Fragmentos Mi Simón Bolívar

Fernando González

[¿Existe acaso, dentro y fuera de nuestras fronteras, un personaje más importante que Simón Bolívar, cuya vida dedicada a las ideas libertarias no haya sido interés supremo para historiadores, filósofos, escritores, artistas y un gran etcétera? El padre de la patria, héroe de la unidad, de la integración, de la emancipación, autor del proyecto de la gran nación suramericana encarna todo lo que queremos ser y hacer. Hoy que se conmemoran 187 años de su muerte, volvemos a él, a su legado, a su vida, desde la palabra de Fernando González, quien escribiera Mi Simón Bolívar en el año 1930. En él, el autor —a través del personaje Lucas Ochoa— inventa, crea su propia imagen del Libertador, y entonces nos dice: «en Santiago de León de Caracas había nacido, a la una de la mañana del veinticuatro de julio de mil setecientos ochenta y tres, un español criollo, heredero de toda la energía de los conquistadores, y que en su corta vida de cuarenta y siete años, cuatro meses y veinticuatro días había cumplido los siguientes principios en que se resume la actuación de la energía humana:

I. Saber exactamente lo que se desea;
II. Desearlo como el que se ahoga desea el aire;
III. Sacrificarse a la realización del deseo.
Este hombre fue SIMÓN BOLÍVAR.

Encontrada la belleza humana, se aisló Lucas de sus conciudadanos y se entregó durante años a realizar en sí mismo al héroe». Veamos el resultado]

Letras Ccs

Fernando González

Buscaré a don Simón por todas partes, en los libros y en el cerebro de todos los compatriotas que leen. ¿Cuántos son? ¡Si pudiera ir hasta Santa Marta para hojear el álbum de autógrafos de todos los visitantes! ¡Es un documento psíquico!

Así se irá creando en mí. Es una obra como la gestación, y de pronto pariré; la mañana menos esperada pariré al hombre suramericano.

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Treinta y tres volúmenes grandes de O’Leary; varios de Papeles de Bolívar; la Historia de la Gran Colombia, en cuatro tomos, por José Manuel Restrepo, muy difícil de leer; discursos y proclamas; el Diario de Bucaramanga, por Luis Perú de Lacroix; críticas a este diario; Memorias del general Tomás Cipriano de Mosquera; las obras de Decoudray Holstein, y de Jerónimo Espejo; el Bolívar de Mancini, de Vaucaire, de Marius André, etc., etc. Panegíricos, memorias de sus generales, estudios especiales sobre Bolívar guerrero, pensador, político, constituyente de patrias, diplomático. Documentos acerca de la creación de Bolivia. Trescientos veinte volúmenes y varias crónicas viejas, periódicos antiguos, cuarenta retratos, autógrafos; quince mapas de Suramérica y sus fracciones. Todo eso está aquí, al frente de Lucas Ochoa, quien es la araña en medio de su tela.

Bolívar está informe aún. Su vida y recuerdos están dispersos por la inmensa tierra que recorrió, luchando por la gloria de independizarla, de formar hombres libres que lo aclamaran.

Vida de ritmo acelerado. Fue una hoguera sin intermitencias. Nació, triunfó y murió.

Luchó contra sus hermanos de ultramar, porque esta tierra era suya, para reclamar la tiranía activa de los conquistadores. El prototipo del criollo; encarnó el orgullo del criollo. España venía favoreciendo a los mulatos contra la nobleza americana, contra los nietos de conquistadores.

Para vencer se atrajo a todos con la diplomacia más intensa. Fue su gran labor. Se atrajo llaneros, granadinos y peruanos. En Venezuela luchó con gente indómita: Piar, Mariño, Bermúdez, Páez, Arismendi… Por eso, el período más admirable de su vida es hasta 1819. A Miranda lo despedazaron. Bolívar se hizo temer con el fusilamiento de Piar; se hizo admirar y amar, e hizo nacer el sentimiento de patria, al crear las glorias de Girardot, de Ricaurte y al fundar la Orden de los Libertadores. Se convirtió en el dispensador de la gloria. Apenas terminó la lucha, lo devoraron las furias. Los mulatos tomaron en serio la igualdad en el sentido de ser todos presidentes: por eso lo llamaban tirano.

