrado: ¡Jamás! ¡Nunca! Nada inesperado. El equipo que acompaña al outsider, que afirma que podría superar en preferencia de los electores a Henri Falcón, se mueve con la destreza de quienes están acostumbrados a los eventos religiosos, que es otra campaña.

Las propuestas de Bertucci, a diferencia de los candidatos de la MUD, y del propio Falcón, van de frente, sin laberintos del lenguaje: abrir un canal humanitario, eliminar el control cambiario, solicitar créditos a organismos multilaterales, que no excluyen al FMI, y reestructurar el sistema educativo.

Bertucci, entre vítores, se refiere a la “soberbia” de Falcón, que al parecer no quiso aceptar su propuesta de retirarse y sumarse a su opción. Nada novedoso en medio de una campaña a la venezolana. Sin embargo, un comentario que pasa al voleo cambia el panorama. Una encuesta que cita Bertucci, supuestamente arrojó que si Chávez participara en las próximas elecciones, ganaría. Hasta ahí, es un ejercicio de imaginación. A continuación, un giro sutil logra su resultado: “Chávez no participa porque ya sabemos que no puede”, agrega y algunas risas entre los asistentes se escapan. Una afirmación que pareciera obvia pero que por un hilo invisible se une con: “Chávez ya no está, nadie se los puede devolver”, de Henrique Capriles. El discurso luego se enrumba por otro lado y minutos más tarde todos habrán olvidado la referencia. Las cámaras se apagan, los reporteros se van. El mensaje sigue intacto: las palabras, como aguijones, por más que lo intentan, no pueden borrar nuestra memoria, que también hierve como sopa.

NATHALI GÓMEZ
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En la casi víspera de la semana de las elecciones del 20 mayo arrecia la cayapa (o linchamiento) comunicacional contra Venezuela. Y empezamos así, con una afirmación obvia, con lo que llaman en periodismo “la entrada de la noticia”, porque de una vez usted sabe de qué va esto. Así funciona la cosa: le doy muy rápidamente lo que quiero que sepa. No importa que no lea lo demás. No importa si es verdad.

Un diario español con nombre de libro de lectura se da el tupé de publicar en su primera página una foto del vicepresidente de Venezuela Tareck El Aissami, con un titular abyecto donde lo llama narco, malparido, tracalero y corrupto (lo del malparido y tracalero es “contribución” nuestra, así funciona a veces el “periodismo”). La foto ocupa toda la portada del tabloide español: un vicepresidente sonriente y feliz. Diga usted qué sensación le produce eso a un venezolano residenciado aquí o en España.

Nosotros, los que vivimos aquí en Caracas, en Venezuela, sabemos qué está pasando. Pero eso no importa. Hay una realidad que construyen, según la cual estamos al borde de una crisis humanitaria. Así funciona la guerra psicológica. Así funciona el guión previo a una invasión de la OTAN, de los gringos sin la OTAN, o del plan ese que les gusta porque pueden ocultar sus nombres: rebeldes. Nuestros “guarimberos heroicos”.

Sabemos que hay escasez de medicinas en hospitales públicos, pero también sabemos que se encuentran en las farmacias a precios inalcanzables para quien no tenga dólares que cambiar. Y sí, pasamos sustos a cada rato porque se nos acaban las pastillas de la tensión, porque se nos acaba la insulina, porque los antibióticos cuestan un ojo y medio de la cara. Y así vamos. Remendando. Sobreviviendo.

Sabemos que hay gente pasando roncha con el transporte privado. Pero también sabemos que existen en los comercios del ramo repuestos, cauchos, baterías y amortiguadores a precios que ya no se traducen en un negocio para los dueños de esos vehículos porque, ¿Cuánto tiene que costar un pasaje “de carrito por puesto” para que pueda, el dueño que se queda en su casa rascándose la barriga, pagarle al avance, que es el que le echa bolas? Así van, tratando de que el transporte que no es “público”, porque está en manos privadas, se paralice. Ya casi lo logran.

Sabemos que no hay efectivo. Porque se vende. Sí, se vende. Usted que vive aquí sabe por qué se vende. Porque se convirtió en un “bien” que también es bachaqueado. Hay un marcador maldito de dólar paralelo, llamado DolarToday, que infla el costo de esa divisa y hay unos delincuentes detrás de mostradores, detrás de uniformes, detrás de funcionarios, detrás de rostros del pueblo, que día a día se aprovechan de las personas; tanto, que el efectivo se cotiza como si fuera un kilo de carne.

Es muy duro lo que vivimos. Y en vísperas de las elecciones, la cayapa comunicacional contra Venezuela arrecia. El objetivo es claro: quieren nuestra dignidad. El problema, para quienes quieren comprarla, es que nuestra dignidad, nuestra independencia no tienen precio. Es la Patria lo que pretenden tasar. Sigamos.

MERCEDES CHACÍN

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