El cumplesiglo de inmortalidad de Emiliano Zapata

Clodovaldo Hernández

Ocurrió hace exactamente cien años, en abril de 1919. Fingieron que le iban a rendir honores militares y lo que hicieron fue fusilarlo. Ese día, Emiliano Zapata se hizo leyenda. Más leyenda de lo que ya era. El pueblo que lo respaldaba, entonces, -y que siguió haciéndolo mucho tiempo después- se negó a aceptar que había muerto. Se tejió toda una trama acerca de un clon enviado al sacrificio.

Quienes lo asesinaron sabían que existía el riesgo de que la gente no creyera en su muerte. Por eso, tomaron las previsiones para fotografiar y filmar el cuerpo tiroteado, algo que no se estilaba en esa época. Querían tener una prueba irrefutable de que lo habían borrado del mapa, pero es obvio que eso solo había ocurrido en el plano físico. El gran líder mexicano dio el paso a la inmortalidad. Un siglo después, sigue siendo una referencia para los pobres de la tierra.

A la edad de 13 años, Zapata había perdido a sus dos padres, pequeños propietarios de la localidad de Anenecuilco (Morelos). Un puñado de tierras y de ganado quedó en sus manos y en las de su hermano Eufemio.

Emiliano, con grandes dotes para domar y criar caballos, habría podido ser un lugareño más de esa región. Pero México estaba a punto de explotar. La política agraria de la dictadura de Porfirio Díaz era la más voraz terrofagia: los hacendados y las empresas extranjeras se habían ido apoderando de cuanto terreno fértil estuviera delante de sus ojos, incluyendo espacios propiedad del Estado u ocupados por pequeños productores o indígenas.

Era tan intenso el empeño de adueñarse de todo, que para 1910 se estimaba que 9 de cada 10 campesinos carecía de tierra o estaba arrinconado en zonas improductivas, mientras que un grupo que no pasaba de los mil latifundistas dominaban el negocio agrario, de tal forma que eran los patronos de tres millones de peones. Empezaron a producirse ocupaciones de haciendas, brotes de violencia y respuestas represivas de las autoridades en diversas regiones. En Anenecuilco se produjo uno de estos movimientos, y el muy joven Emiliano estuvo entre sus líderes.

Las tremendas tensiones terminaron por hacer detonar la Revolución Mexicana, a la que Zapata solo se sumó formalmente un tiempo después, pues desconfiaba de las verdaderas intenciones de los líderes nacionales.

En verdad, nunca estuvo plenamente convencido de la solidez revolucionaria de los compañeros de lucha, y los hechos le dieron la razón, incluso con el episodio de su muerte.

Este crimen histórico ocurrió en su natal Morelos, el estado donde intentó implantar los principios de justicia social que seguían en mora, a pesar de que ya la Revolución había llegado al poder nacional.

Hay que estudiar un poco de historia para entender el asunto. Zapata, una vez superadas las primeras dudas, pasó a ser una figura de la Revolución Mexicana en su modo armado. Ese gran movimiento nacional, que se alzó contra las perpetuas reelecciones de Díaz, logró imponerse con el respaldo de los sin tierra, que eran millones en todo México, pero muchos de los nuevos líderes se conformaron con tumbar al dictador y se dedicaron a montar sus propias estructuras de poder y a ignorar las demandas históricas de los campesinos.

Francisco Madero fue uno de esos olvidadizos, y, por tener tan limitada memoria, perdió pronto el poder y hasta la vida. Un favorito de EEUU (¿a alguien le suena esta figura?), Victoriano Huerta, lo derrocó y lo hizo fusilar. Pero él tampoco se sostuvo demasiado. Venustiano Carranza, que era un revolucionario del ala moderada, se alió con los de la línea dura (Pancho Villa y Zapata, entre otros) para tomar el mando. La popularidad de los duros era tal, que dejaron a Carranza en un segundo plano. Pero como nunca ha sido lo mismo andar alzado en armas que dirigir un Estado, surgieron rivalidades entre los dos comandantes y dificultades para gobernar, tras lo cual Carranza volvió por sus fueros.

Zapata optó por replegarse a Morelos e intentar allí la revolución agraria que los moderados habían traicionado a escala nacional. En tanto, Carranza y Villa se disputaban el gobierno, más por sus propias apetencias de poder que por diferencias en enfoques ideológicos. Carranza se impuso a Villa y quiso ir también contra Zapata, quien no solo era el único que podía disputarle la hegemonía, sino un formidable adversario político, empeñado en enarbolar las banderas revolucionarias originales, especialmente la de la equitativa distribución de la tierra.

El asedio contra Morelos fue prolongado. El Gobierno Federal no podía permitir que esa entidad, demasiado autónoma y, sobre todo, demasiado revolucionaria, estuviese allí enclavada en medio del país, en el flanco sur del estado de México, a tiro de la capital. Como quiera que fracasaron las acciones militares corrientes destinadas a liberar la provincia rebelde, Carranza fraguó planes para matar a Zapata. El que terminó por ejecutarse fue llevado a cabo por un alto oficial, que simuló que se uniría al zapatismo y convocó al líder a una hacienda. El encuentro estuvo rodeado de dudas, pero Zapata decidió acudir. Los falsos disidentes montaron el número de los honores al gran caudillo, pero cuando lo tuvieron en la mira, lo acribillaron, junto a su ayudante.

Eliminado Zapata, los falsos revolucionarios tuvieron libre el camino para seguir adelante con una política parecida a la que había desarrollado el Porfiriato, aunque ahora bajo el lema de una supuesta revolución: una clase terrateniente perpetuada en el poder y el campesinado muriendo de mengua.

El zapatismo, en tanto, siempre luchó contra esa insoportable iniquidad. En eso siguen los herederos del gran guerrero, un siglo después de su vil asesinato.
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Un ícono del arte mexicano

Emiliano Zapata, a quien se conoce como “el Caudillo del Sur”, no solo es un hito de la historia del agrarismo mexicano y de las luchas universales contra el latifundismo. También ha pasado a ser un ícono del arte de México.

Los bigotes, el sombrero, el arma larga empuñada y la ristra de municiones cruzándole el pecho son los rasgos fundamentales de Zapata, en las fotografías que aparecen en sus reseñas biográficas y en las representaciones que de él se han hecho.

Con tan marcadas características, no es sorprendente que haya sido un personaje cinematográfico asumido por actores como Marlon Brando (¡Viva Zapata!, 1952), Antonio Aguilar (Emiliano Zapata, 1970 y Zapata en Chinameca, 1987) y Alejandro Fernández (Zapata, el sueño de un héroe, 2004).

“Emiliano Zapata es una figura que no se desgasta, porque es el depositario del principio de esperanza, y significa para todos la posibilidad de cambiar”, dijo Sofía Neri, curadora especializada en el tema. “Zapata es uno de los personajes históricos que se ha convertido en un ícono de los movimientos sociales y de la historia del arte mexicano”.

En un país con un riquísimo talento en las artes plásticas, se estima que Zapata es el personaje más representado por todo tipo de cultores: desde los grandes muralistas hasta los pintores populares y los más vanguardistas. Nadie puede dudar que, también en el arte, este hombre es inmortal.


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