Con Clío l Somos nosotros

Alexander Torres

84
84

Alexander Torres

¿Hasta cuándo esa infame frase de “Caracas es Caracas y lo demás es sapo, monte y culebra”? ¿Sabemos que detrás de este dicho se oculta un ridículo y añejo prejuicio de los capitalinos contra los “provincianos”? ¿Tiene sentido tal afirmación, falaz creencia de una superioridad que no existe, más que denuncia por una macrocefalia histórica atroz? Muchas veces los caraqueños nos regodeamos en una banal discriminación y un estéril orgullo que nos impide observar lo verdaderamente sustancial. Las ciudades son sus gentes y son los habitantes -esos que muchas veces botan basura en las calles o atormentan a sus vecinos con el “radio a’to volumen”- los constructores de su propio lar? ¿De qué vale haber nacido en la cuna de la libertad si somos tan indolentes de nuestro entorno más inmediato? Si nuestras ciudades se vuelven ante nuestras miradas inclementes suburbios del crimen y del mal gusto. El deterioro de la ciudad caraqueña comienza por el desconocimiento de su propia historia. Ese transcurrir contradictorio, a veces menudo, otro universal, es lo que le va dando personalidad a lo que somos y lo que anhelamos. El apego sincero y consciente al lugar donde se nace dice mucho de nuestro presente y del inefable futuro.

Ya en su momento, Enrique Bernardo Núñez, en su defensa del Samán de la Trinidad o de Catuche, sostenía: “Consideramos algunos que la desaparición del Samán, metido ahora entre cuatro paredes, es un signo de progreso. Pero el progreso se halla más bien en conservarlo. El Samán es un lujo que no puede comprarse. Al revés de los edificios que se levantan de prisa, ha tardado doscientos años en ser lo que es. Sus ramas no solo cubren el pedazo de tierra que le ha dejado, sino una superficie mucha más ancha y la cual no puede medirse por metros cuadrados. Es una de las señales inconfundibles que podemos hallar dentro de la propia heredad. El asilo de cuantos han tenido hermosos sueños. Es lo primero que se encuentra bajo el Samán: el sueño de unos cuantos poetas. Este sueño, como el árbol, se ha nutrido de cielo y tierra nuestra. Cortar el árbol o dejarlo morir sería provocar la venganza de las sombras que allí han encontrado un refugio. Arrancaríamos muchas páginas de un libro de inmenso valor”.

Lo que nos dice el cronista por excelencia es que hasta un árbol, al cual no le damos importancia alguna, puede ser un verdadero manual de historia, un protagonista de muchos tiempos. Es llamado a la valoración de lo propio y a no sucumbir idiotizados ante modas extrañas, ante necesidades suntuarias. Es ver con ojo crítico las realidades de países vecinos, sin esconder nuestros propios males, que podremos abrir horizontes comprensivos, como primer paso. Con maleducados, criticones y hablachentos no se erige nada. Solo con ciudadanos. Tomemos palabras de Fruto Vivas, que vienen a refrendar lo dicho anteriormente: “Gracias a la ciudad nos conocemos, el acto más importante del ser humano: un amor social, la ciudad somos nosotros”.

___________

alexandertorresiriarte@gmail.com


Join the Conversation