Con Clío | Antídoto

Alexander Torres

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Alexander Torres

No olvidemos el contexto en el cual pare su visión del universo. No ahorremos el esfuerzo imaginativo de un Simón Rodríguez que sufrió la exclusión de la sociedad colonial por su condición de huérfano. No obviemos su carácter rebelde y excéntrico en la hipócrita comarca caraqueña dieciochesca. Pese al infortunio de su niñez –asunto del cual nunca hablaba– su optimismo contagiante apeló fervientemente a la tesis de que los americanos saldríamos del foso colonialista.

No cejó el maestro en sus recomendaciones de adelantar transformaciones en todo los ámbitos de nuestras existencias privadas y colectivas, para inventar esa ciudadanía diferente y próspera. Clamó por un sujeto nuestroamericano muy espiritual, cuyo horizontes de realizaciones no estuviera reñido con el proceso productivo agrícola e industrial, en un contexto internacional hermanado y recíproco.

Decir Simón Rodríguez es traer a colación el pensamiento de una educación inclusiva bajo el encargo de un Estado fuerte y avanzado. En su celebrada Luces y virtudes sociales defendió Rodríguez una formación cívica “para todo el pueblo”, enfatizando que lo público es por excelencia lo social, y no como se cree generalmente, que es lo contrario a lo privado.

Pero no era un asunto meramente administrativo la responsabilidad de un determinado gobierno en la conducción política de las mayorías, en su discernir había que dar el salto cualitativo más importante de su hora, sintetizado en un axioma que sigue siendo quebranto de nuestros días, ante la explosión de tanto vandalismo cotidiano: “Instruir no es educar”. Educar, que si bien entrañaba el proceso instructivo, es un bien supremo en concordancia con una forma sensible e intelectual de concebir la realidad, forma siempre consustanciada con el “extraño arte de vivir”. Educarnos es una manera iluminada de caminar por el mundo siendo útiles para nosotros mismos y para los demás; una vía regia en las cuales los valores jueguen un rol estelar en el esbozo de un republicano distinto. Porque a fin de cuentas “sin luces no hay virtudes”.

Al releer a Rodríguez conseguimos claves de actualidad. La afirmación de que la educación nos dignifica, sobre todo en una Venezuela donde la ignorancia se muestra como trofeo; y el depredar al vecino por su necesidad económica se promueve más que alguna licenciatura universitaria; ya es decir bastante. Creer que uno se educa para hacerse rico es de imbéciles que lo más lejos que podrán llegar en sus cotidianidades es a un banco; esto es más que ilustrativo en las meditaciones del educador caraqueño. ¿Qué diría hoy Rodríguez de esas personas que “sobreviven” pero que no existen? Educarnos es desnudar la explotación humana y no ser parte de ella. No basta saber leer y escribir, o que poseíamos miles de libros obtenidos gratuitamente, si no tenemos las herramientas cognitivas para comprenderlos y valorarlos el arranque positivo se diluye. Es parte del antídoto robinsoniano.

 


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