Jorge Enrique Adoum: Pedazos de tierra en la poesía

Artífices de la palabra, José Gregorio Vásquez

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Diálogo no olvidado

Quito. Mayo de 2001. En la casa del poeta, el sol entra por la palabra y se aquieta. El sol enciende sus silencios, los anida para decir nuevamente, para cantar el abrazo de los recuerdos. Comienza la ceremonia. Regresan los amigos. Nunca se han ido. No han muerto. Todos están aquí. De ellos quedan las palabras como pedazos de tierra en las manos, como marcas sagradas que no se olvidan. Son pedazos de alma en el silencio de estas palabras que los invocan. Palabras que dicen con alegría la vida, el aire puro de una ciudad viva y antigua que los reunió en algún momento para hacer, para decir, para sufrir, para amar, para cantar a todos los dioses y morir, quedando escondidos en el aire silencioso que aún recorre esta ciudad y en la memoria de donde nunca se han ido.

Es desde esta ciudad donde la palabra se aquieta con el sol por dentro, y lo hace para hacer volver al poeta a las entrañas de la memoria. En el recuerdo de los otros años está también la vida. Quito ahora es imagen de un diálogo entrañable. La ciudad deja en el aire los sonidos actuales para traer los otros más lejanos, para traer las voces de otros pueblos que también viven y duermen en sus entrañas.

Las voces profundas que vienen de todos los lugares de nuestra América también están aquí, y cantan y danzan susurrando en otras lenguas la magia del Popol Vuh, o la magia de los cantos guardados en el libro de los libros de Chilam Balam, o lo profundamente significativo de las oraciones de Huexotzingo, o de las mitologías Kogi, o de la filosofía Náhuatl, o de la poesía Quechua… las voces profundas vienen de ahí, de la tierra, de la conjunción de la tierra con el cielo, de sus dioses, de la cuna de sus antiguos dioses, del murmullo de ellos protegidos en la Isla del Sol, o en la casa de la Luna, o en los días solsticiales que los encuentran con el pueblo de ahora, o en la magia de la planicie de los secretos antiguos, o vienen desde el sonoro silencio, ahora escondido en las lenguas originarias que también se hablan aquí en esta ciudad amurallada por la poesía. Aquí también está el canto de nuestros poetas celebrados.

De ese encuentro con Adoum hemos vuelto sobre los nombres y los quehaceres de esos padres culturales que avivan al Ecuador. De la lengua que ahí ha quedado ha nacido una excelsa poesía. De esa lengua que no pudieron extinguir, tenemos hoy monumentos como el Boletín y elegía de las mitas, de Dávila Andrade. De esas lenguas tenemos también en otras formas más cercanas la obra de un Guayasamín: pintura que habita a los hombres de hoy en esta ciudad.

Es esta ciudad la que también guarda en sus lugares sagrados los sonidos de las Américas, de sus montañas, del aire puro de sus cielos ancestrales. También ahí está la palabra del poeta. Viene con su silencio y se vuelve sonido en el misterio de las nuevas voces atrapadas y no en la poesía.

De esta auténtica comunión tenemos en nuestra poética latinoamericana, como herencia, las voces y los secretos de esas voces que se han hecho tierra en la poesía, piedra dura e inamovible. Así Bello, Darío, Vallejo, Huidobro, Borges, Mistral, Neruda, Paz, Lezama, Gelman, Cortázar, Dávila Andrade, Gerbasi… De ese telurismo viene la palabra viva de Adoum, viene de su Ecuador amargo hasta sus cantos Del amor desenterrado. De esa tierra adentro, del misterio de la noche protegida en ella, viene la voz, la señal de una identidad que reconcilia al poeta con el lado sagrado de la palabra, guardando en él, el misterio del lenguaje poético.

Va pasando la tarde. Hemos hablado en silencio. Hemos dicho lo fraterno. Hemos celebrado esta ciudad. Van quedado las palabras en el recuerdo. No se olvidan. Estamos a la altura de un edifico que nos permite divisar una gran parte de un Quito moderno y luminoso, de una ciudad que respira el aire antiguo de una herencia de tierra sagrada. Años antes las palabras nos decían de un diálogo recurrente. Los temas no eran otros que los amigos. La amistad poética abrió las puertas de un diálogo siempre cercano entre Ecuador y Venezuela. Benjamín Carrión, trabajó incansablemente por hacer que Ecuador mantuviese estos encuentros entrañables desde la cultura como potencia. Fue él quien defendió la nueva literatura ecuatoriana. Fue él quien hizo más grande la patria ecuatoriana, fue él el primero que dijo Palacio, Cuadra, Pareja, Icaza, Dávila Andrade, Carrera, Guayasamín… fue él quien abrió las puertas de una casa para la cultura, para recibirlos en la memoria y dejarlos en el papel como sangre viva para el Ecuador. Fue él quien permitió que se abrazaran la cultura venezolana y ecuatoriana. Benjamín Carrión, Juan Liscano, Dávila Andrade, Juan Sánchez Peláez… De Quito a Caracas las palabras se guardaban para abrazar la poesía. De Caracas a Quito el recuerdo de las voces vivas que los acompañaban se hacían fraternas. En la poesía el diálogo profundo vive y se sostiene también gracias al silencio de la distancia.

