El Caimán de Sanare

En 2010 al cuentacuentos nacido en el estado Lara se le denominó patrimonio cultural de Venezuela y oral de la Humanidad

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Lorena Almarza

“Yo alumbro la mente de los demás con palabras. El cuento es luz y educación.
Yo soy portador de cuentos. Los cuentos no son míos, son la luz de Dios.
El cuento es pa´ educá, es producción de luz”

VOLAR SIN SER PÁJARO

Una mañana decembrina, día de La Zaragoza, conocí a El Caimán de Sanare. Era todavía una chamita y me impresionó el brillo de sus ojos, su rostro curtido por el sol, la tupida y larga barba, el enorme sombrero con cintas de colores y, sobre todo, aquella sonrisota a boca e´ jarro por la que se asomaban apenas unos pocos dientes. A su alrededor muchísima gente, niños, niñas, adultos y más entrados en años, todos, absortos en los cuentos de aquel ser luminoso. Sus cuentos me sorprendieron, pues nunca los había escuchado ni leído en ningún lado, y entonces, traté de ir a su encuentro cada vez que supe que se presentaría para que, de tanto escucharlo, se me quedaran grabados. De hecho, sus cuentos y mágicas historias me acompañan por siempre. Para algunos, era un “viejo loco”, para mí, aquel hombre gigante, como salido de un cuento, que hablaba de vos como buen campesino, de duendes chiquiticos, perros que hablan, pajaritos que anuncian que lloverá, de agüita clara de manantial, ríos y quebradas, y de la necesidad de cuidar y amar la naturaleza. Por donde iba contaba sus historias, y en ellas, realidad y fantasía entretejidas.
Para Elías González, conocido en el mundo de la oralidad como el Subkuentero, la obra de El Caimán sobresale porque él es el protagonista de las historias, “siempre le pasaban las cosas, era protagonista, a veces héroe, otras veces antihéroe (…). Era a él que lo encerraban los duendes y le cortaban la barba, un toro llamado Candelito lo persigue, lo buscan los espantos, especialmente La Llorona, y la mismísima muerte llega a su casa un día”.

El maestro, ecologista y escritor, Renato Agagliate, refirió sobre este personaje entrañable, “La gracia que él infunde al cuento lo hace profundamente atractivo y difícilmente olvidable. El gran secreto de su éxito literario está en su manera de ser y de vivir: El Caimán cree profundamente en Dios y en la naturaleza. No se deja aplastar por la pobreza y menos envenenar por la política. Su riqueza y su política son la vida. Su mundo es diferente, no es el nuestro lleno de negocios y egoísmos. Le duele para vivir, tener que usar la misma moneda que nosotros. No distingue, además, entre la realidad y la fantasía. Sabe volar sin ser pájaro (…)”.

A mí me gustan todos sus cuentos, entre mis favoritos: La Llorona, La chaqueta voladora y El toro Candelito, del cual por cierto le escuché al menos unas dos o tres versiones, pues lo cambiaba no por olvido, sino por tremendura creadora.

LA ECHADERA DE CUENTO

El 3 de enero de 1937 nació José Humberto Castillo en Las Rositas, caserío Palo Verde del Municipio Andrés Eloy Blanco, en Sanare, estado Lara, él mismo contó: “En Las Rositas jue ‘onde yo dejé el ombligo, ‘onde llaman El Manantial”, rodeado de cultivos de papa, café y otros bienes agrícolas como “el maíz, la batata blanca y mora, la yuca, la ‘uyama, la carota chivata, gavilana, tronconera, rastrojera; eran semillas indígenas; el quinchoncho y los chícharos. Se criaban chivos, ovejas y gana’o”. Su mamá fue doña María Elena, a quien llamaba Harina, y su padre, don Juan Gregorio, para él, Maíz Tostao. Desde los siete años empezó a contar cuentos, y dicen que su madre siempre le creyó; y que su padre, que algunas veces dudó, terminó por creer todo lo que el tripón contaba. Agagliate señaló, “solo naciendo en Las Rositas (…) con algo de indio ajagua quiboreño y algo de indio coyón sanareño, se puede ser un cuentacuentos como El Caimán de Sanare”.

