Edgar Allan Poe en el siglo XXI

Por: Gabriel Jiménez Emán

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Una existencia vertiginosa

Deben haber corrido ríos de tinta tratando de desentrañar la obra de Edgar Allan Poe, un escritor por muchas razones considerado fundador de un tipo de ficciones, ensayos y poemas que le granjearon un lugar muy destacado en la literatura de cualquier tiempo. No resulta sencillo justificar estas razones, aunque éstas sean harto conocidas. Sin embargo, habría que intentarlo de un modo muy sumario.

Poe nació en Boston, Estados Unidos, a comienzos del siglo diecinueve (1809) y vivió sólo cuarenta años (1849) de una existencia poblada de incidencias fuertes, agobiantes, que le llevaron a definir una serie de fenómenos estéticos y vitales configuradores de su modo de concebir el mundo. Los datos más conocidos de su vida se inician con la muerte de su madre cuando sólo era un niño de tres años, (fue hijo de dos actores ambulantes, David Poe y Elizabeth Arnold, que no tenían cómo mantenerlo; murieron ambos casi al mismo tiempo, dejando en el abandono a tres hijos de corta edad) y el posterior abandono de su padre, por lo cual debe ser confiada su crianza al señor John Allan, acomodado comerciante de Richmond, Virginia, y de su esposa Frances Allan, madre adoptiva, quien también fallece estando él pequeño. De John tomó su primer apellido, y mantuvo con él una tensa y conflictiva relación. El joven Edgar viajó con sus tutores entre 1816 y 1820 a Escocia y Londres, donde su padrastro iba a hacer negocios, y allá estudió en colegios ingleses donde eran importantes los deportes y la rudeza física. Por eso, el aspecto de Poe nada tiene que ver con el de un endeble poeta ebrio; era un hombre no muy alto pero atlético, fuerte, de cuerpo proporcionado. Le gustaba practicar el box y es famoso el episodio donde nadó seis millas por la corriente de un río. Tenía una faz noble de ojos penetrantes, tristes y negrísimos, y una amplia frente.

La cultura inicial de Poe proviene primero de su infancia, donde tiene contacto con el folklore sureño; es tratado por nodrizas negras y criados esclavos, en una niñez poblada de aparecidos, relatos sobre cementerios y cadáveres deambulando en selvas. Por otro lado, está el contacto durante su adolescencia con la lectura de revistas trimestrales escocesas e inglesas repletas de historias populares. Con su nodriza negra, de seguro, asimiló los ritmos de la gente de color que le prodigan fuerza a sus versos; luego, la presencia del mar y los capitanes de navío con quienes trataba su padrastro en los negocios de ultramar, que narraban historias marineras, han debido impresionarlo.

Luego John Allan lo envía a estudiar a la Universidad de Virginia, pero el joven Edgar presenta tendencias constantes a la bebida y al juego que le impiden cumplir cabalmente sus estudios, razón por la cual el padrastro le retira su apoyo económico.

Después de esto, intenta el ingreso a la academia militar de West Point, a donde se acostumbra menos, imposibilitado de adaptarse a la disciplina militar. Comienza entonces a leer mucho y a escribir poemas, artículos y relatos donde muestra sus tempranas dotes. Aprovecha y cultiva estas aptitudes y marcha a la ciudad de Baltimore, donde comienza a trabajar como crítico literario en diversos periódicos de la época. De ahí en adelante, éste será su principal oficio y su modo de mantenerse, junto al de editor y director de revistas (Southern Literary Messenger); y ello hay que tenerlo muy en cuenta en el momento de valorar una existencia transcurrida entre la precariedad material, una ardiente imaginación y una vocación indeclinable por la literatura, hasta sus últimos días.

