Filosofía de la resolución

Julio Borromé Cuando pienso en la literatura argentina no puedo pensarla sin la gratitud y generosidad, aquel asombro primero, que hacen que al...

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Julio Borromé

Cuando pienso en la literatura argentina no puedo pensarla sin la gratitud y generosidad, aquel asombro primero, que hacen que al hablar de ella me deje situado en singular coraje y sentimiento.

Y también pienso en Soda Estéreo, en «La hora de los hornos», en Diego Armando Maradona, y por supuesto, en los escritores argentinos que no he leído, por una u otra circunstancia. En estos días —y cuando digo días, digo, cuarto soleado de gallos de Chagall y trompeta de Armstrong— un par de libros cuyos perfiles entreveía a veces en mi biblioteca, me llamaron desde sus voces ocultas.

Historia de una pasión argentina (1940) y La vida blanca (1960) de Eduardo Mallea fueron un descubrimiento. Confieso no haber leído a este escritor nacido en Bahía Blanca el 14 de agosto de 1903. Al leerlo, siento que me había perdido de una lectura imprescindible para imaginar y comprender el alma Argentina, es decir, el alma común de los pueblos de Nuestra América. El planteamiento central de Mallea consiste en afirmar la autenticidad de los pueblos americanos, en lo que deben inventarse y negarse a ser copias de Europa y de todo lo importado.

Eduardo Mallea exige a sus contemporáneos buscar la heroicidad del pensamiento. Una conciencia pensada a la exigencia moral y espiritual que demanda la tenacidad de la sensibilidad viva. Es la responsabilidad viviente de un escritor que siente y padece la Argentina carnal, de latitudes morales y ordenación íntima. Un pensador cuya filosofía indaga la verdad invisible del hombre de la naturaleza, «que tiene en el mundo sentido de comunidad frente a lo humano y relación con la estrella, la planta, la piedra y la forma general de cuanto existe».

La Argentina visible es, sin más argumentos, la apariencia de una cultura «constante de ficción, de exaltación atómica y personal», dominada por «esos burgueses dormidos en el lecho de cierta venal incuria». La representación y lo esencialmente administrativo componen la fidelidad perezosa y la decoración del funcionalismo de una sociedad bonaerense identificada con la concepción positivista del bienestar, el progreso y la aptitud asimiladora de la cultura importada.

Mallea busca la identidad de su país en la tradición independentista, en San Martín, en la Federación, en Sarmiento, en la literatura de las provincias y las regiones. El hombre nace en el paisaje. Su sentido radica en la exaltación, los instintos y la intuición, categorías existenciales del espíritu. El hombre argentino forja una moral severa, digna y creadora en medio de un tiempo hiemal donde el viento golpea su corazón y la naturaleza condiciona su actitud frente a la vida.

Mallea hace consciente las virtudes históricas del país invisible, el orden oculto del sentido, el ánimo libertario de la patria y exige la continuidad creadora del «nudo ancestral» de los pueblos.

Así, Mallea continúa la tradición y el pensamiento descolonizador. «Al romper en nuestra vida propia, al decir adiós al respaldo paterno, al quemar las naves de una historia hecha por otros y echar al mar la nave nuestra, esta nave era pequeña». Su filosofía es conciencia vital de lo americano frente a las ideas y modas europeas, lejos del estancamiento, la homogeneización del gusto estético y la centralización de las metrópolis.

La filosofía de Mallea hace consciente los principios morales y el cogollo histórico de lo sustantivo argentino, no desde la abstracción de los fenómenos, las ideas y esencias puras, pues, según Mallea, crítico de la Metafísica y de Spinoza, la abstracción entraña una fuga vital. Es la conciencia de una «filosofía de la resolución», de la acción constitutiva para la liberación del pensamiento y la sociedad, elaborada a partir de tanteos filosóficos, indagaciones, y no la subordinación a los sistemas y estructuras discursivas, pues de tanto abstraer y fijar la solidez de la inteligencia sobre el objeto, hiela el desamor. Sin embargo, toda filosofía entraña un sistema, su propia arquitectura conceptual y desarrollo de la misma, fijado en otras racionalidades o paralógicas.

Mallea propone sacudirse la moral del inmigrante dogmático, moral intrusa y disolvente, es decir, sacudirse la carga xenofrénica de las mentes colonizadas que construyeron el Estado burocrático, homogéneo y frívolo, en vez de ser el Estado surgido de las virtudes populares y promotor de los «ocios creadores». El Estado aplicando esta política de la intromisión y la distorsión de los signos disminuye la memoria, la literatura de las regiones, el lenguaje transformado en «cosa líquida» y el “ç«estado líquido de la inteligencia general». Mallea con estas ideas precede las tesis de la «modernidad líquida» del sociólogo Zigmunn Baumann y, en otros temas, hace uso americano y vital de la expresión «metáfora viva», mucho antes que Paul Ricouer escribiera su celebre libro.

El pensamiento de Mallea estaría concentrado en la producción de una filosofía creada a partir de contextos americanos, intuiciones y giros lingüísticos que necesitan ser repensados y caracterizados con un esfuerzo imaginativo de más amplios referentes culturales, teóricos, sociales, dialécticos e históricos. O tal vez ha llegado al punto de desconfiar de la originalidad de la armazón teórica europea y se vea la necesidad de formularse en el siglo XXI, la cuestión de las otras filosofías, las otras sensibilidades y racionalidades desde la universalidad del pensamiento americano.

Para Mallea la fragmentación del Estado administrador amenaza con hacer pedazos cualquier intento de restablecer la unidad nacional, la continuidad libertaria, el gesto de donación, la conjunción, la pasión y la voluntad que está en los orígenes argentinos. El escritor propone, entonces, la expresión de nuevo cuño, «filosofía de la resolución», es decir, la toma de conciencia, cada vez más acusada, acerca de la unidad política y la acción para transformar el Estado. Y toda unidad y acción responde a una necesidad y ésta es por naturaleza creadora. El acto de hacer la resolución significa romper con las filosofías de las esencias y con la actividad dependiente y reflejo de las cosas e ideas importadas y ejecutadas por el burocratismo y los hombres medios; y generar, a partir del «vital nutrimento», y de «los legítimos valores», un pensamiento emancipador.

La crisis argentina descrita por Eduardo Mallea es política y se transforma en crisis de la cultura nacional, y esta disfuncionalidad que también es histórica forma una sociedad de ficciones y prejuicios, de vida rutinaria y sin color, es decir, el país de la vida blanca. Eduardo Mallea con la «filosofía de la resolución» despliega una filosofía del cromatismo de las regiones en su potente valor cultural y la conciencia de lo propio anima una filosofía de la existencia en vísperas de un pensamiento creador americano.

 


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