Chichones en mi cabeza

Cajita de Arrayanes uno de los montajes emblemáticos de “El Chichón”

De acuerdo al diccionario, un chichón es “una tumefacción de origen traumático ocasionada por un impacto en la superficie craneal, lo que produce la inflamación del tejido subcutáneo de la corteza cerebral. Se recomienda la aplicación de hielo en la zona afectada”.

La definición le viene bien al Teatro Universitario para Niños “El Chichón”, grupo que este 7 de octubre estará cumpliendo cuarenta años de su primer mamonazo.

Como padre fundador y, en esta ocasión, cronista de mi muy querido hijo teatral, quiero compartir mi versión de los hechos que, hace cuatro décadas, nos llevaron a ponerle ese nombre al grupo y no, como en algún momento lo pensamos, bautizarle con la extensa denominación de “La piedrita en el zapato”.

Sucede que la leyenda urbana que se teje en los sótanos del Aula Magna de la Ciudad Universitaria, en donde se ubica el local de ensayo de “El Chichón”, relata que para aquellos días, cuando junto a los integrantes del elenco fundador (hoy todos papás, mamás, abuelos y abuelas) le buscábamos a nuestro bebé un nombre que expresara el espíritu transgresor e irreverente que deseábamos para el recién nacido, uno de los muchachos emergió de esas catacumbas sobándose la cabeza…

Buscando seguramente algún vestuario o quien sabe qué cosa, el compañero se había dado tremendo cipotazo en la cabeza, al tropezar con las tuberías que conducen el agua que circula por el aire acondicionado del Aula Magna, una red de tubos de todos los tamaños y colores que están ubicados, precisamente, en esos sótanos.

—“¡Chamo!” Exclamamos todos mientras veíamos cómo esa “tumefacción de origen traumático” crecía aceleradamente en el “tejido subcutáneo de su corteza cerebral”. ¡Tremendo chichón!

Al rato, mientras le aplicábamos una bolsa de hielo “en la zona afectada”, alguien agregó: “…mi pana… ¡Qué trancazo! Te diste duro en la cabeza…”.

Habíamos dado, sin saberlo, no solo con el nombre que estábamos buscando para el grupo, sino con el lema que aún hoy, a cuatro décadas de aquel inesperado hallazgo, seguimos defendiendo como línea de trabajo escénico dirigido a la niñez.

De estos cuarenta años que “El Chichón” está cumpliendo, me tocó estar veintiocho al frente del grupo.

Desde hace doce, como jubilado, observo los toros desde la barrera y, cuando me invitan, voy a ver las obras de representa.

No con poca frecuencia me preguntan por aquellos montajes que en algún momento se correspondieron con ese lema llegado al azar y con ese nombre que invoca la rebeldía infantil representada en un chichón.

Porque, ¿qué otra cosa que una condecoración a las travesuras de la niñez es un prominente chichón en la cabeza?

Desde aquel Pluft, el fantasmita, estrenado en la Sala de Conciertos el 7 de octubre de 1978, pasando por Cajita de Arrayanes, seguramente la obra más emblemática en la historia del grupo, hasta llegar a Chichón y su Banda, el espectáculo con el que me despedí de los escenarios ucevistas; todos los montajes de “El Chichón” tuvieron, mientras me tocó dirigirlo, ese sello transgresor que los ubicaron como referencia dentro de la historia del teatro infantil venezolano y latinoamericano.

Confío en que la Universidad Central de Venezuela y su Dirección de Cultura sabrán valorar esa historia.

ARMANDO CARÍAS

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