Gruesas lágrimas descendieron por su rostro

En la vivienda comenzaron a desaparecer algunas cosas de valor. Primero fueron unos peluches, luego una plancha, un radio, unos audífonos…

“No me dejen solo. No me vayan a abandonar, por favor”, dijo entre sollozos el adolescente cuando era sacado por la policía del apartamento donde vivía junto con su familia en un sector del oeste de la ciudad. Iba con la cabeza gacha y su andar despacio. Dos policías circunspectos y de lentes oscuros lo llevaban tomado de los brazos. Su destino ahora lucía mucho más incierto que hace algunos días, pues debía enfrentar a la justicia o, en todo caso, (eso lo decidirían los jueces) someterse a un riguroso tratamiento médico psiquiátrico, pero sea cual fuere, siempre bajo el tormento-remordimiento de haber asesinado a su propia madre.

La tía Felipa había aconsejado a María Esther de que le recogiera la cuerda a ese muchacho y que no permitiera que él le gritara ni le faltara el respeto. Se lo dijo una tarde en que Felipa la había ido a visitar. Ya iban a ser las cuatro de la tarde cuando llegó BH, quien se había quedado a dormir en la calle y llegó con signos evidentes de haber estado ingiriendo licor. El muchacho estaba como hiperquinético, acelerado. Felipa sospechaba (y miren que la tía no se pela casi nunca en sus apreciaciones) que la conducta del jovencito era un signo evidente de que además andaba en drogas, pero de eso no le hizo ningún comentario.

María Esther tan solo le preguntó dónde había pasado la noche. Eso bastó para que el muchacho se la tragara a todo gañote. Le gritó cosas como que se sentía preso en su propia casa, vigilado permanentemente, que ya estaba harto, que le querían elegir hasta los amigos y las novias, que ya él tenía 16 años y sabía lo que le convenía y tenía derecho a vivir su vida, que él no era ningún gallo, que sus amigos se burlaban de él porque lo tenían sometido.

María Esther intentó explicarle que ella era su madre y tenía derecho a preocuparse por él, pero esto lo enfureció más: “¡Ah no, chica! Ya no te oigo más, estás como fuerte”, dijo poco antes de encerrarse en su cuarto.

Cambios

En la vivienda comenzaron a desaparecerse algunas cosas de valor. Primero fueron unos peluches, luego una plancha, un radio, unos audífonos, unos jeans, los cargadores de los celulares. El caso era un misterio y todas las sospechas recaían sobre Juan Carlos, un sobrino de María Esther que estaba de visita en Caracas, pero el sobrino se fue y las cosas continuaron desapareciendo.

Aquella tarde hubo un olor muy fuerte en la vivienda. Era como una mezcla de azufre con basura, o carne podrida, pero nadie sabía de dónde provenía. Todos se marcharon a sus trabajos y centros de estudio y María Esther pidió permiso para salir un poco más temprano. Llegó a la casa y de inmediato comenzó a revisar la habitación de su hijo. Debajo del colchón halló una media con un puñado de balas y en una bolsita plástica había una panela de monte apelmazado. No tuvo tiempo de enterarse de que aquello era marihuana, porque alguien la tomó por detrás y comenzó a apretarle la garganta con fuerza.

María Esther intentó luchar, pero sentía que las fuerzas la abandonaban. El mundo se le terminó de derrumbar cuando la persona que la apretaba habló. Descubrió que quien intentaba asfixiarla era su propio hijo. Desde ese instante no opuso más resistencia, gruesas lágrimas comenzaron a descender por su rostro.

WILMER POLEO ZERPA/CIUDAD CCS

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