Con Clío | El regalo

Alexander Torres

En la antigüedad griega Sócrates es referencia necesaria. Auténtico sabio, de esos que saben a qué saben las cosas, fue cínico e irreverente, profundo y sencillo. En su transitar acentuó la mirada en la búsqueda de la verdad de la vida, terrenizó las ideas. Se dice que con El partero nació la filosofía occidental centrada en el yo, en la auscultación de la subjetividad, más que en el análisis de los elementos. Con él hay una ruptura del hecho de pensar con respecto a sus antecesores, los físicos, enfrascados en el desciframiento de la causa general de toda la realidad. La audacia de Sócrates, hombre descrito como humilde y de estampa poca agraciada, fue su actitud valiente y en extrema moral, que finalmente le costó la existencia. Por una supuesta seducción a los jóvenes y por negar la existencia de ciertos dioses, le dieron de beber la cicuta. Defendiendo la inmortalidad del alma expiró Sócrates impávido, empinando la copa de veneno para nunca ser olvidado. Ante sus discípulos afligidos el Maestro de la mayéutica fue consecuente hasta en su hora postrera.

¿Por qué la comparación hecha por Simón Bolívar de Simón Rodríguez con la figura de Sócrates, y no con otro de las mentes brillantes del mundo helénico? “Filósofo consumado y un patriota sin igual” lo distingue el Libertador, lo que pone en evidencia que su esfuerzo no fue el de un diletantista, de un ocioso que elucubraba sobre el Topus Uranus. En la carta de Pativilca, Perú, del 19 de diciembre de 1824, Bolívar es más que elocuente sobre su otrora preceptor:

“… Sin duda es usted el hombre más extraordinario del mundo. Podría usted merecer otros epítetos, pero no quiero darlos por ser descortés al saludar a un huésped que viene de un viejo mundo a saludar al nuevo; sí, a visitar su Patria que…que tenía olvidada, no en su corazón, sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que usted quiere a nuestra adorada Colombia, ¿se acuerda usted cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la Libertad de la Patria? Ciertamente no habrá olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros, día que anticipó, por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener”.

El hecho de que Bolívar calificara a Rodríguez como extraordinario no es la habitual retórica de quien tuviera agendas ocultas de manipulaciones o aprovechamientos. Bolívar encontraba en el educador mucha de la pasión volcánica que él –autodefinido como un instrumento de las luchas emancipadoras–, tenía. De aquí que le ratificara en la misiva antes citada: “No puede usted figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que usted me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que usted me ha regalado…”. El regalo real casi nunca se ve, inclusive, quien lo recibe. A veces no tenemos nada y súbitamente nos dan las claves para descifrar un mundo.


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