Inmortal Fidel

Ivette Fernández

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Ivette Fernández

Porque no bajó la cabeza ni dobló sus rodillas en señal de sumisión. Porque no dijo Yes, míster, ni asintió ante la primera oferta denigrante y desigual. Porque no sonrió para la cámara mientras una mano maliciosa proponía un jugoso trato para él y perjudicial para el resto. Porque no hizo repetir la historia de otros mandatarios que fueron mascotas y porque se negó al juego humillante de Estados Unidos de “haz lo que yo diga”. Por estos, y otros cientos de motivos, un barbudo soñador y corajudo se hizo célebre en el mundo entero.

De una pequeña isla del Caribe emergió Fidel. No se atrevió a poner en duda el valor de su propio pueblo como sí lo hicieron muchos presidentes tras la independencia de España. Antes de Fidel, sufrió Cuba amputaciones a su geografía, lamentó los más desiguales intercambios con su “buen vecino del Norte”, se volvió patio de juegos para gánsters y todo tipo de delincuentes, era blanco de humillaciones y afrentas.

Y los que hoy se asombran del rumbo que Cuba tomó, desconocen la historia que vivió la Isla antes y después del 59. Porque Cuba no sería ya menos y porque nadie se atrevería a decir, como osó el diario estadounidense The Manufacturer en 1889, que los cubanos eran vagos, flojos y carentes de moral.

Lo que escribiera en un magistral artículo José Martí, lo haría también verbo Fidel setenta años más tarde. Cada uno, en su momento, vindicó a Cuba. “Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter”, dijo el Apóstol José Martí y más tarde cumplió Fidel lealmente su enseñanza.

Otras lecturas le dieron a la tozudez de Fidel quienes no hicieron lo que él, porque eran de alma entreguista. Se convencieron a sí mismos, y a otros, de la supuesta existencia de un triste dictador allá por el Caribe. Su ejemplo puso a muchos al descubierto y por eso debían intentar minimizarlo.

Pero ese empeño no fue ni siquiera un centímetro posible.

Con pasión, patriotismo y verbo encendido condujo Fidel a Cuba tras la victoria de 1959. El líder mostró al mundo entero el amor propio de una pequeña nación que era y se sabía aguerrida. Pero tamaña osadía de una minúscula isla debía ser castigada.

Todo lo que se ha granjeado la Revolución cubana lo ha construido con bloques de moral. Porque, como dijera Eduardo Galeano, la Revolución cubana fue lo que a golpe de dignidad pudo ser, y no lo que quiso, por las represalias y zancadillas que le pusieron quienes no aceptaron tan gigantesca determinación.

Con Cuba habría que hablar de igual a igual, decidió Fidel y lo respaldó un pueblo entero. ¿Quién respeta a una soberanía que solo existe en discursos? Ser soberana le costó a la Isla el bloqueo más largo de la historia, ¿pero quién sabría el precio de la dignidad? Lo sabe Cuba ahora gracias a Fidel.

Porque no aceptó el menoscabo ni la humillación. Porque decidió que la postura correcta de un pueblo era la de estar de pie con la mirada en alto y no de rodillas o de espaldas en espera del golpe. Porque no deshonró la estirpe valiente de un pueblo por él heredada. Para quien aún se lo pregunta fue por estos, y otros cientos de motivos similares, que se hizo Fidel inmortal.

*Periodista Embajada de Cuba Caracas


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