Antes de cumplir los treinta casó con su prima Virginia Clemm, (había tenido dos novias en su época de adolescente, Helen y Elmira) con la que estuvo unido por once años, al morir ésta de tuberculosis, hecho que le sume en una depresión nerviosa. Aunque ya había publicado en 1840 sus Cuentos de lo grotesco y arabesco, su verdadero reconocimiento como escritor se inicia con la publicación del relato «El escarabajo de oro» en 1843, texto donde se advierten sus facultades: claro dominio de un estilo propio, capacidad deductiva, amplia cultura científica y filosófica, y una imaginación febril heredada de la tradición gótica inglesa del siglo XVIII, remozada con peculiares toques de elementos nuevos, que se mueven entre la alteridad de los personajes y su mundo psíquico, así como en los territorios de lo poético y lo tétrico (los cuales forman parte de su concepción sobre el arte del grotesco), de ahí que se le tenga como a un maestro del cuento de terror y de la novela policial (el análisis de pistas y datos que permiten dar con el culpable de determinado asesinato, aparecen por vez primera en Los crímenes de la calle Morgue), al tiempo de considerársele un poeta romántico y una suerte de decadentista, precursor de la ciencia ficción (por el uso de elementos de razonamiento científico en el diseño de mundos utópicos) y del llamado espíritu moderno, al establecer el choque de un mundo espiritual e independiente con el de la incomprensión materialista de la sociedad masiva utilitaria, consecuencia del mundo industrial capitalista. Esta condición de avanzada es reconocida en Europa por el mismísimo Charles Baudelaire, quien llevó a cabo la versión íntegra de sus obras al idioma francés y escribió para ellas un prólogo revelador, que lo coloca de inmediato en la cúspide de la literatura europea. Baudelaire y Rubén Darío coinciden en el contexto fundamentalmente materialista y pragmático, casi insensible, donde se desenvuelve la vida de Poe, en unos Estados Unidos «ciclópea, monstruosa, tormentosa, irresistible capital del cheque», como la llama Darío, que no puede ser propicia a un alma delicada y refinada como la de Poe.

Mientras, Baudelaire nos dice que los Estados Unidos son «un país gigantesco e infantil, naturalmente celoso del viejo continente. Satisfecho de su crecimiento material, anormal y casi monstruoso, este recién llegado a la historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desventurados entre nosotros, de que terminará por devorar al Diablo».

Por su parte, nuestro Ludovico Silva nos dice que «Tal vez sea Edgar Allan Poe -y la elección no es arbitraria- la primera víctima de la revolución industrial, y el primer representante genuino de la contracultura. Defino a la contracultura, provisionalmente, como el modo específico de ser cultural de la sociedad capitalista, y se caracteriza por su oposición implacable a los valores de cambio en que se basa esta sociedad». Otro escritor notable de América Latina, el argentino Julio Cortázar, se propuso traducir la obra completa -excepto la poética- de Poe al castellano, acompañada de sendos estudios críticos, logrando versiones difíciles de superar. Éste se ha pronunciado en otro sentido cuando nos dice: «El cuervo conmovió los círculos literarios y todas las capas sociales, hasta un punto que actualmente resulta difícil imaginar. La misteriosa magia del poema, su oscuro llamado, el nombre del autor, satánicamente aureolado con una «leyenda negra» se confabularon para hacer de El cuervo la imagen misma del romanticismo en Norteamérica, y una de las instancias más memorables de la poesía de todos los tiempos».

Al mismo tiempo, Poe es deudor de poetas románticos ingleses como Byron, Coleridge, Moore, Keats o Shelley, y de seguro fue muy influido también por los cuentos fantásticos del alemán E. T. Hoffman. En 1845 salen publicados finalmente sus Cuentos (Tales), así como el importante volumen poético El cuervo y otros poemas.

Vida fundida a la obra

No debemos separar los rasgos antes señalados con los de la personalidad de Poe, de su alcoholismo compulsivo, del uso que hizo de drogas como el opio y el láudano, de su deambular por tabernas sórdidas, debido a lo cual su salud se debilitó; ello, sumado a la muerte de su esposa y a las continuas deudas contraídas por su afición al juego, le llevaron a encontrar la prematura muerte en medio de un delirium tremens en un suburbio de Baltimore. Poe es sobre todo poeta, y como tal asumió todo lo que hizo y deshizo; como un poeta se plantó ante el mundo y escribió sus sonoros versos, sus ambiciosos ensayos estéticos, sus cuentos tormentosos y su novela inconclusa sobre un navío perdido en océanos lóbregos.

