Emergencia civilizatoria y descolonización

Julio Borromé

815
815

La descolonización en el pensamiento americano se definía en términos políticos. Miranda, Rodríguez, Bolívar, Martí y Alberdi, cuestionaron la Colonia y afirmaron la independencia de Nuestra América en base a un proyecto de integración continental. Dicho proyecto tuvo el propósito de establecer acuerdos internacionales en condiciones políticas y jurídicas de igualdad, respeto y soberanía. Su desarrollo, resultante de las nuevas condiciones históricas y del ensayo de una política de la liberación, prepararía, a su vez, el advenimiento de la emergencia civilizatoria.

No sólo en Nuestra América los Libertadores y el pueblo libraron una batalla por la independencia y la paz de las repúblicas, sino en aquel decisivo siglo XIX, los pueblos campesinos del África respondieron heroicamente a los esquemas racistas y belicistas del colonialismo francés, así los pueblos de la India e Irlanda contrarios a la invasión inglesa; en Centro América y el Caribe los pueblos resistieron las guerras de los Contra y la Iglesia, brazos ejecutores del imperio estadounidense. La política genocida e intervencionista formaría una alianza con los factores económicos de la oligarquía capaz de materializar el proyecto de recolonización del «Tercer Mundo» en el siglo XX.

En esta turbulencia incesante de las guerras de Independencia y las recesiones económicas del siglo XX, la recolonización iniciaba un nuevo ciclo con la disputa el año de 1960 de la recién nacida Comunidad Europea por confrontar el dominio de la hegemonía estadounidense y la crisis económica consecuencia de la guerra de Yom Kippur el año 1973, año por cierto, de la inhumana campaña contra la economía chilena, seguida de medidas antipopulares ejecutadas por los empresarios burgueses, aliados de las trasnacionales. Esta guerra económica había de prescribir el derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende por fuerzas interventoras estadounidenses.

Dichos acontecimientos históricos relacionados con las condiciones generadas por la Guerra Fría, habían sido las expresiones concretas del relanzamiento del interés de las potencias por las economías de los países «periféricos» o «marginales». Estos eufemismos fueron manejados por intelectuales que abordaron en términos de abstracciones y oposiciones lingüísticas la cuestión del impacto de la globalización en las culturas. Algunos intelectuales latinoamericanos no asumieron la invención de categorías propias para interpretar los contextos y las realidades, donde sus mismas teorías acerca de la modernidad, la postmodernidad y las culturas híbridas, recreaban la globalización sin medir las consecuencias del proceso de aculturación y el furor de las modas conceptuales. Se quedaron atrapados en las nieblas del idealismo y la adivinación metafísica con pretensiones críticas.

El colonialismo en su evolución histórica muda de ejércitos y consignas, armas y lanceros, signos y lenguajes, imágenes y lugares, trajes y gestos, instituciones y jerarquías, tiempos y sujetos, espacios y cartografías. El colonialismo del siglo XXI es un instrumento político de dominación de rango cosmopolita occidental. En su despliegue, adquiere cambios y ajustes en la medida en que el neoliberalismo, el orden tecnológico, la cultura de masas y el proyecto de dominio de la naturaleza cuyo fundamento es el pensamiento unidimensional, violentan la tradición, el orden mítico y simbólico de las matrices culturales de los pueblos originarios e imponen la indeterminación, el hedonismo y la sociedad de consumo.

El tránsito de la sociedad de fines del siglo XIX y primera parte del siglo XX a la sociedad de consumo, desplaza los signos que interpretan y transforman la realidad. La sociedad del progreso transforma los fundamentos económicos, deja de ser una estructura incipiente en las relaciones de producción para convertirse en una economía del libre e insaciable mercado. La manipulación de los signos y la entrada de la «era del vacío» subjetiviza la moral consumista procedente del individualismo y del goce de los objetos en los shopping centers.

La sobreabundancia material y publicitaria de los signos prefigura la sociedad de las imágenes, la generación del «zombie posmoderno» y la macdonalización del espacio urbano. La disipación generada por la multiplicación de los imaginarios híbridos produce la violencia de la «guerra de imágenes» o «guerra de sueños». La penetración ideológica surge del procesamiento, distribución y consumo de los signos convertidos en objetos.

La invasión enlatada de los signos, la fetichización de la cultura, la poquedad de las expresiones estéticas y la colonización mental definen los procedimientos de la globalización. El engranaje y sus mecanismos trituradores segmentan la realidad, cortan el proceso de simbolización de las culturas originarias y de las utopías prefiguradas en los movimientos sociales independentistas, gracias a esos mass media que han revuelto el mundo de la comunicación y han fragmentado la identidad de los pueblos en mercados burbujeantes.

El ensayista Adolfo Colombres señala que uno de los modos de construir sentido y hacerle frente a la cultura de masas y a la barbarie posmoderna, reside en actualizar el mito en prácticas rituales, recuperar la oralidad y el pensamiento simbólico de los pueblos indígenas y populares. La identidad que es memoria, cohesiona y regula la vida social de las comunidades en valores y creencias propios. Son los medios de expresión que el pueblo preserva desde la experiencia de la creación y de las conquistas morales. Así, las culturas ancestrales desafían el tiempo lineal de la historia, la violencia de los nuevos fetiches y las utopías evasivas de las culturas posmodernas.

El rescate de las matrices originarias conducirá también al diálogo de la cultura popular (sustrato tradicional y actual). La alianza ofensiva de esta última con la cultura ilustrada fomentará una racionalidad diferente, cuya función será reconstruir los signos identitarios-memorialísticos de los pueblos. La tradición, la identidad y la memoria serán las expresiones auténticas de la producción de sentido, diálogo y crítica con todo lo que viene empaquetado. Así, fortalecerán la conciencia de continuidad histórica y las formas de reinterpretar el pasado con el fin de promover la descolonización en todas las modalidades constructivas del presente.

Un ejemplo de descolonización lo recojo del campo del cine. Fernando. E. Solanos y Octavio Getino, realizadores del filme La hora de los hornos (Notas y testimonios sobre el neocolonialismo, la violencia y la liberación. Argentina 1966/68), plantearon un cine al margen de la industria cinematográfica estadounidense y del cine independiente europeo, co-productor de la industria y de la crítica colonizada de «trasplantación mecanicista. El desafío para las realidades cinematográficas de Nuestra América es crear una «alternativa de ruptura»: CINE MILITANTE. Una categoría interna del tercer cine.»

La creación de nuevas categorías e invenciones del pensamiento creador individual y colectivo aportará nuevos sentidos y representaciones históricas, filosofías y estéticas contrarios a los valores y conceptos que se adoptaron como expresión indiscutible de un consenso de validez universal.


Join the Conversation