El humor en Simón Rodríguez, notas iniciales

Douglas Bohórquez

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Lo que propongo aquí en este texto no son sino algunas notas de lectura de la obra de Rodríguez con especial referencia a su humor. Obra de una original ensayista,
de un estilo muy particular de escritura y de vida.

Un irreverente de actitud transgresiva o disidente, de rechazo a la estratificada y jerarquizada sociedad colonial y de las nacientes repúblicas americanas, aspectos en los
cuales se ubica su humor irónico y a veces cáustico.

Afirmemos, a manera de supuesto, que en Rodríguez su modo de asumir la vida a partir de la errancia y la condición misma de expósito y rebelde, propician en él un sentido de la extrañeza y un humor herético muy particulares, que se constituyen en rasgos distintivos de su
personalidad y de su escritura.

En efecto, como una suerte de corriente alterna, a la vez emotiva y de inteligencia sensible, el humor herético de Rodríguez impregna la mayor parte de su producción escrita, haciéndose visible fundamentalmente a través del modo sinuoso de la ironía y la parodia, pero también a través de esa suerte de demonio lúdico que lo lleva a contrastar diversos tipos de letras y signos y a jugar con los espacios en blanco de la página, intentado «pintar» una nueva educación y un nuevo arte de vivir y
de gobernar para unas nuevas sociedades americanas.

Lo que está documentado de su biografía revela, como lo hemos señalado, un estilo de vida libertario, nómada, en lucha constante por su independencia de criterio y de
actuación.

De allí su temprana decisión de partir de su ciudad natal (Caracas) y de no tener dependencias afectivas: ni de hogar, ni de familia, ni de lar nativo, lo que se corresponde con su posible identificación con una de las máximas centrales de la filosofía de los cínicos, tal como lo sugiere García Bacca:

De Diógenes el cínico se cuenta que durante eldía, a plena luz, se paseaba por Atenas con una linterna encendida, «buscando, decía, un hombre»…

De Simón Rodríguez se ha conservado el retrato hecho por un discípulo suyo: A. Guerrero en Latacunga, hacia 1850.

Simón Rodríguez se dirige, al parecer, a casa por la noche, llevando una especie de linterna sujeta en la parte inferior del bastón, para alumbrar el camino. (García Bacca) Bolívar, que lo conoció muy de cerca señala este sentimiento de errancia, de «cosmopolitismo», y de desapego que hacen parte de su formación y de su carácter.

En carta que dirige a su hermano Cayetano Carreño, Bolívar le dice:

…su hermano de usted es el mejor hombre del mundo, pero es un filósofo cosmopolita, no tiene patria, ni hogares, ni familia, ni nada». Ciertamente, mucho del humor y de la conducta de Rodríguez lo acerca a esta antigua filosofía que hace del desprendimiento, la austeridad, la práctica de lo elemental y el gusto por la provocación, toda una ética y un arte de vivir. (Onfray, Michel.)

A la vez instrumentos de conocimiento y de representación sensible del mundo, ironía y parodia son en nuestro autor modalidades figurativas de su imaginación y de su humor irreverente y transgresor. Uslar Pietri, al comentar el aspecto amoroso y sentimental de Rodríguez, ya en los años de su vejez, cuenta una anécdota que mucho dice de su humor irónico, cínico:

Las más de las veces vive amancebado con humildes mujeres de pueblo. Un día se le marcha una con galán y el viejo deslenguado le dispara al raptor esta inesperada misiva: «Muy estimado amigo: sírvase devolverme mi mujer, porque yo también la necesito para los usos a que usted la tiene destinada. (Uslar Pietri, Arturo)

Su humor, como su vida misma no conoce fronteras: es corrosivo, interrogativo, satírico, desmitificador.

Penetra para desacralizar y confrontar. Es crítico del poder y a veces parece destilar algo de esa bilis negra con que los antiguos asociaban humor y melancolía. Ya en los años finales de su vida, viéndose despreciado por sus propios «paisanos», en carta que dirige al Sr. Don José Ignacio
París de fecha 30 de enero de 1847 le dice:

Ya estoy cansado de verme despreciar por mis paisanos.

Abogaré, si, por la primera enseñanza, como he hecho siempre, porque mi patria es el mundo, y todo los hombres mis compañeros de infortunio. No soy vaca para tener querencia, ni nativo para tener compatriotas.

