El súbdito Vargas Llosa

Rafael Hernández Bolívar

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El domingo 8 de octubre hubo una impresionante manifestación en Barcelona. Allí se expresó el sentimiento unitario de los españoles, lo que ha dado en llamarse la mayoría silenciosa; esto es, los catalanes partidarios de conservar la integración con España que hasta ahora no habían dado cuerpo a esa posición en un gran acto de masas. Hasta aquí lo positivo del asunto.

Lo deprimente fue que quien lideró el acto fue lo peor y más atrasado de la derecha española, llevando a muchos de lo que allí asistieron a preguntarse si no se desvirtuaba el sentimiento unitario con la presencia de pancartas que daban vivas al Rey, consignas que rimaban Puigdemont con paredón, aplauso y calurosas muestras de felicitaciones a la policía que había reprimido, golpeado y arrastrado por las greñas a ciudadanos que pretendían ejercer el derecho a voto hace una semana y, sobre todo, una manifestación encabezada por Mario Vargas Llosa, Albert Rivera –politiquero sin vuelo ideológico y de pragmatismo rastrero–, ministros del gobierno de Mariano Rajoy y el jefe del Partido Popular en Cataluña, ademas de la presencia de grupos franquistas camorristas.

Vargas Llosa –súbdito del Reino de España desde hace algún tiempo– dijo que la Barcelona de hoy no tiene que ver con la ciudad de la libertad de pensamiento y la tolerancia en la que vivió en la década del sesenta; que los independentistas no le van a destruir 500 años de historia a España y que espera que el Gobierno aplique toda la fuerza de la ley para liquidar el independentismo.

Estas tres ideas retratan de cuerpo entero al político troglodita. La época añorada por Vargas Llosa es el tiempo de la dictadura franquista. Defiende el período colonial (en 500 años de historia está incluida la colonia de los países latinoamericanos) y privilegia, antes que el diálogo y el entendimiento, la aplicación implacable de la ley, lo que supone avalar la reciente actuación violenta y desmedida de la policía española.


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