Clarice por sí misma

[«Hasta hoy no sabía que se puede no escribir». Con tal sentencia inicia Clarice la brevísima crónica «Un escalón más arriba: el silencio»,...

[«Hasta hoy no sabía que se puede no escribir». Con tal sentencia inicia Clarice la brevísima crónica «Un escalón más arriba: el silencio», y con ella nos confirma que su existencia no tuvo otro fin que el de la literatura. La definición de su persona estuvo determinada por la necesidad imperiosa de decir, ser ella misma la palabra y su eco, en permanente construcción. Irrumpió desde muy joven en la literatura brasileña y se consolidó como una de las voces más relevantes e influyentes de la narrativa latinoamericana. Leve, como lo que se siente y no se entiende (tal como afirma al término de su primera novela) Clarice Lispector es la autora de los estados del alma. No es su obra una secuencia de acciones, sino de emociones que se distienden en las palabras exactas del espíritu y sus posibilidades. Quizás por ello, su narrativa es la medida de la angustia humana ante el vertigo de la infinita libertad originaria. La búsqueda de eso otro que está más allá de los límites que impone la razón ha hecho de Clarice Lispector una mujer que se da en la creación por la perpetua corazonada de que en cada una de sus líneas se entrega a la otredad, se transfunde en ella. Con este propósito escribe, desde que se inaugura como escritora con Cerca del corazón salvaje, hasta el manuscrito con pulso convulso que le deja a su amiga Olga Borelli días antes de su muerte.
Hoy estaría celebrando sus 97 años de no ser por el cáncer que la consumió —al tiempo que la hizo eterna— un día antes de su cumpleaños, en 1977.
Para homenajearla, leámosla.]

Karibay Velásquez

¿Mi tema es el instante? Mi tema de vida. Intento estar a su nivel, me divido millares de veces en tantas veces como los instantes que transcurren, tan fragmentaria soy y tan precarios los momentos, sólo me comprometo con la vida que nace con el tiempo y que crece con él.
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Escribo redondo, enmarañado y tibio, pero a veces frío como los instantes frescos, agua del arroyo que tiembla siempre por sí misma.
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Quiero no lo que esá hecho sino lo que tortuosamente aún se está haciendo. Mis desequilibradas palabras son el lujo de mi silencio.

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Sí, ésta es la vida vista por la vida. Pero de repente olvido cómo captar lo que sucede, no sé captar lo que existe más que viviendo aquí cada cosa que surge y no importa qué; estoy casi libre de mis errores. Dejo que el caballo libre corra fogoso. Yo, que troto nerviosa y sólo la realidad me delimita.
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Como si arrancase de las profundidades de la tierra las nudosas raíces de un árbol descomunal, así es como te escribo.
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A la duración de mi existencia le doy un significado oculto que me sobrepasa.
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Me voy, dice la muerte, sin añadir que me lleva consigo. Y me estremezco con la respiración jadeante por tener que acompañarla. Yo soy la muerte. Es en éste mi ser donde se da la muerte, ¿cómo explicártelo?
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Renuncio a tener un significado, y entonces un dulce y doloroso quebranto se apodera de mí.
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Me es imposible profundizar y apoderarme de la vida porque es aérea, es mi leve hálito. Pero sé muy bien lo que quiero aquí: quiero lo no concluido. Quiero el profundo desorden orgánico que sin embrago deja presentir un orden subyacente.
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Hay muchas cosas por decir que no sé cómo decir. Me faltan palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas. Las que existen deben decir lo que se consigue decir y lo que está prohibido. Y lo que está prohibido lo adivino. Si hubiese fuerza. Mi pintura no tiene palabras: está más allá del pensamiento. En ese terreno del se es soy puro éxtasis cristalino. Se es. Me soy. Tú te eres.


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