Caracas de viejos relatos

La primera Caracas y sus esquinas históricas es el nombre que titula el texto

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A la lista de cuentos y leyendas, transmitidas de boca en boca por la oralidad callejera, se incluyen permanentemente las esquinas de Caracas como principales protagonistas, quizás la razón se deba a que estas fueron el escenario de distintos acontecimientos de importancia histórica para el país, o muy probablemente sea porque el caraqueño disfruta conocer detalles de su centenaria ciudad.

Por una o por otra razón, el escritor venezolano Edgar Abreu se sumó con su obra La primera Caracas y sus esquinas históricas, a la extensa lista de autores que dedican sus manuscritos a la capital en su 450 aniversario, elaborando un rica investigación que escudriña a la centenaria metrópolis en busca de su verdadera narración.

En tiempos coloniales nombrar a la ciudad significaba titular sus espacios con alguna característica de los personajes que en ellas habitaba, así lo explicó Abreu en su prólogo, tomando a la esquina de Madrices como principal referencia.

El autor explica que el nombre de la esquina deriva del arquitecto Rodríguez de la Madriz, dueño de una gran casona que construyó para entonces en el terreno que hora lleva su apellido; otros se bautizan a raíz de algún polémico hecho o, como ya se dijo, por algún suceso trascendental. Tal es el caso de la esquina Sociedad, conocida inicialmente como don Martín Chavarría; lugar que se usó como sede para que la Sociedad de Economía y Amigos del País comenzaran los sucesos que permitieron la independencia de Venezuela.

“Esta selección, realizada a partir de un criterio personal, reúne la historia de las esquinas que he considerado más relevantes para la identidad de Caracas y las que luego de un proceso de investigación consideré llenas de un simbolismo y una magia especial, digna de ser contada”, escribió Abreu, quien utiliza un sencillo lenguaje para despertar en el público joven el interés por la cartografía de la ciudad.

El texto ofrece a los lectores un arqueo histórico sobre la invasión de los españoles al territorio nacional, resaltando la resistencia que mostraron los indígenas antes la opresión y subordinación extranjera.

“Este recuento, que antecede a los textos sobre las esquinas, (…) se centra en el atropello y abuso que significó la usurpación de un territorio sagrado para sus primeros habitantes”, expresó en el creador en su manuscrito, ilustrado por la diseñadora gráfica Adriana Palencia.

De esta manera, el libro se sumerge en la conquista de la ciudad que para entonces era poblada, según apunta Abreu, por las etnias originarias de Venezuela, encabezadas por los arbacos, toromaimas, caracas, mariches y teques “tribus pertenecientes al pueblo caribe”, explicó de una forma atractivamente extensa y minuciosa.

Posteriormente a su evaluación cronológica, el cronista comienza a abordar en su relato a las mencionadas esquinas de la ciudad, comenzando con las del casco histórico: esquina La Torre, el Chorro y Cipreses, para posteriormente continuar con las esquinas Gradillas, Principal y de Miguelacho, entre otras dibujadas en las 74 páginas del texto.
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Fondo Editorial Fundarte>
Regiones Verbales

Despertando su condición de poeta, Antonio Trujillo no pudo evitar sentirse atraído por la obra de 30 versistas nacionales. Curiosamente fascinado comenzó a investigar los pormenores de sus escrituras, plasmando a través de una serie de crónicas la historia detrás del famoso verso.

Esta inesperada fusión entre el Trujillo historiador y el Trujillo poeta dieron vida a las 331 páginas que conforman Regiones verbales: los poemas cuentan su historia, donde sus autores regalan un pequeño fragmento de su intimidad.

Leer cómo este célebre cronista contempla y escribe las historias de terceros es casi como trasladarse a los rincones de pueblo, donde antiguos pobladores comentaban en grandes tertulias las jocosas anécdotas que sucedieron en aquellos terrenos olvidados, testigos de irrepetibles hazañas y experiencias dignas de inspirar un verso.