Citemos apenas algunos poemas suyos como «El Cuervo», «Ulalume», «Annabel Lee», «El Coliseo», «La durmiente», «El palacio encantado» o «Un sueño dentro de un sueño», que terminaron por consolidar aún más su fama, y requerirían de una consideración aparte; en sus ensayos críticos revela una aguda capacidad de observación (sentido histórico, contexto de época, revisión formal exigente, intuición prodigiosa, método comparativo, juicios éticos oportunos, etc.) entre los que destacan «Filosofía de la composición», «El principio poético, los fragmentos aforísticos denominados Marginalia», pero sobre todo «Eureka», ensayo cosmológico donde revisa las leyes del retorno, la gravitación, el universo limitado, las partículas cósmicas, las propiedades de atracción y repulsión de la mente humana.

También son muy importantes sus ensayos sobre Longfellow, Hawthorne y Dickens. Muchos críticos, entre ellos Edmund Wilson, le consideran mejor ensayista literario que narrador o poeta. Citemos finalmente su inconclusa novela Narración de Arthur Gordon Pym, que da cuenta de un naufragio en una embarcación perdida en la soledad de los mares glaciales. En lo tocante a la relación que se ha querido establecer de su obra con la ciencia ficción, se mencionan sus relatos «La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall», «Revelación mesmérica» y «Balloon Hoax». En cuanto a la referencia que suele hacerse de Poe como precursor de la ciencia ficción, nuestro escritor pone al personaje Hans Pfaall en un viaje en globo desde tierra firme a la luna en unas condiciones francamente inverosímiles, incluyendo en el viaje a un parto de gatos. Los datos científicos que suministra no encuentran justificación. En cambio, sus deducciones tienen todo el atractivo de sus especulaciones poéticas. No será sino hasta Julio Verne en su novela De la tierra a la luna (1865) donde se justifiquen tales datos, lo cual convierte al texto de Poe, frente a éste, en no poco menos que una descabellada e infantil aventura por el aire, aunque con los aciertos literarios del caso.

Reseñas de algunos de sus cuentos

Es arduo discernir cuál puede ser el más representativo de sus cuentos en tal o cual tendencia, y pueden ir desde el más sutil logro poético hasta la más inconsistente truculencia. Lo cierto es que en ellos están subrayados los elementos definidores de su estética literaria: las atmósferas góticas trabajadas al amparo del horror, el carácter fantasmal de muchos de sus personajes y la articulación del yo-narrador a la trama del relato, no tanto como el relator omnisciente, sino como narrador testigo. En el caso de «La caída de la casa Usher» tenemos que el dueño de esa mansión, Roderick Usher, teme más al peligro que al terror, pues en sí mismo encarna el terror, huye del fantasma del miedo y se encuentra atado a las supersticiones de su propia mansión, rozando la locura, cuando se duele de la muerte de su hermana lady Madeline. El narrador testigo comparte mesa y actividades con Roderick Usher mientras éste pinta, toca la guitarra, oye valses y comparte secretos con él, entre ellos el de la desaparición y sepultura de su hermana, hasta la ruina moral y física de los personajes y la casa.

En «El barril de amontillado» el viaje es a través de la galería de una bodega de vinos, un recorrido por unas catacumbas de mostos amontillados, los personajes se van internando por esos sótanos entre la embriaguez y la muerte. En «El entierro prematuro», Poe aborda uno de sus temas predilectos: el límite estremecedor entre lo que podríamos llamar una muerte en vida y una vida penetrada de muerte. En «Leonora», «Berenice», «Ligeia» y «La caja oblonga» se ha dicho que Poe prefiere a sus mujeres puestas en un ataúd; opta por enviarlas al cielo o al otro mundo para así idealizarlas, no sin antes inyectarles una buena dosis de necrofilia.

