Jesús fue -y es- como cada quien se lo imagine

Clodovaldo Hernández

Puede haber sido una encarnación humana de la divinidad o puede haber sido un hombre con unas cualidades de liderazgo tan sobrenaturales que convenció a sus contemporáneos de que era el hijo de Dios. Los más escépticos entre los escépticos llegan al extremo de decir que puede haber sido un invento, una leyenda de las pequeñas urbes de entonces que se consolidó luego con los aportes literarios de los evangelistas.

Sea lo que haya sido —incluso si no fue nada—, Cristo se hizo Dios luego, en la mente (o mejor dicho, en el alma) de miles de millones de personas que han existido desde aquellos tiempos que en estos días se conmemoran.

Para escribir una semblanza de Jesús de Nazaret, uno puede pasarse años revisando bibliografía, tanto sagrada como pagana, y de seguro encontrará miles de maravillosas apologías que reseñan su santa vida, desde que fue anunciado por un arcángel y nació de una virgen, hasta que protagonizó una de las semanas más movidas que alguien pueda imaginarse, en la que lo juzgaron tramposamente, lo martirizaron con sadismo inusitado, lo mataron, lo sepultaron y luego resucitó.

El pretendido biógrafo también encontrará mucho material escrito por descreídos, apóstatas, cientificistas petulantes, arqueólogos religiosos, fanáticos de los ovnis, provocadores profesionales, mercachifles de la fe y conspiranoicos varios.

Cada uno de esos escritos le meterá en la cabeza alguna idea: desde la ya mencionada de que Cristo no existió hasta que fue un espía, un señor que estaba mal de la cabeza, un filósofo errante o un alienígena.

La mejor opción, ante semejante tarea, es contar el Cristo que vive en uno. Decir que es una idea, una fuerza, una inteligencia, una energía, una conciencia, una potencia… Y quién sabe cuántas cosas más que las palabras son incapaces de definir.

Cada quien, por supuesto, tiene la noción de Cristo sembrada desde tiempos muy tempranos de su propia vida, con los condicionamientos propios de la cultura en la que está sumergido. En mi caso, que vengo de la formación cristiana ingenua y cristalina de mi madre, del catecismo que te impartían a principios de los años 70, y de las influencias de una terrible industria cultural, Jesús era un personaje que, cada año, pasaba de ser el angelical niño de diciembre al torturado prisionero de la corona de espinas en marzo o abril.

Pasé mi infancia viendo las procesiones de los miércoles y viernes santos alrededor de la imponente iglesia de Antímano.

El miércoles, el sufrido Nazareno, seguido por una virgen de luto cerrado, con el corazón apuñalado (la Dolorosa); y el viernes, el Jesús muerto, en su santo sepulcro, precedido por la cruz vacía y escoltado por San Juan, la Magdalena y, de nuevo, la Dolorosa, todos al compás tétrico del Popule meus, del maestro José Ángel Lamas. Así era mi Jesús de entonces. Francamente, me asustaba un poco.

Luego, con el paso por la aguerrida universidad de los 80 y merced al contacto sin anestesia con la realidad que implica el periodismo, me decanté por un Cristo más contestatario, irreverente, el que se le alzó al Imperio de entonces, el que expulsó mercaderes de un templo que ni siquiera era todavía su templo,  el que nació en un pesebre y murió en una cruz.

Con ese me he llevado mejor.

¿Y cómo es él?

Lo que pasa con su historia, también ocurre con su imagen. Cada quien tiene la que le han metido en la cabeza ancestralmente, pero no está de más preguntarse cómo era él en realidad.

¿Cómo hace uno para librarse de la imagen estereotipada de Jesucristo, esa que nos ha llegado desde nuestra más tierna infancia a través de las esculturas de las iglesias, las estampas con oraciones, las ilustraciones de libros y las películas? En toda esa iconografía, es un tipo blanco europeo, de ojos claros, con un cabello y una barba de salón de belleza y un cuerpo de esos que llaman esculturales, al punto de que en algunos cuadros parece que no estuviera clavado en una cruz, sino ejercitándose en un banco de abdominales.

Bueno, esas seguramente son cosas de la cultura dominante que ha pretendido convertir en un anglosajón a este señor que había nacido en Belén (Palestina) y fue, étnicamente hablando, un judío.

Tampoco era un hombre de posición acomodada, como lo son algunos de sus pretendidos vicarios. Cristo, según la bibliografía creyente, era hijo de un carpintero y apenas comenzó sus actividades como profeta a los 30 años. A partir de entonces (le bastaron tres años) causó un gran revuelo entre las masas sometidas al César romano y de quienes ejercían el poder en su nombre para luego lavarse las manos.

Esforzándose por un acercamiento a la realidad, alguien hizo un retrato digital de Jesús, basándose en el cráneo de un varón judío del siglo I, aproximadamente en su treintena, y en datos generales acerca de la etnia a la que se entiende que perteneció. El resultado no se parece casi en nada a las versiones que hemos conocido toda la vida. Si al Bolívar reconstruido digitalmente lo echaron del Palacio Federal Legislativo porque a la clase dominante le pareció “amulatado”, de seguro que a este Jesús lo habrán echado ya de varias iglesias por verse más parecido a un preso de Guantánamo que a Ted Neeley en Jesucristo Superstar o a Robert Powell.

De cualquier modo, sea que uno se quede con el Cristo catire de las estampitas, que opte por el de facciones del Medio Oriente o que prefiera rendirle culto a algún Cristo negro (el más famoso, gracias a Ismael Rivera, es el de Portobelo, Panamá, pero en Venezuela hay uno en Maracaibo y otro en La Azulita, Mérida), lo importante es que sea un Cristo auténtico para cada quien.

Para mí –con el recuerdo de mi mamá, de mi catecismo, de mi universidad y con la presencia activa del periodismo— Cristo es el que daba de comer al hambriento para que no se muriera y así pudiera aprender a pescar.

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Pequeños equívocos divinos

Los buscadores de curiosidades se han dado banquete con Jesús. Han encontrado un montón de ellas que, en algunos casos, parecen chistes:

Cristo nació 4 años antes de Cristo. Como sabemos, todas las fechas históricas se refieren convencionalmente al año de nacimiento de Jesús. Así, por ejemplo, Aristóteles nació el año 384 antes de Cristo, y este es el año 2018 después de Cristo. Pero resulta que, según algunas teorías, Cristo nació entre cuatro y ocho años antes de Cristo. Esto se debería a un error cometido por el monje matemático Dionisio El Exiguo.

¿Nazaret o Belén? La familia de Jesús era de Nazaret, pero él nació en Belén. La explicación es que al momento del parto, María y José estaban de viaje para registrarse en un censo ordenado por el imperio. Hay quien dice que fue una pequeña adaptación de la historia para que concordara con la profecía del Antiguo Testamento, según la cual el Mesías nacería en Belén.

Pero, ¿cómo es la cosa? Los evangelios dicen que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero también hablan de cuatro hermanos (Santiago, Judas, José y Simón) y varias hermanas. Los lectores acuciosos se preguntan si después de traer al mundo al Redentor, María y José tuvieron otros hijos por el método habitual. Algunos teólogos dicen que eran de un anterior matrimonio de José y otros que no eran hijos, sino sobrinos. Vale aquello de “no aclares que oscureces”.

 


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