El placer de la pena

Federico Álvarez 

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Siempre, desde los tiempos más lejanos, se ha penado de soledad, de melancolía, de amor. Y el poeta ha sido siempre el encargado de decírnoslo. En la escena final del Torquato Tasso de Goethe, dice el héroe «Y donde el humano suele enmudecer en su tormento, / un dios me concendió el don de decir cuánto sufro». Lo sorprendente es que esa facultad convierte al sufrimiento en placer, en algo deseado y añorado que no puede dejarse en el silencio; un narcisismo extraño que a Thomas Mann le hacía hablar del «impudor de los poetas». «Oh, deliciosa llaga, que tiernamente hieres…», dice San Juan de la Cruz. Y más de dos siglos después repite Baudelaire (traducción de Mada Carreño): «dolor, tiéndeme tú la mano, ven acá». Freud, que retoma los versos de Goethe sobre Tasso, asegura que «no un dios, sino una severa diosa —la Necesidad— ha impartido la orden de decir sus penas y alegrías… a un cierto género de hombres». Y como Freud no tiene pelos en la lengua dice que ese género de hombres es el de los neuróticos: los que se refugian necesariamente (la diosa Necesidad) en la poesía contra una realidad que no soportan y contra la cual han de sublimar en voz alta su pena. No sé si fue Freud o alguno de sus discípulos quien dijo: «Labios que besan no cantan». El cantar de los labios del poeta es la nostalgia de otra función… Balzac lo había dicho crudamente: «Una mujer con la que nos acostamos es una novela que no escribimos». Y sin embargo…
Los griegos fueron los primeros (fueron los primeros en casi todo) en hablar del placer del dolor. El sufrimiento era para ellos una grave disciplina enviada por los dioses para enfrentar la vida daimonon karis, una merced de los dioses. Y Esquilo —recuerda María Zambrano— hablaba de «aprender padeciendo». El que más padece, más sabe (más se sabe a sí mismo). Como dice el Eclesiastés: «quien trae ciencia, trae dolor», y esa ciencia es conciencia, autoconciencia: el dolor acabara siendo «escudo contra el olvido» (Ausias March), «testimonio de nosotros mismos» (Rosseau). Por eso san Benito —según he oído cantar a los frailes en Santo Domingo de Silos— pasó su vida renunciando a todas las posibles felicidades. ¿Qué duda cabe de que la felicidad sólo es posible mediante el olvido (olvido de nuestros afectos perdidos y del dolor del mundo)? En su libro, Plaga de fantasías, Žižek abre un camino de discernimiento tan difícil al distinguir el placer del goce.

*Tomado de Vaciar una montaña (2009), de Federico Álvarez


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