Editorial | ¿Hasta cuándo?

Mercedes Chacín

Cuando contamos ya el quinto día desde el inicio de la emergencia generada por el apagón en Venezuela, y cuando todo parece indicar que la Revolución Bolivariana nuevamente controlará la situación, la desesperación empieza a cundir en las filas de la oposición. La dirigencia terrorista hace de todo. “Que no es posible un ciberataque porque lo que hay en Guri son trapiches y los trapiches no se pueden “ciberatacar”, que el agua llega dentro de diez días y para entonces seremos carroña, que se acabará la gasolina y cuando se acabe la gasolina las plantas eléctricas no funcionarán, pero que no importa porque ya hay servicio eléctrico, ¡ay, qué confusión tengo en esa cabeza!, que lo que dice The New York Times es mentira porque esos son de izquierda, que pobrecito Trump porque él, pobrecito, no es el mejor Presidente, pero Maduro es peor”, y así más de mil mentiras que no valen la pena.

Y es que desde los “pistoleros de Llaguno” para acá, la acción política de la oposición venezolana ha tenido como soporte la mentira. No hay que olvidar que los mal llamados pistoleros no disparaban contra la multitud opositora sino contra efectivos de la Policía Metropolitana que atacaba a otra multitud de chavistas. No hay que olvidar aquel video que un periodista peruano llamado Otto Neustald grabó antes de que los francotiradores, comisionados para montar la primera gran patraña sangrienta de aquellos días de abril, dispararan.

Luego vinieron las aquellas denuncias, que nunca fueron, de terroristas de peluquería, que cortaban los cabellos a las mujeres para venderlos. Hay que recordar que no habría en Venezuela ni para remedio: pintura de uñas, acetonas, tintes de pelo… ni tampoco hijos o hijas porque se los llevarían los cubanos para adoctrinarlos y surgió aquella consigna: “con mis hijos no te metas, ni con mi plata porque yo pago en el colegio la matrícula que me dé la gana”. Un poquito después, convencieron a sus seguidores de que había unos bombillos ahorradores dentro de los cuales estaban instaladas unas camaritas (que no camaradas) que grabarían nuestra intimidad para saber cuántos carros, cuántas computadoras, cuántas habitaciones, cuántos kilos de carne, cuántas botellas de vino habían para dárselos a los “tierrúos chavistas”.

Los episodios inventados para justificar una mal llamada ayuda humanitaria han sido infelices por lo chapuceros. Y no porque no haya problemas en el país, porque bastantes que hay. Los guiones se han repetido, las mentiras se han repetido y no han podido convencer al pueblo venezolano de que salga a la calle a protestar contra “la dictadura”. ¿Hasta cuándo fracasan? ¿Hasta cuándo dañan al país? Todo tiene un límite. Sigamos.


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