Caracas en sus libros: la ciudad naciente descrita por Núñez

Iglesias, bulevares, esquinas y plazas son usados para recrear una Caracas creada al estilo de las metrópolis europeas

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Son muchos los cronistas que en su momento escribieron acerca de las transformaciones de la ciudad capital, la Caracas colonial y de antaño que permanece viva en los textos de historia y en la memoria referencial y colectiva de sus habitantes.

El escritor venezolano, Enrique Bernardo Núñez, no fue la excepción, plasmó en La ciudad de los techos rojos, una exquisita narración que invita al lector a adentrarse en sucesos y situaciones ocurridas en la creación de una ciudad en constante cambio, con las típicas características de algunas ciudades europeas, tomando en cuenta sus techos de tejas y las estructuras con plazas principales y bulevares rodeados de sus iglesias y alcaldías.

Núñez describe tanto la religiosidad de sus habitantes como sus preocupaciones, derivada de las plagas y epidemias que rondaban sus calles, haciendo referencia a la construcción del Hospital San Lázaro para el año 1750, donde alojaron a los enfermos errantes por calles y caminos y ocultos en las casas.

En este texto, publicado por primera vez en el año 1947, Caracas es una de esas ciudades, donde sus habitantes se ubican en cualquier dirección por los nombres de sus esquinas. Fueron muchas las propuestas de hacerlo a través de nomenclaturas, como en lugares de Europa, pero predominó finalmente los nombres puestos por sus propios transeúntes según lo acontecido en el lugar, como por ejemplo las esquinas El peligro, Pele el ojo y Las ánimas, esta última bautizada así por una particular anécdota, que reza que cuando llegaba la oscuridad se podía escuchar un coro de voces fúnebres, cuando algunos curiosos salieron a mirar se encontraron con sombras con túnicas blancas, que tenían hachas encendidas y determinaron que se trataba de ánimas del Purgatorio.

También relata que para 1779 no existía división por parroquias, pero sí se tenía la idea de organización en los barrios con la propuesta del gobernador José Carlos de Agüero y el reglamento discutido entre él y el Ayuntamiento, donde se expresa que cada barrio elegiría a su alcalde, pero estos debían de ser “blancos, ya fueran nobles o plebeyos, europeos o criollos”.

Muchas fueron las ideas que traían los conocedores de otras tierras, con el fin de organizar la bautizada ciudad de los techos rojos, pero se fue estructurando oralmente por sus pobladores rodeados de espiritualidad y humor.

Cronistas y ensayistas legaron una historia llena de misticismo, fantasías y realidades que describen las vivencias de los caraqueños en sus inicios y que, sin duda, reviven los tiempos en que Caracas buscaba su propia identidad.

Fragmento: La ciudad de los techos rojos

Plaza Mayor
La historia de la formación de la ciudad puede leerse en los nombres de sus calles y esquinas. Las sabanas en las cuales debía edificase fueron o están recordadas en ellas: las de catuches o guanábanas, la del Teque de donde se derivan las de Pastora y Trinidad. La del Viento, la de Caroata o Carguata, la de Candelaria o Anauco. La de Ñaraulí. En el desarrollo de Caracas desempeñaron un papel importante las epidemias, plagas y otros flagelos. La ermita de San Sebastián se debe a las flechas de los indios y la de San Mauricio a la plaga de langosta. El templo de San Pablo, primer ermitaño, a la viruela importada de Guinea y el de Santa Rosalía al vómito negro. Se acude a San Jorge por causa del gusano que devoraba los trigos y a N. S. de las Mercedes por el alhorra o aljorra que destruía las plantaciones de cacao. Las fuertes sequías hacen invocar a N.S. de Copacabana y los terremotos a la Virgen del Rosario y de las Mercedes. Los ratones a San Nicolás de Tolentino. El mal de Lázaro hace construir el hospicio de este nombre y luego el Real Amparo, asilo y mansión de fiestas al pie del Ávila. Los corsarios la amenazan y uno de ellos, Amyas Preston, logra penetrar en su recinto y quemarla. La necesidad de construir fuertes para su defensa queda estampada en las esquinas de Reducto, Garita y Luneta, construidos por aquel auxiliar de ingeniero con nombre de astrólogo, Claudio Ruggero, que ha debido leer en las estrellas el destino de la ciudad. La torre gótica de la Universidad recuerda por contraste los tiempos de la filosofía positivista, cuando se funda en ella cátedra para enseñarla y de Adolfo Ernst, el gigante sabio y tierno cuya vida se abrevia por la muerte del hijo. Casi cuatro siglos han pasado por sus calles ahora cosmopolitas. Centro de estas es la Plaza Mayor sobre la cual se abría el balcón del Ayuntamiento, primero rodeada de ranchos pajizos, luego de arcos de piedra, de portales o canastillas –lujo de Plaza Mayor–, construidos en tiempos del gobernador don Felipe Ricardos. Este Gobernador hizo derribar las casas del capitán don Juan Francisco de León, el mismo que encabezó la rebelión de la provincia contra la Compañía Guipuzconana. Las casas de León se alzaban frente a la plaza de Candelaria (norte 13). La superficie fue sembrada de sal. Allí se erigió un poste de ignominia que mando derribar el Gobierno independiente en julio de 1811. En la plaza se levanta ahora la estatua de José Gregorio Monagas, a quien tocó poner el ejecútese a la ley de abolición de la esclavitud en Venezuela. León creía en la buena fe de los demás como en la suya propia. Cuando acampó con su gente en la Plaza Mayor o Plaza Real, como se llamaba entonces, con el fin de manifestar sus leales intenciones, hizo que su gente dejase las armas recostadas en la pared de la esquina de la torre de Catedral a las Gradillas. El viejo palacio episcopal que estaba deshabitado en la esquina de este nombre, sirvió de alojamiento al capitán León la noche del 20 de abril de 1749. El mismo sitio donde ahora se levanta el edificio para oficinas comerciales. En 1810 estaba señalado para la fábrica de la parte nueva de la Catedral, según los planos del coronel de ingenieros Juan Pirés y Correa (…).

Biografía mínima

Nació en Valencia el 20 de mayo de 1895, este narrador y cronista de la ciudad de Caracas en dos oportunidades ejerció el periodismo y la diplomacia, dejó escrita una vasta obra de ensayo y ficción en la que se incluyen títulos como la novela Cubagua y El hombre de la levita gris.
Inició una brillante y activa carrera que lo llevó del puesto de redactor de El Imparcial y colaboraciones asiduas, a partir de 1922, en los principales periódicos, los diarios El Universal, El Heraldo y El Nuevo Diario, así como las revistas Élite y Billiken a la dirección del Heraldo de Margarita, que él mismo fundó en Porlamar en 1925. Muere en la ciudad de Caracas el 1ro de octubre del año 1964.

Niedlinger Birceño / Ciudad CCS


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