¿Cómo soportar un emperador, pues hay hombres que son emperadores aun en el destierro?
La realidad no es igualitaria, sino superadora. Estaba atormentado, difamado, él, que «vivió de la opinión de los hombres». Desde 1826 no se oían las voces glorificadoras; no había sino editoriales inmundos de Florentino González, Luis Vargas Tejada… ¡El periodismo suramericano! En Venezuela todos querían mandar, y en la Nueva Granada la hipocresía de los hijos de seminario formaba el periodismo. A nadie se le ha venido encima la realidad de un modo más aplastante. Fue el último conquistador.

¡Qué soledad en este hombre! Su acción a impulsos de la gloria, percibida auditivamente. Pero no tuvo ni un solo amigo; hombres a quienes ascendía.

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Voy por la calle discutiendo con él, con sus generales y con sus escritores. ¡Mi espíritu está loco!

No supe cuándo llegué a El Poblado para comenzar mi paseo a pie: al detenerse el tranvía, me di cuenta de que venía conversando con Bolívar. Está dentro de mi alma, metido en mis deseos, pasiones e ideas y hay una lucha terrible. ¿Será la brega poderosa de mi subconciencia para asimilárselo? ¿Triunfarás tú, hombre inquieto, hombre de a caballo, dominante? ¡Cuán hermosa su vida, cuán unificada! ¡Pero no me vencerá! ¡Vete, genio, a mi subconciencia!; ella te elaborará, te revivirá. Así me decía a mí mismo al emprender el camino de la montaña, y agregaba: No pensaré más; voy a detener este rumiar. Ya siento el ruido de la sangre en mi oído izquierdo. Ahora no pensaré en nada. Dejaré que mi energía flote en los espacios; daré mi atención no más que a la brisa, a las gramas mañaneras cubiertas de perlas. Mi oído absorberá la energía de los pájaros cantores; hay uno que silba así: Pi-i-i-i-o, Pi-i-o, Pi…

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Lo veía recorrer, como un poseso, a Caracas, el 26 de marzo de 1812. ¡El coronel Bolívar! Los curas predicaban que ese terremoto era un castigo divino. Él, en mangas de camisa, joven, pálido, gritaba a los curas: «Si la naturaleza se opone, lucharé contra ella». Hizo callar a un predicador, amenazándolo con la espada. Es el acto que más admiro yo en Bolívar: ¡en Suramérica, hacer callar a un predicador español, amenazándolo con la espada! Esto no lo podemos entender sino nosotros; ¿cómo podrá entenderlo Ludwig? Lo veía en Pativilca, en el Perú, enfermo, al comenzar a declinar:

«Si los españoles no bajan, subiré y los venceré».

Lo veía en Casacoima soñar como un loco, hundido en un pantano, describiendo el futuro de que estaba grávido.

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He perdido el control. Bolívar me persigue. Logro dominarme, y apenas me vuelve la salud se me presenta nuevamente, ya un poco más vivo; se me ocurre algo acerca de él, y oigo que me dicen:

Apunta eso… ¡Cuán hermoso es el trabajo de la subconciencia cuando está elaborando!

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Tengo una viva curiosidad por él. A cada instante me llegan nuevos libros, sin buscarlos. Todo acontecimiento, aun los más triviales, se relaciona con él. Sucede que cualquier objeto es centro del universo: ¿Queréis conocer un río? Es preciso penetrar en sus selvas riberanas, recorrer sus afluentes, estudiar fauna, flora, geología. El río es un mundo.

Las tierras que influenció; sus hombres, su época; todo es Bolívar. Todos nos relacionamos con el primer movimiento. Cada ser está empapado del universo; cada hecho es el universo. ¡Qué soberbia unidad! Mi don Simón se va convirtiendo en dos mil volúmenes, se va dilatando en el espacio y en el tiempo. ¡Cuán grande es el hombre y cuán pequeño! Pero advierta bien, querido lector, que mi idea no es la de Pascal: él hacía referencia al alma que perdura como un angelito de Rafael.