No voy a describir la trama o atmósfera de estos relatos; me limitaré a reseñar algunos rasgos. En «Berenice» el terror es directo y descriptivo; por ejemplo, los dientes de Berenice son una imagen central de la vida habitando la muerte, su enfermedad convierte al amor en horror, un horror sin sorpresas concentrado en un solo personaje donde no faltan ensoñaciones de todo tipo, pues lo destacable aquí es la belleza de lo grotesco, fundamentada en la fealdad. Mientras, en «La caja oblonga» el suspenso está más logrado y hay menos descripciones. La imagen principal es la risa histérica de la señora Wyatt, su rostro hostigante. Se trata de otro hombre enamorado de un cadáver, un amor obsesivo hasta el suicidio. En «Eleonora» la cuestión va por otro lado. Se contrasta aquí el paraíso -el edén, («El Valle de la Hierba Irisada» lo llama)- con la realidad terrena a través de una enfermedad del pensamiento (se percibe la analogía de la relación con su prima Virginia); es el que prefiero de estos cuentos sobre mujeres de Poe (recordemos que en el poema «El cuervo» se llora la muerte de Leonora), por su belleza poética intrínseca y la descripción extraordinaria que hace del paraíso terrenal en pro del amor obsesivo, promisor de felicidad eterna. Por supuesto, el paraíso se esfuma otra vez al final, pero triunfa la felicidad.

Pero de todas las mujeres idealizadas de Poe, la que posee más rasgos de musa es Ligeia. En sucesivos párrafos el poeta describe sus ojos, su nariz, su boca, su voz. La estirpe remota de Ligeia, su voz profunda y musical, su perfecto rostro, sus grandes ojos que hablaban por sí solos se aliaban a su sabiduría, a su meditada lectura de libros y a la ejecución de instrumentos musicales, su conocimiento de las lenguas clásicas, sus juicios cabales. Pero el acecho de la muerte no podía faltar. Por supuesto, se trata de la esposa de quien narra la historia. La medianoche que precedió a su muerte, Ligeia llama a su marido para confiarle unos versos extraordinarios. Fallece. El esposo se muda de Alemania (vive a orillas del Rin) a una abadía de Inglaterra, donde realiza el descubrimiento de una extraña recámara, y comete el error de volverse a casar, esta vez con Lady Rowena. Poe procede a convertir, en la segunda parte del relato, a aquello que ha sido hermoso, en una verdadera pesadilla. No se resiste nuestro escritor a transfigurar la atmósfera de la nueva vivienda para enrarecerla hasta el paroxismo. Rowena también muere y por supuesto los recuerdos de Ligeia se asocian a ésta hasta alcanzar el conocido estado de muerte-vida donde Poe suele conducir a sus mujeres. Personalmente, me parece un final predecible, esquemático. Poe dañó este cuento agregándole elementos macabros innecesarios, referidos a la reencarnación.

No es ocioso decir aquí que en sus poemas o cuentos pueden aparecer muchas veces los nombres de esas mismas mujeres, llámense Leonora, Elena, Annie, Annabel Lee, Isadora, Ulalume, Helen, Elisabeth, Ligeia, Eulalia, Berenice, Morella: todas son acaso una sola mujer transfigurada, multiplicada, con rasgos cambiantes, pero en el fondo una sola que puede ser hermana, madre, amante, esposa, sabia, erudita; en lo profundo se encuentran dominadas por algún mal o enfermedad. Asimismo, habría que acatar la observación de Baudelaire donde nos dice que en los relatos de Poe nunca hay amor, mientras sus poemas están impregnados fuertemente de este sentimiento. Y otra, donde el gran poeta francés anota que «a pesar de su prodigioso talento por lo grotesco y lo horrible, no hay en toda su obra ni un solo pasaje que tenga que ver con la lubricidad, ni siquiera con los goces sensuales». Y para aprovechar la mención de este otro gran genio literario de lo maldito, lo popular y lo trágico que fue Baudelaire, éste ha dicho que Poe es el escritor de los nervios, que desarrolla sus historias al amparo de una «imperceptible desviación del intelecto y en una hipótesis audaz, en una dosis imprudente de la Naturaleza en la amalgama de sus facultades.(…) describe, de esa manera minuciosa y científica cuyos efectos son terribles, todo lo imaginario que flota en torno al hombre nervioso y le conduce a la perdición».

