Desamor en el campus de la UCV

Diversos problemas como la falta de mantenimiento, la inseguridad y las mafias reinan en la Ciudad Universitaria de Caracas

Oasis académico dentro de una ciudad que no se detiene, sueño de los futuros bachilleres y la llamada población flotante, alma máter de muchos y testigo fiel de la genialidad de Carlos Raúl Villanueva. Estos son algunos calificativos atribuibles a la Ciudad Universitaria de Caracas (CUC), sede principal de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Recorrer sus frescos pasillos, que interconectan las facultades, en un plano de 1,64 kilometros cuadrados, es una tarea ardua para los pies pero placentera a la vista, que se recrea en un campus de verdor, arte y arquitectura, pero que también se alarma ante la evidencia de una problemática de la que poco se habla.

Un panorama desolado, salones vacíos, escuelas silenciosas y algún incansable estudiante que reposa al lado de un perro se aprecian en un recorrido que hicimos de la manera más discreta posible, para conocer más de cerca qué pasa en la casa de estudio más importante del país.

Al llegar a los alrededores de la Plaza Cubierta había una palabra que se repetía entre los pocos que estaban como un eco en los pasillos: “¡Paro!” La universidad convocó a paro, pero a pesar de que aún no estaba oficializado, el funcionamiento general no llegaba ni a media máquina. Para acudir a fuentes que nos proporcionasen alguna información de lo que está pasando, consultamos varios departamentos administrativos, aunque solo conseguimos puertas cerradas y personal ausente en horas de trabajo.

Desistimos de la idea de tocar puertas y volvimos al trabajo de campo. Las obras de arte iban quedando al descubierto a medida que hacíamos el recorrido. El famoso Pastor de nubes, el vitral de la biblioteca, la Torre del reloj, los murales de Manaure y las esculturas de Narváez fueron hechas para durar y han sabido resistir el paso de los años, la intemperie y el vandalismo.

No todo el personal brillaba por su ausencia. En constante movimiento siempre se vieron los muchos vigilantes, que al ver que rondamos las obras de arte e hicimos algunas fotos, activaron una especie de código rojo interno, traducible como “preguntones al acecho”.

Ante la carencia de “voceros oficiales” acudimos a una fuente testigo, un amable señor de mantenimiento que barría las hojas secas acumuladas en los estacionamientos y que para no comprometerlo, no revelaremos su nombre. “Yo trabajo aquí hace siete años, y aunque nunca he visto a nadie a veces a las obras las rayan, y cuando empieza a ponerse oscuro esto es peligroso. Al Instituto de Medicina Tropical le destrozaron la puerta y se robaron todo, y en el Clínico atracan a las personas”, expresó.

Entre pasillos se avistan pocos estudiantes, que se sientan a su propio riesgo.

La facultad de Arquitectura, a la que posiblemente Villanueva le puso un toque especial, no se pierde entre la maleza que le rodea. De todas las visitadas, fue la facultad con más movimiento. La mesa de ping pong y la de futbolito de mesa que hay al entrar acumulan estudiantes, pero entre pasillos y mesas de dibujos, futuros arquitectos maquetean los sueños que pasarán del cartón dos en kilo al concreto armado. La pasión no se une al paro.

La Facultad de Arquitectura es una de las más activas.
ALBERT CAÑAS/CIUDAD CCS
FOTOS BERNARDO SUÁREZ

 


Únase a la conversación