Bolsonaro hace una caricatura de sí mismo

Clodovaldo Hernández

Cuando la historia de Jair Bolsonaro sea contada a nuestros descendientes en el siglo XXII o a los integrantes de otra humanidad en un planeta del sistema estelar de Alfa Centauri, la gente que la escuche alucinará. “¿Qué me dices tú… que un pueblo mayoritariamente pobre votó por un tipo que prometía gobernar contra los pobres?

Las preguntas seguirán en este tono: ¿Y entonces los negros, los indígenas, las mujeres y los sexodiversos lo respaldaron, a pesar de que era odiosamente racista, misógino y homofóbico?”

Quienes escuchen ese cuento se negarán a creerlo o dirán cosas horribles del pueblo protagonista de este gran contrasentido. Seguramente sentirán el mismo asombro que sienten los cursantes de Catecismo cuando les dicen que la multitud, consultada por Poncio Pilato, prefirió perdonar a Barrabás (que era una especie de pran) en lugar de salvar a Jesús, que era el hijo de Dios.

Los teóricos de las próximas décadas deliberarán en libros, tesis de grado, congresos y seminarios acerca de un pueblo con síndrome de Estocolmo, enamorado de quien se presentó, sin dobleces, como su esbirro.

Para asombrarse con la popularidad de Bolsonaro no hace falta, en realidad, vivir muy lejos en el tiempo o en el espacio. De hecho, buena parte de América Latina no ha salido aún de su asombro. Y eso que el peligroso sujeto aún no ha comenzado a gobernar.

Cuando empiece, seguirán estas raras “sorpresas anunciadas”, pues el nuevo presidente de Brasil posiblemente sea el primer sujeto de derecha que cumpla al pie de la letra sus promesas electorales, lo cual no significa algo positivo para el pueblo que votó mayoritariamente a su favor. Es complicado de entender, incluso en tiempo real.

Sucede que Bolsonaro ha asumido el formato ya implantado por Donald Trump en Estados Unidos, de arribar a la presidencia en lomos de la sinceridad más cruda. Se dejaron de boberías y le dijeron a sus respectivos pueblos que van a gobernar autoritariamente, excluyendo aun más a los que ya están excluidos, oprimiendo aun más a los que ya están oprimidos. Y contra todo pronóstico, esas ideas infames han calado, incluso en los excluidos, en los oprimidos.

“La culpa no es de la estaca si el sapo salta y se ensarta”, comentó un analista político internacional de esos que pululan en Twitter, la mañana del lunes 29 de octubre, día siguiente de la fatídica jornada electoral en Brasil. En un refrán quedó reflejada la realidad de un país que optó por entregarse voluntariamente en manos, ya no solo de la opción más neoliberal en lo económico, sino de la más atrasada en cuestiones que se suponía superadas como los derechos de las mujeres, las comunidades originarias, los afrodescendientes y la colectividad LGBTI.

“Brasil retrocedió 40 años y más”, comentó el analista internacional Basem Tajeldine, tan pronto se confirmó el resultado, que estaba, por cierto, cantado, a pesar de que los más cándidos soñaron con un triunfo de Fernando Haddad en atropellada de los últimos 100 metros.

Tajeldine es de los que lo considera un Trump latinoamericano y advierte que se ha presentado como alguien fuera del establishment, que viene a poner orden, aunque en realidad forma parte de la clase política hace muchos años, sobre todo en la actividad parlamentaria.

Justamente ha sido en el Congreso donde este hombre ha cultivado su bien ganada fama de troglodita, con el perdón que merecen los antepasados. Allí tuvo sus primeras figuraciones en los temas controversiales que ahora, tal vez por recomendación de sus asesores de imagen, ha reiterado hasta la saciedad, convirtiéndose en una especie de caricatura de sí mismo. En eso sí que es idéntico a Trump.

La época en la que vivimos, caracterizada por las comunicaciones breves y rápidas a través de medios digitales, ha hecho que Bolsonaro se dé a conocer mundialmente por unas diez o quince frases que ha dicho y que, de alguna manera, constituyen su acervo político. Se trata de una colección de barbaridades sobre las mujeres, los afrodescendientes, los gais, la dictadura brasileña, el uso de las torturas y la situación de Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula Da Sillva.

Como han sido repetidas hasta el cansancio, podemos abstenernos de incluirlas acá para no atiborrar al lector de sustancias tóxicas. En todo caso, esas pocas frases lo pintan claramente como una de las expresiones más sinceras de la ultraderecha regional. Su pensamiento es, con bemoles y sostenidos, el mismo de todo el escualidismo continental, solo que la mayor parte del resto se pone máscaras y disfraces.

Lo peor del triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil es que todo lo malo que haga será endilgado como culpa histórica a la izquierda. Por un lado, se dirá (ya se dice) que los líderes izquierdistas que gobernaron el país generaron tal crisis económica y moral que permitió el surgimiento de un monstruo de derecha. Por otro lado, una vez que comience a aplicar su recetario fondomonetarista clásico, se dirá que se trata de amargos remedios para males causados por Lula, Dilma y el Partido de los Trabajadores.

Con el apoyo del sistema capitalista hegemónico, de los organismos internacionales, de los gobiernos de derecha del resto del mundo y de la prensa global, Bolsonaro va a poder hacer literalmente lo que le venga en gana. Si alguien tiene alguna duda del manto de alcahuetería que lo cubrirá puede leer el tuit del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, en el que dice: “Aplaudimos su mensaje de verdad y paz”.

¿Verdad y paz de un partidario abierto de la tortura y el asesinato político? Con el mismo asombro que podría tener un habitante de Alfa Centauri, decimos que ¡caramba, se cuenta y no se cree!
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La sinceridad mentirosa

Significativamente, la sinceridad de las criaturas de la derecha, como Bolsonaro, Trump y otras que han surgido en Europa, es una sinceridad falsa. En primer lugar, pretenden representar al antisistema, al anti-statu quo, pero son su expresión más perversa. En segundo lugar, hasta sus excesos de sinceridad son mecanismos del viejo arte de la demagogia, que utiliza la ignorancia, los miedos, los prejuicios y los instintos primarios para forjar liderazgos.

En este caso, su hiriente franqueza está montada sobre la gran maniobra política que sacó a Dilma Rousseff de la presidencia y metió tras las rejas a Lula Da Silva.

Para completar el cuadro de la sinceridad falsa, su campaña en redes sociales se basó en la difusión de noticias falsas acerca de su adversario, Fernando Haddad. Las fake news tuvieron tal peso en esa contienda que ya se le está estudiando como una temible expresión de la posverdad en el plano electoral.

A su vez, probó ser inmune a la verdad. Cuando se le mostró en videos diciendo todas esas cosas terribles sobre mujeres, negros, indígenas, sexodiversos, extranjeros y ecologistas, los fervientes partidarios del “fenómeno Bolsonaro” (nunca mejor dicho) rechazaron las críticas. “Eso es mentira, él no es así”, juraron.


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