Creció libre por esos montes, correteando y trepándose por doquier. “Yo jugaba en los palos muy altos, como los chucos, me guindaba (…)”. Dicen que era el “toñeco” de la casa” porque siempre andaba alegre y era muy dicharachero: “Yo era muy alegre, me gustaba mucho la música. Dejaba ‘e comé por oí el violín y la guitarra grande que llaman lira (…) Era muy gritón y cancionero (…)”.

Desde muchachito trabajó como jornalero, trabajador de faenas agrícolas y pecuarias e incluso como vendedor ambulante, pero siempre con un cuento que compartir: “Yo busque todos los trabajos y ninguno me resultaba (…) Jui escobero (hacedor de escobas). Jui comerciante, compraba huevos por to´ esos caseríos. Jui campesino y siempre cargaba una sinfonía. Echaba cuentos inventaos, tocaba la sinfonía y me daban comía por eso (…) Después me metí a la playa (el mercado), ya me iban a reventá esos guacales tan pesaos. Un día me dije lo mío son los cuentos y así me maten no los dejo y así jue. Cuando uno es nacío pa´l cuento no vale ni que lo revienten (…)

Me gusta echá cuentos pa’ que los niños aprendan, porque ahí es ‘onde tá el futuro. Pa’ que cuiden lo nuestro, las bellezas, pa’ aquella juventud que viene”.

PATRIMONIO CULTURAL Y ORAL DE LA HUMANIDAD

Fue en una cosecha de papa, cuando tenía unos veinte años, cuando lo apodaron El Caimán, y según el contó “Me pusieron caimán por una papa de a kilo que me comí. Al principio no me gustaba que porque yo veía el caimán muy “jocicón”. Luego de tanto decirme así me gustó y así me quedé”.

Numerosos reconocimientos recibió el querido Caimán, entre los que destacan el Premio Iberoamericano “Chamán” de Comunicación, Oralidad y Narración Oral Escénica, en 1989, y más recientemente la Distinción por la Oralidad y Diploma Medalla al Mérito en la Oralidad en 2010, ambos otorgados por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE), fundada por el narrador oral cubano-español Francisco Garzón Céspedes. Fue también incluido en la lista de Patrimonios Culturales Vivientes de Venezuela y se le denominó patrimonio cultural de Venezuela y oral de la Humanidad.

El 27 de septiembre de 2010, mi querido Caimán de Sanare cambió de paisaje, dicen que “se fue al cielo a contar sus historias a las nubes”.

UN CUENTO DE EL CAIMÁN DE SANARE LA DIENTONA

“Era la cuaresma y yo andaba enamorado de una muchacha. No podía uno salir porque La Dientona salía y echaba a correr a toda la gente. Se ponía bien vestida, preparada y aquellos cabellos tan largos. Era una mujer muy bonita la que le salía a uno.

Eran las 12 de la noche, y yo venía de enamorar una muchacha. Ella me echó pa´afuera rápido, porque la mamá y el papá estaban muy celosos.

—Ya es hora, me decían, y yo enamorao, puro jugar baraja. Floreaba las barajas, y nos cruzábamos los decires. Bueno, me fui para mi casa y me salió La Dientona. Ella me gustó mucho, tenía el pelo largo y bien vestía. Hola, le digo yo. Ella me pregunta que de dónde venía y para enamorarla, le dije de un viaje.

Me preguntó para dónde iba y le dije para mi casa. Respondió ¡tan temprano!, pero si esta es la hora de nosotros.

Se me puso el pelo riscao del miedo. Al rato le pregunté si ella tenía novio y me respondió que ahora los hombres eran malucos porque no decían nada. Pero si usted es tan bella, tan tiernita. Qué le pasa a los hombres. Vámonos junticos, ¿Quiere que le eche el brazo?… Sentí que estaba fría como un cadáver. Eso no me gustó nada. Hasta el sombrero se asustó y se empinó pa´arriba también.

Ella me preguntó si quería ver sus dienticos y yo inocentemente le dije que sí, todavía. Me lo enseñó y salieron unos para arriba y otros pa´bajo. !Ay¡, me fui de pa´tras. ¡Ave María Purísima! Salí corriendo y se pegó atrás con esos dientes fieros.

Eché una carrera tan grande que hasta las cotizas las largué. Otro día nos vemos, le dije, y La Dientona echaba candela de esa boca”.

 


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