“En estas páginas, mientras un poema confiesa y dibuja su travesía, rozamos el universo de la región que nos habita, a veces sin necesidad de nombrarla, escrita y oída por el sesgo de un ave y el nombre de un río. Y en la misma hoja, como en los antiguos libros fundacionales surge el cronista, no para contar lo ya sabido, sino para decir y trazar en el aire su encuentro con el martirizado paisaje del hombre”, escribe el autor en el prólogo de su texto.
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Abreboca >
La maldición de Sigfrido

Hace muchos años había en Alemania, en las boscosas orillas del río Rin, un pueblo de enanos llamados nibelungos. Los nibelungos vivían en cavernas subterráneas, trabajaban con maravillosa habilidad los metales y las piedras preciosas. Alberico, su rey, era el hombre más rico de la Tierra, pues poseía arcas llenas de oro y cofres rebosantes de joyas y gemas rarísimas que los nibelungos extraían para él, pero Alberico era un ser malvado que maltrataba al resto de los enanos.

En aquel entonces era sabido que el río Rin guardaba en su lecho mucho oro, aunque la verdad, hasta entonces, nadie había ido a comprobarlo. A pesar de su riqueza, Alberico codiciaba también el oro del Rin. Y tanta era su obsesión por aquel metal, que no cejó hasta bajar al fondo de las aguas. Se sumergió todo cuanto pudo hasta ver a tres ninfas que custodiaban el tesoro; estas, sin oponer ninguna resistencia, le advirtieron:

—Quien se apodere de este oro obtendrá el poder, pero jamás será favorecido por el amor.

—Prefiero el poder —replicó Alberico.

Y siguió sumergiéndose hasta ver el oro soñado. Lo tomó y lo llevó con él hasta la superficie.

Cargando con el oro, Alberico regresó a su cueva; allí, tras maltratarlo, obligó a su hermano Mime, que era un gran artífice, a que le fabricara un yelmo con el que pudiera hacerse invisible y transformarse en lo que quisiera. En cuanto al oro del Rin, lo utilizó para hacerse un anillo, que debía darle el poder de obtener todo lo que quería.

Por aquellos días, los gigantes Fasolt y Fafner habían terminado en la morada de los dioses el maravilloso palacio del Walhalla, un recinto cercado como una fortaleza, en la que los héroes pasarían el tiempo en medio de juegos guerreros y festines. Wotan, dios de los dioses, les había prometido entregarles a Freya. Freya era la diosa de la inmortalidad, encargada de servir las manzanas de oro, con las cuales las divinidades se mantenían en permanente juventud.

Cuando Wotan vio el palacio terminado, se resistió a cumplir la promesa dada a los gigantes y estos, enfurecidos, secuestraron a Freya diciéndole a Wotan que no la dejarían hasta que se les entregara algo cuyo valor los hiciera renunciar a la diosa. Wotan, preocupado, encomendó a Loge, semidiós del fuego:

—Anda, busca alguna cosa para lograr que los dos gigantes renuncien a Freya.
Pero poco después regresó Loge diciendo:

—He buscado mucho, pero nada se puede hallar que iguale a tan maravillosa mujer.

Fue entonces cuando, Wotan se enteró del robo del oro del Rin, y de inmediato llamó a Loge y le dijo:

—Ve y pregunta a las ninfas si es cierto que el oro del Rin ha sido robado. De ser así he de obtener ese oro para dárselo a los gigantes a cambio de la diosa Freya.

Loge fue a hablar con las ninfas y estas le contaron todo lo que había sucedido.

Acto seguido, Wotan y Loge se encaminaron a la cueva del nibelungo, donde encontraron al enano Alberico acariciando sus joyas, entre las que destacaban el reluciente yelmo y el magnífico anillo. Al ver a Wotan en su caverna, se sintió tan ufano y satisfecho que empezó a hablarle, excitado y vanidoso, de las virtudes que poseían tanto el yelmo como el anillo. Wotan y Loge cruzaron una mirada de inteligencia y fingieron mostrarse incrédulos.

—¿Y tú puedes, por ejemplo, convertirte ahora mismo en lo que quieras? —le preguntaron.
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Veronika decide Morir de Paulo Cohelo
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REDACCIÓN MARIA JOSÉ RAMIREZ


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