Nada me importa el rincón donde me parió mi madre, ni me acuerdo de los muchachos
con quienes jugué al trompo.

La ironía y la parodia hacen parte esencial de una escritura que es sorpresivamente moderna en su auto-referencialidad crítica.

Sociedades Americanas y Luces y Virtudes Sociales son libros que se van haciendo en la misma medida en que se van fragmentando y auto-comentando irónica y paródicamente, animados por un extraño pero incisivo demonio lúdico y experimental, como no lo expresara ningún autor hispanoamericano de su época.

Es este ensayar experimentando otra forma de escritura, desde una ironía y parodia que constantemente hacen guiños al lector, lo que le otorga a sus textos este carácter moderno, irreverente, que es absolutamente ruptural en su época y aún hoy solicita nuestra atención y sorpresa.

Parodiar e ironizar los modelos expresivos de su época significó no sólo romper con una literatura grave y solemne, dada a la oratoria ceremoniosa, sino más aún, romper con modelos de pensamiento absolutamente constreñidos, sofocados por el peso de una lengua y una moral coloniales.

Transgredir desde el humor, desde la ironía y la parodia, desde la sátira, desde los juegos de palabras y de frases, desde una escritura que se hace y se deshace en su composición y en sus sentidos, significaba para Rodríguez golpear en la lengua española de su época, esa piedra fundacional de una cultura y de una ética, fuertemente atada a la Iglesia católica y garante del poder colonial hispánico.

De allí su insistencia en la necesidad de reformar la lengua, de escribir como se habla y sus constantes ironías con respecto a instituciones normativas como la Academia Española de la Lengua.

Por eso dice, no sin ironía: “Es regular que, con el tiempo, llegue la ortografía a simplificarse y fijarse…puesto que cada año sale una nueva, con algo de mas o de menos”.

La ironía y la parodia en tanto que figuras propias de ese humor irreverente, herético, de Rodríguez, son mecanismos retóricos utilizados para hacer pensar al lector.

De allí que la lectura de sus textos ha de involucrar una conciencia crítica del lenguaje, de la pluralidad de sentidos que se esconde detrás de cada palabra, de cada noción, de cada juego de frases o de conceptos.

Tal la ironía y la parodia con la que se alude a las relaciones entre autor, lector y editor que, en el contexto de la autoreferencialidad de la escritura, expresan una concepción irreverente del libro.

Este deja de ser una cosa sagrada, una mercancía-fetiche para convertirse en un instrumento de crítica social, educativa, política. Sociedades Americanas se inicia comentándose a sí misma, advirtiendo que:

Tan EXOTICO debe parecer
el PROYECTO de esta obra
como EXTRAÑA
la ORTOGRAFÏA en que va escrito
En unos Lectores excitará, tal vez la Risa
en otros…el DESPRECIO
… ….
De la RISA
podrá el autor decir
(en francés mejor que en latín)
Rira bien qui Rira le denier.

La auto-referencialidad de la propia escritura se vuelve paródica a través de los distintos nombres-espacios en los que el libro (Sociedades Americanas) se va haciendo y auto-refiriendo: prefacio, pródromo, proemio, prólogo.

Espacios en los que, como hemos señalado, se teatraliza irónica y paródicamente el libro que se ve así lúdicamente deconstruido y desmitificado a través de las alusiones críticas a las consagradas nociones de autorlector- editor.

El autor será… (aquí pondrá cada uno lo malo que le parezca)…

Pero no se trata de su persona… … Si alguien impugna debe ser con la laudable [intención de impedir que los lectores incautos se engañen.

Esto es lo que define su ensayar: jugar con este espesor plural del sentido que Rodríguez conoce a través del origen y etimología de cada palabra para despertar nuevas
interpretaciones.

La ironía y la parodia provocan esta refulgencia del sentido que reta la capacidad interpretativa del lector. La utilización de un lenguaje desenfadado, en diálogo permanente con formas y giros provenientes del español de uso popular y oral enfatiza este carácter irónico de una escritura que es el reverso paródico, irreverente, de los grandes libros y tratados de la Ilustración.

De este modo, al libro como objeto de culto, Rodríguez propone el anti-libro: la escritura que se hace, desconstruyéndose a sí misma, en los filosos pliegues de la ironía y la parodia.


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