Elegía de la vela

Pedro Ruiz

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Pedro Ruiz

«En la llama de una vela, todas las fuerzas de la naturaleza están activadas», escribió Novalis. Y es que no hay otro breve fuego que sea al mismo tiempo tan grandioso. Frente a esa levedad encendida sólo es posible mirar las cosas con los ojos del asombro.

Ya dijo Gastón Bacherlard que «Los sueños de la vela nos conducen al reducto de la intimidad.

Parecería que existen en nosotros rincones sombríos que no toleran más que una luz vacilante». La vela nos devuelve la memoria, la infancia y nos pone frente al altar del sueño. La vela nos enseña a mirar. «Antaño —recuerda el filósofo— en un tiempo olvidado hasta por los sueños, la llama de una vela hacía pensar a los sabios».

La vela fue el primer resplandor que conocimos. La imagen de la casa en sombras la rompía la vela que prolongaba la estatura materna, ella era la medicina para alejar el miedo que desata toda tempestad. Y con ella viajamos por primera vez, porque si uno se fija bien, en el fuego de una vela caben todas las imágenes del mundo.

No hay ceremonia sin velas, ellas son el fuego que aviva toda fe. Desde las velitas de cebo de ganado con las que nos curaron el ombligo, hasta las que apagamos en los cumpleaños, sólo han cambiado las cosas que rodean nuestros sueños, porque los cuerpos de las velas son recuerdos.

En Venezuela la humildad de las casas se mira en el altar familiar, desde la antigüedad ha sido así.

Allí, en el cuarto de los santos, donde la madre humanizó a un Cristo roto, la vela es también alimento de su vigilia.

Todos los pueblos celebran con velas, ellas son el preámbulo iluminador de los velorios, llámese Velorio de Cruz, despedida de un cristiano o búsqueda del Niño Jesús. En las procesiones convierten los rostros en misterios y cavan en la oscuridad de la noche el eterno enigma que envuelven los diminutos fuegos.

No hay carretera nuestra donde no se asomen las velas dando cuenta del respeto por los muertos. A veces nos sorprenden con la sonoridad que poseen y cuando a las velas les da por hacer ruidos, en muchas casas se les teme.

Ese culto a las velas, suponemos, que debe tener alguna relación —aparte del antiguo culto por el fuego—, con Don Simón Rodríguez quien las anduvo fabricando por toda América, y en cada pueblo que dejaba su huella, mientras pregonaba su lema para anunciar su escuela liberadora y su fábrica de velas: «Luces y virtudes americanas. Esto es velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte y amor al trabajo».


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