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Biografía. Y la vida no se debe escribir sino vivir. A mí no me importa Simón Bolívar sino como un estímulo para sentirme más vivo, para absorber más energía, porque yo soy también una gota de conciencia. ¿Qué me importa ser un espejo y devolver la imagen muerta, llena de flechas? Quiero sentirlo vivo a mi lado. Me interesa este hombre que vivió al aire libre, que nadó en el Orinoco, en el Apure, en todos los ríos de Suramérica; que vivió una vida con ritmo acelerado, voluntarioso; el hombre que más ha montado a caballo y que más se ha mecido en hamacas. Esto último revela la influencia en mí de los yanquis, para quienes todo es lo más: la mujer más gorda, el hombre más flaco del mundo. Pues bien: nosotros, los suramericanos, ¡señores yanquis!, tenemos el hombre que más ha montado a caballo.

Hace meses que me he rodeado de retratos del Libertador. Pero su vida hay que extractarla de una maleza de hombres mediocres. Todo el elemento humano que lo rodeaba, era mediocre, y la literatura de los panegiristas, biógrafos y comentadores, es lo más terrible: irritaciones meníngeas.

Lo más curioso es que todos los retratos, pintados o literarios, son diferentes. Es porque era todo anímico. En quien impera la carne y los huesos es muy fácil la fotografía, es cuestión mecánica.

Pero el alma se sale de las leyes del mundo físico: la Santísima Trinidad, cuyo nombre llevaba, derramó en él la gracia. Todos hemos visto ciertos niños que tienen «aura» y que nos modifican el psiquismo, al verlos. Tenerlos presentes y sentir euforia, es obra de milagro; así debieran ser todos los niños colombianos. Hay hombres que parecen más pequeños de lo que son, más flacos, y otros que nos ocupan todo el espacio. ¿Cuál es la realidad? ¿La métrica o la psíquica? Bolívar era, en cierto modo, un ser de otro mundo, diferente al del sistema métrico; no era fotogénico.

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Voy a animar al hombre que vivirá conmigo en «El Noral». Ahora, en 1828, tiene 45 años y yo tengo 35; pero él revela 50. Comeremos legumbres, arepa, y él preparará la ensalada, según las damas de Francia; los domingos, oiremos misa sin cruzar las piernas al sentarnos; hablaremos de Voltaire, algo de los italianos e ingleses, y mucho de literatura española. Leeremos los clásicos latinos y griegos, en francés.

Tiene el General mucho espacio entre la nariz y la boca; como en 1825 se afeitó los rubios bigotes y patillas, se percibe más esa característica del sensual, y la cara parece más larga.

O’Leary lo midió: cinco pies, seis pulgadas inglesas. Durante una hora me he ocupado en reducir esto a centímetros y en hacer señales en la pared. ¡Era muy pequeño! Un metro con sesenta y siete centímetros. Yo tengo un metro setenta y tres, y soy de estatura mediana. Después me fui a buscar individuos de un metro sesenta y siete centímetros a la carretera, para tener la percepción visual de los de ese tamaño.

¡Qué individuo tan inquietante! Patillas y bigotes rubios, y pelo y ojos negros en una cara larga, morena, hacen un rostro inquietante. Así era hasta 1825. Agreguemos a esto los dientes perfectos, la nariz recta, menudo y endurecido el cuerpo y una vibración emotiva constante.

La nariz recta, o sea, no forma ángulo con la frente.

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O’Leary hace notar que el pecho es delgado, y así es, pero tiene una gran capacidad de la caja torácica. En un momento en que se estiró, levantó los brazos, hundió el vientre y sacó el pecho, se percibía el poder pectoral. Así, no me pareció delgado; en tal sentido, no estoy de acuerdo con O’Leary, a pesar de que el Libertador murió tísico: esta enfermedad se le desarrolló en Bogotá, en septiembre de 1828. No hay que confundir la capacidad ósea con la gordura.

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Respecto de las piernas, vi que eran muy delgadas, pero los músculos se percibían, no hipertrofiados, formando surcos y vendajes. Es un hombre sin grasa. Su gran órgano es el cerebro poderoso, y también el cerebelo; la frente se abomba y el cerebelo es protuberante, aunque no parece cabezón, a causa de que el eje fronto-occipital es muy largo; en las sienes se estrecha la cabeza. Tejido adiposo, no hay; todos son especializados.

