Cultura y política en un mundo que cambia

Leonardo Ruiz Tirado

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En la misma medida en que desde algunas tribunas «neutrales» suele pedírsele a intelectuales y artistas, en la actual circunstancia mundial, desligarse de la política en aras de preservar «pureza y dignidad», ello resulta a todos luces más que imposible.

Decir poder político, sobre todo en las sociedades «desarrolladas», es decir, poder económico y militar. La cultura, en esas sociedades, es víctima de manipulaciones y desfiguraciones que imponen los ámbitos económico y militar. El modelo que, variando aquí o allá, sigue el industrializado «primer mundo», es el del desarrollo ventajista generado por una plutocracia trasnacional en cuyo orden, lo cultural y espiritual pertenecen al ámbito de lo ideológico que es como una especie de correlato no material del señorío económico y militar de las grandes empresas controladas por el imperio. En realidad, tal afirmación es una tautología: sabemos que el imperio no es más que el control que unas cuantas empresas, sumamente poderosas, ejercen sobre los países pobres o «en vías de desarrollo» a través de entes y mecanismos hegemónicos que van desde el Pentágono y la CIA, pasando por la ONU y los organismos financieros «multilaterales» (FMI, BM, BID…) hasta esa amplia variedad de ONG «culturales» que dicen salvaguardar los intereses de la humanidad.

Los países que en las últimas décadas han buscado caminos para construir modelos diferentes de organización, donde no sea el interés económico y militar lo que domine los ámbitos material y tecnológico (y, por consiguiente, cultural), tropiezan con el terror generado por el imperio y sus aliados para garantizar su poderío.

La «guerra total», reaccionario concepto acuñado por Ludendorff en las primeras décadas del siglo pasado para, contradiciendo las ideas del clásico Clausewitz sobre las motivaciones políticas de los conflictos internacionales, explicar las irracionales posiciones asumidas por algunos actores de la primera guerra mundial (explicaciones que asumiría poco después Hitler con los resultados que todos conocemos); la «guerra total», decíamos, contra las búsquedas alternativas, ha pasado hoy a ser el estado «normal» del imperialismo, sin importar cuáles sean las sociedades, los procesos y las culturas que planteen esas alternativas . Hoy, más que nunca, «guerra total» es sinónimo de aplastamiento, por todos los medios (invasiones, guerra sucia, satanización cultural, guerra mediática), no ya de un ejército enemigo, sino de cualquier pueblo y cualquier sociedad mayoritariamente identificados con un territorio, un sentido originario de pertenencia y, finalmente, con un proyecto político nacional que aspire afianzar esa identidad construyendo un modelo económico, político y cultural independiente.

La guerra se ha convertido en justificación del hambre imperial por el petróleo y los demás recursos naturales que algunas regiones del mundo poseen. Recientemente vimos cómo la guerra «preventiva», ha pretendido imponerse en el plano internacional cuando EEUU quiso incluir en la agenda de la OEA la «necesidad de monitorear a las deficientes democracias latinoamericanas», o cómo han manipulados a la Asamblea General de la decadente ONU con la clara intención de abortar nuevos procesos democráticos en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay y los inminentes avances socialistas y revolucionarios en otros países del mundo.

EEUU califica de «enemigos de la libertad» a quienes no entran en sus planes y no sirven a la creciente voracidad de sus intereses. Se refiere el imperio a esa «libertad» inventada para justificar sus desmanes bélicos, que hoy tienen clara expresión en la neoliberal globalización de despiadadas recetas económicas orientadas a estrangular o a aplicar la ley del embudo a los países pobres. La «lucha antiterrorista» que el imperio adelanta a escala mundial después de que los suicidas pulverizaron sus emblemáticos rascacielos en el mismísimo corazón de Nueva York, es un mero argumento para justificar esos desmanes contra cualquier proyecto nacionalista. Los actos terroristas en España e Inglaterra no son más que consecuencias del apoyo incondicional que casi toda Europa, hasta hace poco, brindaba a EEUU en el genocidio contra Irak.

Hoy ha quedado demostrado que EEUU es el principal fabricante de terror en todo el mundo a través de su «guerra total» (…). El simulacro «antiterrorista» se les ha revertido ante la opinión mundial y, lo que es más trágico para las comunidades civiles de esos Estados imperialistas, ante grupos terroristas y fundamentalistas que, en su mayoría, aparte de haber sido acicateados y entrenados por la CIA y el Pentágono, actúan en nombre de los pisoteados honor y dignidad humanos y religiosos del mundo árabe.

Si a ello agregamos las incitaciones, por parte de fanáticos ultraderechistas de «inspiración divina» y mafias empresariales racistas de gran alcance mediático que gobiernan a EEUU y pretenden manipular, dentro y fuera de ese país, a la opinión pública del mundo a través de medios impresos y audiovisuales serviles, la cosa realmente es para extremar posiciones con carácter de urgencia.