En «La carta robada» no hay nada de miedo u horror; en este caso se trata sólo de la inteligencia deductiva de Dupin, el detective creado por Poe, cuando se dispone descubrir el paradero de una carta perdida dentro de una casa, que puede comprometer el futuro político de un hombre importante. Aquí el autor hace gala de sus cualidades analíticas pero también de su sentido común, en una historia que no tiene nada de fantástico, pero sí de ironía política y de crítica al poder.

«La cita» tiene lugar en Venecia, en el estrambótico palacio que un príncipe ha creado para soñar allí y albergar obras de arte y visiones macabras, hastiado de la vida hasta al suicidio, a donde le precede la visión de una bellísima marquesa.

El tema del doble aparece con inusual fuerza en «William Wilson». Un hombre maduro, en una apartada mansión, recuerda sus años de infancia y adolescencia, su época de estudiante en la academia, y el encuentro con un joven con su mismo nombre y su misma data de nacimiento, quien le aventaja en atributos de todo tipo, una suerte de gemelo desconocido comienza a acosarle y obsesionarle hasta puntos radicales. Lo más notable de este cuento es la sutileza con que se van tejiendo los pormenores del parecido entre ambos personajes, que rebasan lo físico para tornarse en atributos (y luego en perversiones y desviaciones) mentales a medida que la historia transcurre. Poe sabe mantener el debido suspenso que le granjeó tanto prestigio como narrador. En historias no expresamente macabras o terroríficas este elemento resulta mejor manejado: sutilmente, lo fantástico va emergiendo de lo cotidiano, va haciendo irrupción en el mundo rutinario, surge el fantasma en la esfera de lo «normal» hasta convertirse en extraordinario, dibujando así una de las grandes destrezas de Poe en el relato.

En «Silencio», el verdadero protagonista es el paisaje desolado de un valle. No hay personajes sino apenas aquel que lo contempla; se trata de una fábula sobre un paisaje inmóvil dominado por la presencia de una deidad maligna, que profiere un anatema contra éste.

«Revelación mesmérica» trata de la conversación un hipnotizado al borde de la muerte, donde se abordan los peliagudos temas de Dios, la materia indivisa, la mente, el pensamiento, el cuerpo. Un relato esencialmente filosófico donde Poe desarrolla su concepción del dolor y del placer como fuerzas antagónicas pero complementarias, necesarias para sopesar la existencia.

«El corazón delator» pertenece a ese tipo de relatos construidos a partir de la cotidianidad, que logran estremecernos a través de un tratamiento logrado del espantoso latido del corazón de un hombre viejo, que se resiste a morir.

El texto de «Los anteojos», narra el «flechazo» amoroso sufrido por el protagonista durante su estadía en un teatro, ante Madame Eugenia Lalande, belleza con quien su pretendiente, después de muchos escarceos, consigue una cita. Va a su encuentro, disfrutan de paseos, veladas musicales de ópera (Poe era un incurable melómano) donde Eugenia Lalande también canta. Un día ésta le pide que use unos anteojos especiales que le permiten ver, o mejor, descubrir una cruda, desagradable realidad. Una vez más Poe tuerce el curso del relato, mas no a través del terror o de incursiones necrofílicas, sino mediante el deterioro físico de la vejez de una mujer que él cree joven, pues ha sido víctima de una trampa hilada por un equipo de impostores a donde pertenece la propia madame Lalande.

Hasta aquí las síntesis argumentales. Invito al lector a un recorrido por estos extraños textos que atravesaron la mitad del siglo XIX, todo el siglo XX y arribaron al XXI aún frescos, llenos de poder sugestivo.

Un aspecto distintivo del mundo de Poe, es que es él mismo, su propia imagen, la que protagoniza sus relatos, el narrador testigo es el propio Poe que se ha convertido en el principal personaje de sus cuentos. Y esto hasta ahora, no había sucedido nunca en ningún cuentista anterior, y posiblemente tampoco ha aparecido con tal fuerza en uno posterior, con excepción quizá de Horacio Quiroga.

*Fragmento de texto «Edgar Allan Poe en el siglo XXI» (2016) de Gabriel Jiménez Emán


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