Eros, un dios tan viejo como la tierra y el cielo

Clodovaldo Hernández

Según Hesíodo, estudioso de los dioses griegos, Eros es de los primeros de este mundo. Tanto que es contemporáneo con la diosa Gaia, es decir con la Madre Tierra, y con el mismísimo Caos. Así de viejo es.

De acuerdo a esta historia, fue engendrado por la Noche de negras alas y el Viento. Estas dos fuerzas primigenias dieron origen a un huevo que al romperse formó la Tierra y el Cielo. Curiosamente, según esta teoría, Eros –que modernamente es sinónimo de lo carnal– es anterior a todo ese rollo del sexo.

Su rol fue –y sigue siendo– muy importante. “Es la virtud atractiva que lleva a las cosas a unirse y a crear vida”, dice la psicóloga Magaly Villalobos, erudita en materia de mitología. La función de Eros es garantizar la continuidad de la especie y la cohesión del cosmos. Nada menos.

Platón, desde la filosofía, lo bajó del Olimpo y lo consideró un daimón, un sujeto a medio camino entre los humanos y las divinidades. Esto tiene mucho sentido porque sus flechas desatan pasiones lo mismo en dioses que en mortales. En El banquete, Platón pinta a Eros como una contradicción en esencia pues es hijo de Poros y Penia, es decir, abundancia y pobreza.

Como tipo pobre, Eros pareciera estar en situación de calle, es un vagabundo desaliñado y rudo. Está lejos de ser un angelito cursi, como lo pintan en las postales del Día de los Enamorados. Por el contrario, es un loco que anda descalzo y duerme en el suelo.

En su lado ricachón, adora los placeres caros y desarrolla el gusto por la cacería que lo convierte en temible arquero cuyas dianas son corazones.

La mezcla lo hace echado pa lante, vivo, audaz, lo que no sabe lo inventa. Los contrarios que laten en su naturaleza son la causa de que algunas veces su intervención conduzca a la gloria y otras veces a la desgracia.

En algún momento de la historia mitológica, Eros es sometido a una reingeniería. Le quitan lo tosco y vulgar y lo transfiguran en Cupido, el niño tremendo que se divierte metiendo a todos en problemas pasionales. El retrato del amor está completo en su estampa: inmadurez infantil, pies fuera de la tierra y causante de dolorosas heridas.

Otra versión de la vida de Eros indica que fue hijo de Afrodita y Ares, que vendría a equivaler a la sensualidad mezclada con la guerra. Ese pedigrí explicaría muchas cosas, entre ellas por qué en el amor hay que tener en una mano un libro de poesía romántica y en la otra el manual de Sun Tzu.

Celos, malditos celos

Bien sabemos que la mitología está llena de hazañas, barbaridades y diluvios. Pues bien, una de las historias de Eros es bastante retorcida. Resulta que su mamá, Afrodita, estaba en decadencia. Podríamos imaginarla como una de esas actrices ya mayorcitas, full de bótox. Luego de haber sido la tipa más bella del mundo, la más buenota y tal, ya poca gente visitaba su templo, que estaba como la dueña: cayéndose a pedazos. Además, había aparecido una chama que estaba como le daba la gana. Se llamaba Psique y, para colmo, era una mortal. Furiosa, Afrodita le ordenó al hijo que le metiera unos flechazos para que se enamorara del individuo más abominable del orbe. ¿Se imaginan mayor condena?

Eros fue a cumplir el capricho de su envidiosa madre, pero, ¡oh!, se enamoró él perdidamente de Psique. Como le tenía burda de miedo a su “amá”, le metió el cuento de que ya había ejecutado su pérfida misión. No se atrevía a lanzarse de frente a conquistar a esa especie de Miss Universo porque él era un dios y ella –aunque muy divina–, una tipa de carne y hueso. De todos modos, no podía tolerar que se la quitaran, así que le echó un embrujo ahí para que los hombres se babearan por ella, pero sin llegar a enamorarse.

La situación se volvió preocupante porque mientras las hermanas de Psique –a pesar de no llegarle ni por los tobillos en su belleza– se casaron con buenos partidos, ella no conseguía marido. Los padres, atendiendo instrucciones del oráculo de Apolo, aceptaron su triste destino: se casaría con una serpiente. La llevaron a donde se supone llegaría el suertudo reptil, pero quien llegó fue Eros, eso sí, invisible y a la vez ciego. Vivieron una intensa luna de miel que se hubiese prolongado indefinidamente, de no ser porque Psique, acicateada por sus hermanas, incumplió su promesa de no ver nunca el rostro de Eros. El dios de las flechas se marchó triste y decepcionado.

Volvió con su madre, quien se enfureció al saber que le había mentido. Lo encerró e hizo hasta lo imposible por evitar que volviera con Psique, tornándose así en el prototipo de la suegra mala. Al final de la telenovela, Eros sucumbió ante la belleza de la chica y la llevó ante Zeus (el jefe de los dioses, el auténtico Papá de los helados) y le pidió que los casase. Para casarse con un dios, Psique debía ser también inmortal, así que le dieron a comer ambrosía, la hicieron diosa y, en este caso sí que puede decirse con toda propiedad que han vivido felices para siempre.

El principio de la vida

Los personajes mitológicos han fascinado a los semidioses de la psicología. Sigmund Freud, por ejemplo, consideró que la mente humana se mueve entre dos principios primordiales: el de la vida, encarnado por Eros, y el de la muerte, representado por Tánatos.

Otro grande de las ciencias de la mente, Carl Jung, utiliza a los dioses como alegorías de los diferentes comportamientos humanos.

En tiempos y lugares más cercarnos, un jungiano que nació en Cuba, pero desarrolló su práctica en Venezuela, Rafael López Pedraza, hizo sus propias aproximaciones y planteó que el momento en que Eros y Psique se encierran a amarse con fruición, desarrollan el “arquetipo del castillo encantado”, esa situación en la que los enamorados no quieren ver otra realidad que no sea la propia. Acá se lo explicaríamos, pero, ¿para qué?, si a usted seguramente le ha pasado.
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Tema de nunca acabar

Sobre el amor, el erotismo y asuntos afines se han dicho y escrito toneladas de palabras. Digamos –aunque parezca una gozadera– que es un tema de nunca acabar.

En El pequeño libro del erotismo, Maurice Lambert recopiló frases célebres sobre estas cuestiones. Es una obra para degustar poco a poco, como debe hacerse con los placeres sensuales.

Llama la atención una frase de Las mil y una noches, que escandalizará a los vegetarianos y hará reflexionar a más de uno sobre el tiempo que lleva sin saborear un bistec. Dice: “La delicia de la vida en tres cosas consiste: en comer carne, en montar sobre carne y en hacer entrar carne en la carne”.

Marcel Proust tocó el punto de la dualidad de Eros: “En todo acto voluptuoso y culpable hay tanta felicidad por parte del cuerpo que goza, y tantas buenas intenciones en nosotros, como ángeles que son martirizados y lloran”.

Juan Carlos Onetti, por su parte, proclamó su descubrimiento: para entenderse eróticamente con las mujeres, el mejor idioma es el de los sordos. “Yo la deseé y ella supo que yo la deseaba”.

Norman Mailer analizó el asunto con cierta frialdad: “La lujuria exhibe los mismos atributos que la droga y otros hábitos, se apropia de las lealtades, generaliza los caracteres (…) Sin embargo, es indefinible porque puede transformarse en amor o apartarse súbitamente del amor. Cuando más intensa es la lujuria, más indefinible resulta”.


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