«Globalización» es el nombre que quiso el imperio dar a su falsa intención de competir con las más débiles economías del mundo, y es un concepto que pretende abarcar todos los ámbitos de la vida en el planeta. Hoy día podríamos reducir conceptualmente la globalización a las formas paranoicas como, en aras de la lucha antiterrorista, el imperialismo angloestadounidense busca procurarse el petróleo, las demás fuentes de energía y los recursos naturales que se hallan en bosques, mares, cuencas hidrográficas y en el subsuelo de cientos de países que, como Venezuela, luchan por su soberanía con un creciente grado de conciencia colectiva.

La globalización por sí misma no sería mala, pensada como mundialización de avances y desarrollos tecnológicos. Pero lo que realmente se ha globalizado no es el desarrollo, sino el antidesarrollo. No es la «sana competitividad» entre los países (lo cual es abiertamente imposible dado el grado de desigualdad de sus fuerzas productivas frente al poderío estadounidense o inglés), sino el desdibujamiento de las nacionalidades lo que en verdad ha perseguido el imperialismo con la imposición de modelos y proyectos económicos y militares (…).

Con el debilitamiento de las nacionalidades en lo económico, lógicamente ha sobrevenido la pretensión de aplastar las culturas originarias y la diversidad de sus expresiones, que buscan ser sustituidas por una «cultura global» que suprima las identidades regionales en todos los órdenes, desde lo alimentario hasta lo artístico, con el artero propósito de uniformizar la producción cultural y suprimir el pensamiento crítico en los países pobres. Y hay que reconocer que buena parte de la intelectualidad latinoamericana ha sucumbido frente a esas aberraciones: no pocos representantes de la «inteligencia» latinoamericana, de ser tan combativos en otros momentos, pasaron a ser complacientes con los planes y modelos del imperio. Unos cuantos intelectuales y artistas, por ejemplo, en Venezuela, que hoy vive un proceso de recomposición de su nacionalidad con el masivo proyecto político bolivariano, con gran descaro cerraron filas junto a los sectores retrógrados que rechazan y adversan al gobierno legítimo.

(….)

Uno de los principales instrumentos de la dominación imperial es el ideológico, y en este terreno se incluye lo cultural. Las culturas de muchas sociedades del llamado tercer mundo, que son las sociedades que el imperio ha contribuido a mantener en el subdesarrollo como productores de materias primas para sus industrias, siempre reprodujeron, claro que muy precariamente, el modelo ideológico imperial. No obstante, y con enormes dificultades, estas sociedades han podido ir creando sus procesos contraculturales masivos, que encarnan una verdadera resistencia frente a la dominación.

La contracultura es y ha sido, antes incluso del triunfo político de la Revolución Bolivariana, un antídoto eficaz contra esa domesticación de nuestra intelectualidad agudizada, hacia los 70 del siglo pasado, con el aberrante repliegue de escritores, artistas e intelectuales frente al proceso de descomposición que vivía el movimiento popular, con la consiguiente ausencia de auténticos liderazgos que impulsaran sus luchas. Era la época de la ilusión de bonanza que el alza momentánea de los precios del petróleo irradió sobre la sociedad y que, al deshacerse primero con el fracaso del populismo y luego con las despiadadas recetas del FMI, patentizó la crisis estructural que condujo al Caracazo (que a decir verdad fue el Venezolanazo), a las rebeliones militares de 1992, y luego, desde fines de esa misma década, a los sucesivos triunfos electorales, al proceso constituyente, y al afianzamiento actual del proceso de transformaciones que hoy vive el país es todos los órdenes. Y una de las características de ese proceso, es el surgimiento del espíritu de resistencia en cada vez más vastos sectores de nuestra sociedad.
(…)

Contra la «normalización» de la «guerra total» que el imperio emprendió para desbaratar cuanto les huela mal en cualquier rincón del planeta; contra la «normalización» de una oposición que dentro y fuera del país, le hace la «guerra total» a todo aquello que huela a pueblo, Venezuela resiste.

El asunto no es soplar y hacer botellas. La creciente conciencia ciudadana y el deseo de participación de los secularmente excluidos, constituyen la plataforma de la esperanza. Venezuela vive una hora estelar. La cultura venezolana vive también una hora estelar. Es conveniente esperar que la dirigencia política transigirá más abriéndose a un cambio cultural y espiritual indispensable para que, de la resistencia pasemos a la consolidación efectiva de una nación que ya es una referencia democrática mundial, a contracorriente de infernales campañas internas y trasnacionales que dicen los contrario.