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En el día de hoy estamos en los Llanos, en el Orinoco, en 1819, y tenemos 36 años. Antes de que reviva en mí y que me responda rápida y ásperamente, tendré que gastar días y días en mi método:

1° Levantarme todas las noches a la una y meditar en algo acerca de él.
2° Seguir su mismo régimen dietético y amueblar la casa como si él viviera aquí, descansando durante unos pocos días de sus grandes trabajos, de los insultos de los rábulas bogotanos, encabezados por Francisco de Paula Santander. Su Excelencia está descansando en la casa de su amigo, el extranjero Lucas Ochoa. Como siempre, en casa de extranjeros.

Decía que estábamos en los Llanos, quizás entre los ríos Apure y Arauca, a orillas del Cunaviche, en 1819; que el General tiene 36 años, si bien parece de siete u ocho más, debido a las arrugas de la frente y a su gran autoridad. Por ejemplo, siempre tuve la imagen de Bolívar como la de un hombre alto. Nadie concibe que un grande hombre sea pequeño y joven, a pesar de que todos son pequeños, endurecidos. Este es el gran problema de los Estados Unidos:

¿Cómo podrán agrandar el alma para que no queden desanimados esos corpulentos?

Mientras estamos allí, un oficial de la Legión británica escribe algunas notas, de las cuales copio lo siguiente:

«Su rostro es delgado y expresa paciencia y resignación, virtudes de que ha dado pruebas suficientes, y que le honran tanto más cuanto que su carácter es muy imperioso.

Está rodeado de hombres a los que es superior por nacimiento y educación; no tiene que esforzarse para que sus maneras parezcan elegantes.

Lleva un casco de dragón raso, viste una blusa de paño azul con alamares rojos y con tres tiras de botones dorados; un pantalón de paño tosco, azul también, y alpargatas.

Está sentado bajo un palodeagua, resguardándose del gran sol; empuña una lanza, ligera, con una banderola negra que tiene bordados una calavera y unos huesos en corva; debajo de los huesos una divisa que reza:

«Muerte o libertad».

Al lado del General están muchos oficiales, casi todos de color; Páez y Urdaneta son blancos; hay también un escribano, a quien el General llama Luquitas, en tono burlón, pero cariñoso.

Los oficiales están vestidos de camisas hechas con varios trozos de pañuelos de diversos colores, con las mangas anchas; amplios calzones blancos, en bastante mal estado, que les llegan hasta las rodillas, y sombreros hechos con hojas de palmera y adornados con plumas vistosas.

Todos llevan alpargatas, y todos, sin excepción alguna, llevan grandes espuelas de plata o de cobre, de cuatro pulgadas de diámetro, y algunas de mayores dimensiones.

Bajo los sombreros llevan pañuelos de seda o de algodón, para preservarse la cara de los ardores del sol llanero».

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Los ojos. Esta noche meditaré en los ojos, que son la parte más sensible, por medio de los cuales el hombre se hace universal. Por medio de ellos nos unificamos con el panorama. En esta meditación estaré ante la luz, cuyas vibraciones son muy rápidas; casi estaré lejos de los conceptos de peso y densidad. Las emociones más sutiles pasan por estos órganos.

Su Excelencia no mira al interlocutor, pero cuando se apasiona lanza miradas terribles; en tiempos normales mira hacia un lado mientras habla. El color de ellos es castaño oscuro, cambiante con las emociones; tiene profundas las cuencas y cuando está en tensión emotiva, prevalece el negro en los ojos, que relumbran; durante la pasión amorosa domina el castaño.

Su Excelencia cuida mucho de estos órganos y por eso los reserva; no está gastando la mirada, sin motivo. Esto lo aprendió de los indios yaruros. Para los brujos indios, el ojo es el arma terrible que no se debe emplear sino en casos graves. Al General no le agrada que lo miren al rostro.

***

La voz. La voz metálica, parecía un clarín, dicen los que lo conocieron en su juventud. El general
Miller, quien lo conoció en 1824, dice que su voz era gruesa.

Es fácil la explicación: el Libertador comenzó a envejecer rápidamente en 1824. Su órgano principal, la causa de su genialidad, fueron las glándulas intersticiales: de ahí su gran voz metálica y su figura inquieta, para la que eran impropios los salones. No estaba bien sino en el ámbito suramericano. Desde 1824 comenzaron a degenerar esas glándulas, en provecho de las seminales, y por eso su voz se fue haciendo baja, voluminosa.

Fragmentos tomado de Mi Simón Bolívar, de Fernando González (1930) Ediciones Otraparte


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