Entre Libros l Los niños de ahora

Gipsy Gastello

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Gipsy Gastello

“No sé cómo lo percibirán los niños de ahora, pero en aquellas épocas remotas, para la infancia que fuimos, nos parecía que el tiempo estaba hecho de una especie particular de horas, todas lentas, arrastradas, interminables. Tuvieron que pasar algunos años para que comenzásemos a comprender, ya sin remedio, que cada una tenía solo sesenta minutos, y más tarde aún tendríamos la certeza de que todos ellos, sin excepción, acababan al final de sesenta segundos”.

Este breve párrafo me cayó por asalto en las primeras páginas del libro Las pequeñas memorias de José Saramago, una especie de autobiografía de la temprana edad del Premio Nobel. Un viaje maravilloso que comienza en la aldea Azinhaga, donde nació el escritor portugués.

Es curioso lo que un libro, entendido como obra de arte, es capaz de producir en nuestro estado de ánimo. Mejor dicho, qué misteriosa resulta la capacidad que tiene un libro, entendido como obra de arte, para transformar nuestro estado de ánimo. No era mi propósito hoy al despertarme filosofar sobre la infancia en estos tiempos enrevesados. Tampoco preocuparme por el destino de esos niños y niñas de hoy que ya no ven el mundo como lo veíamos nosotros años atrás. Mi propósito al despertar esta mañana fue leer a Saramago y entrarle de lleno a ese pequeño libro que compré hace tiempo, y que desde entonces reposó impávido en mi biblioteca. Tenía días mirándolo y él me guiñaba el ojo de vuelta, como tentándome, hasta que hoy decidí dejarme llevar por su incitación y meterlo en el morral.

Dice Saramago: “El niño que fui no vio el paisaje tal como el adulto en que se convirtió estaría tentado de imaginarlo desde su altura de hombre. El niño, durante el tiempo que lo fue, estaba simplemente en el paisaje, formaba parte de él, no lo interrogaba, no decía ni pensaba, con estas u otras palabras: ‘¡Qué bello paisaje, qué magnífico panorama, qué deslumbrante punto de vista!’.

Naturalmente, cuando subía al campanario de la iglesia o trepaba hasta la cima de un fresno de veinte metros de altura, sus jóvenes ojos eran capaces de apreciar y registrar los grandes espacios abiertos ante él, pero hay que decir que su atención siempre prefería distinguir y fijarse en cosas y seres que se encontraran cerca, en aquello que pudiera tocar con las manos”.

La lectura me obliga a viajar en el tiempo. Retrocedo a mi niñez cuando las horas eran largas, como las de Saramago, cuando las tardes rodeadas de libros parecían interminables. No eran tiempos de invasiones tecnológicas ni de relojes irremediablemente apresurados. No eran tiempos en los que la música imperante se reducía a brincos onomatopéyicos erotizados. No eran tiempos en los que un chamito aprendía primero a buscar un videoclip por YouTube antes que usar la bacinica. No eran tiempos en los que el regalo del Niño Jesús tenía que ser a juro y porque sí una Tablet con acceso a Wi-Fi en lugar de una patineta, una pelota o un juego de mesa. No eran tiempos en los que ensordecerse con un par de audífonos era más divertido que treparse a un árbol o jugar al avioncito con los vecinos.

Sigo leyendo a Saramago con un velo de nostalgia por aquellos tiempos, cuando de verdad íbamos de la mano con nuestro entorno, cuando éramos parte del paisaje. Sigo leyendo a Saramago con un poco de miedo, lo confieso, porque sé que seguiré pensando en esos niños de ahora que crecen en las grandes ciudades, hipnotizados por la televisión paga y hueca, por los videojuegos de guerra, por las grandes vitrinas de los centros comerciales que ofrecen baratijas inaccesibles.

Y tan feliz y distraída que desperté esta mañana antes de abrir ese libro. Pero llegó Saramago para devolverme al mundo real de sopetón.

Contacto: ggastello@gmail.com/ @GipsyGastello


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