Colectivo Trenzas Insurgentes: Por el camino de los arrullos

Luisa Madriz

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Luisa Madriz

Es música la voz de nuestras hijas e hijos al balbucear las primeras palabras, su llanto de alerta. El alma avisa y reconoce matices para saber si es nuestro niño o niña la que llora. En el vientre materno nos movemos con la cadencia de las caderas de nuestras madres, el latido de su corazón y su voz única, los susurros al sisearnos para dormirnos, el tono grave de la voz de papá, la dulzura del timbre musical de la abuela al arrullarnos y luego los cantos, brincos y juegos que rítmicamente siembra en los subconscientes, el auto reconocimiento y orgullo de ser lo que somos al incorporarles palabras, por ejemplo: Si tiene su pelo duro / Su mae también lo tiene / Si sus ojos son pelaos / Su pae también los tiene.

Y así se continúa cantando y bailando características físicas que no voy a reproducir aquí por la picardía y sexualidad que conllevan. Por otro lado están los cantos de destreza:

Pon pon el dedito en el botón / Pon pon dedito pon / Pon pon todos en el corazón.

Este canto es evidencia de pura motricidad fina cargada de melodía, cantos y brincos en las piernas de esa madre, abuela, tía y madrina, sumamente importantes para la salud física y mental de la criatura. ¿Quién dice que no es música el repiquetear de la lluvia en un techo de zinc o en la tierra reseca? El viento entre las ramas de los árboles, la carrera del río sobre piedras, troncos y arena, el crujir de un gran árbol al partirse y caer, el silbido de los bambúes al cruzar el viento en sus troncos unidos a la risa y voces de los niños bañándose en el río con chapuzones, el machete ¡chaz chaz!, El desprendimiento de las grandes hojas del árbol del pan que arrastra a su paso ramas y troncos secos. Las actividades del ser humano, relacionadas con sus creencias religiosas, mágicas, su cosmovisión y sucesos que lo enlazan con el más allá, como la muerte y la fertilidad, tienen una marcada presencia musical. Sonidos del dolor y del miedo: campanas que doblan, brujas volando, los pasos de las ánimas, el susurro del rosario en las novenas, el chillido de las lechuzas y el canto de las pavitas que nos hablan de muerte segura, una puerta que rechina o el crujir de un mueble de madera, igualmente el llanto en los entierros.

Sabrosos los sonidos de la degustación: el sonoro concierto de ollas y sartenes al moverlas, de frituras, el toc-toc de nuestros dedos para probar una arepa, el chorro de café que cae del colador, el gorgoteo de una sopa o sancocho al ablandarse las verduras.

Y qué decir de la musicalidad en los saludos: ¡compae oohhh! ¡Adiós pueee! ¡bueeenas! La narración de historias, sucesos, anécdotas, y hasta chistes, a través del canto, entendiendo la gran importancia de la música en la familia, amigos y en la escuela, donde se cultiva el amor y pertenencia a la cultura de la comunidad y región donde se vive. Las diferentes voces de llamado y las respuestas, los pregones de los dulces, las granjerías diversas con o sin instrumentos musicales. Somos música, ¡sí que lo somos! Recordando nuestros ancestros africanos al escuchar los sonidos y la armonía en los detalles del día a día. Somos música; solo afinemos nuestros oídos, abramos nuestros sentidos y escucharemos el mejor concierto de la vida misma, dirigido por dos grandes directores: el corazón y el sentimiento.

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