Internet para mentir

Rafael Hernández Bolívar

24
24

Rafael Hernández Bolívar

Las redes sociales aparecieron en Internet como espacios digitales para compartir intereses, información, opiniones, etc. Las personas ingresaban a ese mundo a partir de sus relaciones de amistad, por razones de estudio o de trabajo, o por la necesidad gregaria de sentirse parte de un colectivo geográfico o social. Se fueron formando grupos de padres para compartir información sobre la educación de sus hijos, de viajeros que contaban sus experiencias e impresiones de lugares o países, lectores que compartían textos y comentarios, ciudadanos interesados en la arquitectura, en los animales, en la historia o la política o, sencillamente, personas interesadas en conocer a otras, etc.

Todo esto fue impulsado por plataformas informáticas cada día con mayores prestaciones: al texto se le agregó imagen, sonido y posibilidad de comunicación en tiempo real. Se fue decantando como lugar de encuentro global al potenciar la concurrencia de personas de todo el mundo. Un maestro de Achaguas podía formar parte del grupo de whatsApp de docentes jubilados de Argentina o de México. O un fanático de Los Beatles en Catia compartía canciones en Facebook con un zuliano que anda en la misma onda en Casigua El Cubo.

Pero muy tempranamente hicieron su aparición los intereses perversos y, con ellos, –para decirlo en términos coloquiales, pero precisos– la mala intención. Los valores de libre asociación, la libre expresión de las ideas, la honestidad y el apego a la verdad fueron distorsionados por empresas informáticas que espían los intereses y opiniones de los usuarios para luego diseñar campañas de venta o de propaganda ideológica que los convierta en clientes o seguidores. Campañas a la larga financiadas por empresas o gobiernos para imponer tendencias, para promover impresentables y convertirlos en presidentes de naciones o, al revés, para estigmatizar como tiránicos, gobiernos democráticos de claro origen popular.


Únase a la conversación