Gina Haspel sí merece que la llamen cuaima

Clodovaldo Hernández

Las justas y nobles luchas por la igualdad de las mujeres y las niñas han hecho que la palabra “cuaima” sea políticamente incorrecta. Sin embargo, en el mundo existen tipas que se merecen ser llamadas cuaimas… y al hacerlo, uno se queda corto, cortísimo.

Una de ellas es Gina Haspel, la nueva directora de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, la tenebrosa CIA, quien se ha convertido, para desgracia de los movimientos feministas honestos, en la primera mujer en ocupar ese cargo.

Lo que normalmente es una noticia positiva para las y los feministas (la primera mujer en llegar a un cargo determinado), esta vez se puede considerar una desgracia. Saber que hay mujeres capaces de actos tan viles y abyectos es decepcionante para quienes creen que las mujeres no son iguales a los hombres, sino muy superiores.

Decir que Haspel es una cuaima es ser condescendientes. En realidad es una despiadada criminal de guerra que ha revelado sus delitos de lesa humanidad de la manera más desembozada. Los ascensos que ha recibido a lo largo de su ignominiosa carrera han sido por su talento para la tortura y por su falta de escrúpulos.

En el mismo país que se arroga el derecho a juzgar a todos los demás (incluso a sus estirados aliados europeos) en materia de derechos humanos, esta señora ha sido promovida, primero a subdirectora y luego a directora de la CIA luego de haber reconocido públicamente que dirigió una cárcel clandestina en Tailandia, donde la práctica común era obtener confesiones de las personas ilegalmente detenidas a punta de tormentos físicos, entre ellos el conocido como “submarino”, terrible forma de ahogamiento parcial o asfixia simulada.

Cual si fuera una gran hazaña en combate, a Haspel se le reconoce que participó en este tipo de “interrogatorios”. Y a eso lo llaman “operaciones de inteligencia”.

Si hubiésemos visto a una doña tan despiadada en una película o serie gringa, habríamos pensado que son exageraciones de los guionistas de Hollywood, siempre necesitados de más sangre, más crueldad, más fanatismo. Sin embargo, la señora no es un personaje, sino alguien real que ha cometido las barbaridades relatadas más todas las otras que todavía no se han conocido, pues a lo largo de 30 años de trayectoria en la CIA pasó la mayor parte del tiempo en operaciones “encubiertas”. Podemos echar un cálculo de lo que hizo entonces.

La doble moral gringa

Algunos dirigentes políticos estadounidenses se han declarado alarmados con las designaciones de Donald Trump, pero su alarma tiene el aspecto típico de la doble moral gringa.

Trump ha nombrado jefe de la diplomacia (secretario de Estado) a quien era su principal espía, Mike Pompeo, director de la CIA durante los primeros catorce meses del magnate en la Casa Blanca. Para sustituir a Pompeo ha llevado a la dirección de la agencia de espionaje a una esbirra como Haspel.

El senador demócrata Ron Wyden advirtió que la designación podría no ser aprobada por el Senado. Señaló que “si ella aspira a ocupar posiciones de jerarquía no puede seguir ocultándose los hechos perturbadores de su pasado”. No está mal la crítica, pero revela que incluso a los políticos más liberales de EEUU les parece pertinente que la CIA cometa esos desafueros, siempre y cuando sus ejecutores no lleguen a los altos cargos.

A Haspel no la acusan las organizaciones de derechos humanos más conocidas ni tampoco los organismos multilaterales (ambos están ocupados mirando hacia otros lugares… adivinen cuáles), sino autoridades dentro de su propio país. Durante la administración de Barack Obama se investigaron los abusos cometidos contra presos extranjeros en el contexto de la “lucha contra el terrorismo”. Fue, principalmente, una cuestión declarativa, de relaciones públicas. Personas como Haspel tal vez fueron retiradas de sus actividades abiertamente ilegales, pero de ninguna manera se les sancionó. Así era como gobernaba el Premio Nobel de la Paz.

Al llegar al poder Trump, los torturadores “submarinistas” pasaron a ser estrellas principales, pues el mandatario expresa a cada paso su condición de ultraderechista y supremacista blanco y eso incluye permiso para torturar gente pobre de otros colores. En lo que respecta a los martirios a supuestos enemigos de EEUU, Trump aplaude. Igual que quien implantó las cárceles clandestinas, George W. Bush, el actual presidente considera héroes a los perpetradores de los tormentos. El ahora secretario de Estado, Pompeo, ha llegado al extremo de afirmar que el submarino no es en realidad una tortura, sino una forma severa de interrogatorio.

Documentos sobre las actividades supervisadas por Haspel dan cuenta de un caso en el que al detenido le aplicaron asfixia simulada más de ochenta veces en un mes, le impidieron dormir durante días, lo metieron en un ataúd, lo alimentaron forzosamente por el recto, le golpearon la cabeza contra las paredes. Luego, como si hubiese sido una infeliz ocurrencia del interrogado, el informe dice que “terminó perdiendo su ojo izquierdo”. Tras semejante “trabajo” los interrogadores de la CIA consideraron que, en realidad, el pobre sujeto no sabía nada. Lo dijeron elegantemente: “No estaba en posesión de ninguna inteligencia útil”.

Adicionalmente, a Haspel se le acusa de haber participado en los intentos de eliminar los videos en los que sus subordinados realizaban esas tareas. Pero otro siniestro personaje de las catacumbas de la CIA, el puertorriqueño José Rodríguez, ex director de Operaciones Clandestinas, asumió la paternidad de la decisión y hasta publicó un libro al respecto. “Borren esas imágenes feas”, fueron las instrucciones de Rodríguez en aquel momento. Gracias a ese testimonio, Haspel podría escapar ilesa de las críticas de algún senador fastidioso.

Diga el lector (o la lectora) si no merece que la llamen cuaima.
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Le decían “la Sangrienta”

El único funcionario de la CIA que ha sido procesado por el caso de las torturas en cárceles clandestinas es John Kiriakou… ¿saben qué hizo? Echó el cuento de lo que pasaba en esos lugares llamados “sitios negros”.

En un reportaje publicado por Democracy Now!, Kiriakou se refirió específicamente a la actitud de la ahora directora de la CIA: “La llamábamos ‘Gina la Sangrienta’ porque ella parecía disfrutar del uso de la fuerza. Siempre era la primera en proponerlo”.

Kiriakou explico que “Gina la Sangrienta” formaba parte de un grupo de Contraterrorismo que se había, en cierto modo, enviciado con el placer que les producía causar daño a los detenidos. “Todo el mundo sabía que la tortura no funcionaba. Gente cono Gina torturaban por gusto, no por sacar información”.

El año pasado, cuando Haspel fue designada subdirectora de la CIA, un grupo de abogados alemanes (el Centro Europeo por los Derechos Constitucionales y Humanos) solicitó a la Fiscalía de su país abrir un proceso legal contra la funcionaria estadounidense. Argumentaron que la tortura debe ser perseguida venga de donde venga y tenga el acusado el cargo que tenga.

Wolfgang Kaleck, vocero de esa organización, dijo que ahora que ha sido ascendida, los países europeos deberían declararla persona non grata porque “a los torturadores no se les debe permitir viajar libremente por Europa”.


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