Don Juan y compañía

Luis Britto García

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1. Don Juan ha sido siempre superior a sus creadores. Sentimos que Cervantes no es inferior al Quijote ni Dostoievski a Raskólnikov: algo inconcluso hay en cada nuevo Don Juan que la imaginación concita. Así como Don Juan enamora y desecha mujeres, también seduce y abandona autores, dejándoles de recuerdo la que es casi siempre su obra más memorable. A pesar de su ejemplarizante muerte, Don Juan es inmortal. Abigarran la imaginación del mundo los calaveras de las leyendas medievales, el de Tirso, el de Moliére, el de Byron, el de Zorrilla, el de Kierkegaard, el de Bernard Shaw, el de Ramón del Valle Inclán, el de Enrique Jardiel Poncela, heraldos de un cortejo que no se extinguirá con los siglos.

2. A pesar de su génesis medioeval, varios arquetipos españoles comparten el espíritu del Renacimiento y del Siglo de Oro: la Celestina, el Pícaro, el Don Juan se hermanan con el Príncipe de Nicolás Maquiavelo en una visión nihilista del mundo sin más brújula que el resultado. El Príncipe impera en un mundo donde ética, religión, veracidad son meros adornos para encubrir la comisión de inconfesables infamias en la persecución de la meta única del Poder. El Príncipe es soberano, vale decir, está por encima de todos y de todo. Hay una asimétrica relación de estos arquetipos con el Poder: el Príncipe ya lo tiene, y sólo debe mantenerlo o acrecentarlo. Celestina, el Pícaro y el Don Juan no lo tienen, y deben perseguirlo mediante el mismo juego de las apariencias. El Príncipe es el ideal secreto de todas las codicias, por cuanto el Poder le permite disponer de todas las mujeres, las riquezas, las subordinaciones que desee. El Príncipe logra y mantiene el Poder con la seducción, el engaño, la intriga. Es el ápice de la pirámide del ideal de la modernidad; el Pícaro, el Don Juan, la Celestina, sus aprendices o necesarios escalones.

3. Príncipe, Pícaro, Don Juan y Celestina están sujetos al juego de las apariencias. Al igual que la pintura y la literatura manieristas, viven de confundir o intercambiar ficciones por realidades, hechos por representaciones. Son espejismos. Celestina vende Calixto a Melibea y Melibea a Calixto exagerando dones, virtudes, encantos, apasionamientos. El uno no se enamora de la otra sino de la imagen que de ella le proponen, y viceversa. La traficante de simulacros, por su parte, está liberada del juego de las apariencias por las únicas verdades de la vejez y la inminente muerte. Libre de toda ilusión salvo la de vivir un día más, para nada.

4. Don Juan es hechura y artífice de apariencias. A menudo conquista a sus amadas haciéndose pasar por el prometido que los padres de éstas les destinan. A veces las posee en las sombras, fingiendo ser el marido o el novio verdaderos. Casi siempre seduce atribuyéndose riquezas, nombres, rangos superiores a los que detenta. En todos los casos finge el atributo que lo hace más deseable: la incondicional pasión que funciona como promesa de esclavitud conyugal y doméstica. Con razón se dicen engañadas todas las de su lista: cohabitaron con su propia ilusión, con una mentira en la que colaboraron ellas mismas. Justificadamente Tirso de Molina lo llama Burlador en vez de Amante. Al igual que el torero, agita ante su víctima el trapo de la pasión para conducirla fríamente a la espada del diestro. Clavada ésta, la bestia está a todos los efectos muerta. La atracción de la dificultad se ha disipado. En el Diario de un seductor, de Kierkegaard, el tentador abandona a su presa después del acto que la convierte en seducida.

5. Mientras Don Juan infringe el orden de la reserva familiar de la sexualidad de los sujetos, el Pícaro viola el de la propiedad sobre los objetos. La trampa del Pícaro, como la de Don Juan, consiste en exagerar sus atributos para prometer una prestación que no puede o no quiere cumplir. Sucesivamente se traviste Don Pablos de hidalgo, letrado, arbitrista o escritor de comedias. Tras obtener el botín, como Don Juan, escapa. Como el Príncipe, como la Celestina, como Don Juan, vive el Pícaro en un mundo sin ley, donde todos fingen y sólo se sobrevive fingiendo. La cuestión atroz que plantea Quevedo es la de que, si Don Pablos engaña, quizá también los rangos y distinciones a los que se afilia fingiéndolos sean también engañifas, legitimadas apenas por la servil costumbre. Todos los protagonistas de la picaresca, desde Lázaro a Garduña de Sevilla, siguen de principio a fin conscientes de su fraude. El Pícaro engaña a todos, salvo a sí mismo.

