Un estilo impersonal marca las novelas iniciales de Murakami

Annel Mejías Guiza

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Cuando leo a un autor contemporáneo, cuyos libros inundan las librerías con cintillos que anuncian premios o número de ejemplares vendidos, inevitablemente me acerco con una curiosidad que luego se convierte en recelo para evitar modas editoriales que desencanten. Con Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949) me pasó que leí primero su novela Tokio Blues (1987) y luego el libro de cuentos Después del terremoto (2000), y no me sentí impactada. Sí, tiene un estilo cuasi telegráfico, sin adornos, que permite leerlo rápido, pero su boom editorial no me parece que refleja la calidad de su literatura. No lo hubiera seguido leyendo si no me hubiesen regalado sus dos primeras novelas publicadas en un solo libro, Escucha la canción del viento (1979) y Pinball 1973 (1980), editada por Tusquets Editores en 2015 con traducción de Lourdes Porta. Y con un cintillo anunciando: «El origen del universo literario de Haruki Murakami. Sus dos primeras novelas por fin en español». De este libro me parece interesante el prólogo titulado «El nacimiento de las novelas escritas en la mesa de la cocina», en el que podemos ver cómo un hombre ordinario se convierte «en uno de los pocos autores japoneses que han dado el salto de escritor de prestigio a autor con grandes ventas en el mundo», como leemos y nos dejamos convencer en su ficha bibliográfica. Ahí Murakami narra cómo se casó joven y tuvo que comenzar a trabajar de muchacho, en principio regentando un bar para escuchar jazz, beber y comer, lugar donde consiguió amalgamar su vocación por la música (presente en sus novelas), por la lectura y la escritura. Cuando ahí cuenta cómo comenzó a hilar Escucha la canción del viento, Murakami recuerda dos fases: una escrita en japonés, muy recargada y local, y otro método que nos permite entender ahora su estilo impersonal. Primero escribió en inglés (a pesar de que no lo dominaba), etapa que lo ayudó a hilvanar frases cortas, simples, descripciones descarnadas y, en medio de esa «prosa muy tosca», como dice, nació, «poco a poco, mi ritmo en la prosa» o “un nuevo estilo en japonés», caracterizado como «ágil, neutro, desprovisto de componentes superfluos». Es revelador que el propio Murakami dé luces al lector sobre cómo escribe y que concluya, además, que su estilo sería distinto al de Tanizaki y Kawabata (dos grandes autores japoneses) porque «yo soy un escritor independiente que se llama Haruki Murakami». Quizás lo haya hecho como una forma de decirnos que no encontraremos la tradición japonesa literaria en sus libros y, en lo personal, eso me intriga y desinfla el ánimo para leerlo. Podría ser el inicio de una discusión interesante, alimentada por lo que Edward Said bautizó como «orientalismo»: cómo occidente imagina oriente. Con Murakami no encontramos a oriente en sus libros, sino a occidente en oriente o la posmodernidad explayada en un escritor japonés, a través de la música y el cine, de los autores citados, de estilos de vida, sus denominadores comunes. Escucha la canción del viento retrata la historia de un estudiante universitario que se va a su ciudad natal a pasar unas vacaciones y ahí conoce a dos personajes, un joven de una familia millonaria que se hace llamar el Rata y una muchacha de cuatro dedos en una mano, con quien mantiene un coqueteo efímero: una amistad y un posible romance que se extinguen cuando el joven regresa a estudiar. Casi todo el relato de esta novela corta o novelette, como la llama Murakami, se desarrolla en el Jay’s Bar, tal vez el mismo bar que administraba el escritor a finales de la década de los setenta, donde concibió esta narración. Usa la primera persona para relatar, y abre y cierra con la historia del imaginario y estéril escritor norteamericano Derek Heartfield, quien se suicida lanzándose de la azotea del Empire State Building, en Nueva York. En Pinball 1973, escrita un año después, pero publicada mucho después, Murakami retoma a uno de los personajes, el Rata, pero solitario, obsesionado por una amante y con la eterna rutina de pasar el tiempo en el Jay’s Bar, quien decide fugarse de la ciudad. Mientras, se desarrolla una segunda historia sin conexión, la de un joven como socio de un negocio de traducción (no sabemos si el mismo muchacho universitario), quien vive con unas gemelas sin nombre, como la chica de los cuatro dedos, y sortea, a mitad del relato, su afición por jugar en la máquina de pinball «Space Ship» de tres flippers. De esta novela me interesó esa búsqueda del aparato de juegos y, una vez que la halla en el galpón de un coleccionista, me agradó el atractivo diálogo entre la máquina y el joven. La recreación de un ambiente frío, un adiós anunciado: simbólicamente el inicio de la posmodernidad. Ya acostumbrada a Murakami, si él no nos dice que está en Japón, jamás imaginamos al ficcionado país nipón cuando leemos estas novelas. Sólo encontramos a personajes jóvenes y a la deriva, con romances casuales, envueltos en una rutina agobiante, con vidas inadvertidas, solos, muy solos. Podemos decir que en estos libros Murakami
logró su objetivo, su fiel estilo.

 


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