7. Celestina, Don Pablos, Don Juan son desclasados de la sociedad de castas. En las sociedades tradicionales, la familia resuelve la subsistencia y la sexualidad, asigna la tarea productiva, escoge la pareja y contrata el matrimonio. En una sociedad en trance de desintegración, donde aumenta el número de excluidos, estos deben proveer por sí mismos su producción y su reproducción. Así Don Juan persigue sus hembras como un predador en campo abierto y El Pícaro resuelve sus estafas cotidianamente y por sí mismo, como el cazador furtivo. La Celestina es agente del joven Calixto y no de la familia de Calixto: el que los enamorados quieran unirse sin el consenso de las parentelas precipita la tragedia.

8. El Reino de la Necesidad convierte en escasos el pan y el sexo para que su precio sea la esclavitud. El Pícaro y Don Juan frustran estos controles mediante artimañas. En mi pieza El tirano Aguirre o la conquista de El Dorado hago que los personajes de Don Juan, Sancho, Don Pablos sean desprovistos de sentido por una utopía donde sexo, alimentos y oro son infinitamente accesibles. Nuestra carencia es nuestro ser, dice uno de ellos. El mismo dueño de la muerte, el Tirano aspirante a Príncipe, pierde la razón de vivir en ese mundo donde cada quien obedece sólo a sí mismo y siempre habrá quien se someta voluntariamente a la muerte, hastiado de una existencia demasiado larga.

9. El único que no es descastado en esta danza de marginales es el Príncipe; nace del poder o por lo menos en su periferia, pero su función es la de mantener fijos los casilleros de la propiedad y la familia para todos excepto para sí. Es el único libre de sus reglas, porque peca para defenderlas. A la vez es prisionero de ellas: en su vida pública, el Príncipe ha de fingir que acata las mismas normas que vulnera. Dice Maquiavelo que el Príncipe debe, en público, ser la religión y la moral encarnadas, porque la mayoría de los hombres pueden ver, pero no tocar. De la misma manera que la mayoría de las hembras sólo ven en Don Juan el artificio de la seducción y en Don Pablos el de la oferta.

10. Generoso en descendencia, Don Juan multiplica las máscaras. Nostalgia donjuanesca hay en ese senil Fausto que para seducir una doncella en lugar de desafiar a Dios alquila el celestinaje de Mefisto y va libando empresas quiméricas como si fueran doncellas. En otro sitio he señalado que Pedro Páramo es Don Juan, por su atropellada cacería de hembras, su utilización de mujeres y hombres sólo para desecharlos, su alternativo empleo del engaño y la brutalidad para convertirlos en espectros, su resignada aceptación de un infierno que consiste en la compañía de los fantasmas de sus víctimas. Pedro Páramo es asimismo el Príncipe: con un poco más de ambición, hubiera protagonizado la verdadera gran novela del dictador latinoamericano.

11. Allá van todos y cada uno de ellos, intentando ser alguien mediante la negación de los demás. En esta tarea van sustituyendo relaciones por procedimientos. Don Juan, Don Pablos, Príncipe y Celestina no admiten redención. Allá va derechito al infierno el Burlador de Sevilla; de nada le vale a Don Pablos irse a América, pues no mejora quien cambia de lugar y no de vida; César Borgia expira en una agreste encerrona; Celestina encerrada en su desengaño no puede ni siquiera engañarse.

12. Era el marqués de Bradomín feo, católico y sentimental. Don Juan es el nihilista que cree en Dios. Los nihilistas lo son porque no creen en nada, y si Dios no existe, todo está permitido. En ese vacío se mueven el príncipe Stavroguin, el marqués de Sade y el conde de Lautréamont, más aficionados a coleccionar horrores que mujeres. Don Juan es el nihilismo del nihilismo, una categoría superior a través de la cual se constituye el sujeto de la modernidad. Lo más notable en los Don Juanes de Tirso de Molina, de Moliére y de Della Ponte no es su afanosa colección de pubis, sino la soberbia con la cual se niegan a arrepentirse ante un Creador omnipotente que se les manifiesta como estatua del Comendador y los amenaza con el inextinguible fuego eterno. Satán mismo no se proponía pecado tan audaz: no pretendía despreciar a Dios, sino suplantarlo. Ni por un instante duda Don Juan que su destino es el infierno. Lo prefiere al purgatorio de los otros, convertidos en borregos o en castos por la amenaza de unos tizones ardientes. Para extremar su nihilismo, debe Don Juan creer en lo que niega. El Príncipe y la Celestina no: el uno sólo confía en disimular sus atrocidades con la piedad externa, la otra en no falsificar su desilusionada imagen del mundo. La vejez de Don Juan es triste, dice Stendhal, pero la mayoría de los hombres viven poco.


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