Hablamos de ese diálogo. De Dávila Andrade, su hermano del alma, el faquir de la poesía ecuatoriana, de quien yo andaba buscando en ese momento algunos de sus sonidos aún protegidos en el Ecuador. Él también preservaba esos sonidos en el recuerdo de su amigo cercano. Algunos de esos sonidos que buscaba para decirlos estaban esa tarde ahí, bajo el sol de esa tarde. Desde entonces Jorge Enrique Adoum avivó mi cercanía con la poesía ecuatoriana. Él y su tiempo otro en el poema me ayudaron a encontrar una ciudad. Él y el rostro de su padre y las palabras del amigo me ayudaron a entrar en una ciudad para comprender una historia, una vida, un mundo posible en las letras de ese país. Este diálogo también fue fecundo gracias a las palabras fraternas de Jorge Dávila Vázquez en otra ciudad magnífica: Cuenca. Este diálogo aún es posible gracias a estos recuerdos. Después de todos estos años quedan otros tiempos escondidos en la poesía que suena en las páginas de la memoria.

Ecuador es ya palabra en la poesía, es sonido en el poema, es silencio en la música secreta de una ciudad y otras que la recuerdan permanentemente porque respira en ellas.

Regreso a la palabra

El poeta se desdibuja en la palabra y en esa misma tarea se vuelve a dibujar en otra página del tiempo. El poeta se mete en las palabras para detenerse en ellas y decir otra vez. No en otro lugar sino en el mismo símbolo de esas mismas palabras, en el susurro que golpea lo naciente en ellas, que del alma del poeta va al papel: un cielo otro que las alberga, las protege, las sacude, las hunde en la intemperie y las somete a lo oscuro y misterioso de cada noche. No en otro tiempo, desigual, deforme, sino en este, en el lugar próximo de la heredad que nos han dado tradición tras tradición. El poeta trasiega las distancias que impone la negada medida del tiempo y hace que las palabras se abalancen, con furia, rompiendo la costumbre, sacudiendo el débil movimiento de las sílabas dormidas en su mano. Contempla con sigilo la distancia entre las letras olvidadas y la furia contenida en los silencios protegidos para darle así paso a otros sonidos. El poeta salta por encima del papel hiriendo el instante.

Atravesando la niebla vuelve a la palabra inicial y la llena de aire puro para decirse antes que se disipe, para comunicarse bajo otros signos lo que está atado en el tiempo que ha tenido como historia de sus días. El poeta regresa de sus exilios. Vuelve para comenzar otra vez. Para decirse otra vez. Para desentrañar el misterio de esas palabras que consigue atadas a su silencio. Regresa cansado de tanto penar a la intemperie. Y no puede más, y no sabe sino repetir y repetirse constantemente que debe explicar esos nuevos sonidos, los apagados sonidos de ahora que lo hieren. Quiere callar pero nada y todo lo impide. Quiere huir pero las mismas palabras lo someten al destierro de su silencio y lo aquietan escondiéndolo en el olvido. Quiere decir pero la palabra sólo le da paso a una parte de eso que quiere llevar al papel.

Entonces ¿no hay olvido?

y no podré jamás confundirme de puerta
y a nunca equivocarme de rostro de tranvía
comenzar el destino en la otra mano
con una llave o un sombrero diferentes
sin recorrer la misma duda y a la misma hora
la misma calle con el mismo pie
no entrar de nuevo al cuarto de uno
donde uno se espera y nunca sale
esperando al teléfono llamadas de una voz
que antes se escuchaba con el vientre
noticias de ojalá
el horóscopo para ayer que no acierta tampoco
y se mira crecerle los adioses en la cara
y no hay gillette para el recuerdo
no hay jabón para lo sido lo cernido
de las ruinas de uno mismo argamasa de la edad
como un templo donde ya no sucede nada cierto
y tantas moscas rondándome
simple muñón de ti mi antes
y en la mirada también queda lo sucio de estos dolores
puesto su sucio a remojar a fondo
por lo menos con esto me distraigo
me corrijo la vida como debió haber sido
hago cuentas de cuánto debo irme
para no estar conmigo en otra parte
escondiendo analgésicas teorías
olvidando soluciones criminalmente justas
manuscritos de la tempestad al fin y al cabo
con lo demás no hay cómo son las piedras honestas
del que no fui y seguí siendo otras veces
del que quise nacerme sin mancha de pasado
y si remueven un poco me verían debajo
echando una lagrimita por aquello
atónitos con melanosis
santos retorcidos por la sabiduría
equilibristas con espasmo y catalepsia
raquíticos hipertróficos enfisematosos
lánguidos místicos agónicos
esqueletos forrados de pergamino pardo
esqueletos envueltos con mosquitero
dos rodillas recuerdo de otra pierna dos dientes
reliquia de la vieja religión en la mejilla

Tu oscura sustancia

De qué intemperie viene esta voz de Adoum. De dónde ha venido su reclamo. De qué distancias. Bajo qué señales. Con cuáles palabras nos acompaña. Cada vez que abrimos o cerramos un poema las palabras ahí se anuncian de nuevo, se asoman otra vez, dicen de otro tiempo, de este, del que vendrá, del que desdice el falso credo sometido a una “verdad” que otros siempre imponen con palabras ya heridas y maltratadas, palabras ya despojadas de su aliento, palabras ahuecadas.

Lo antiguo se vuelve presente, permanencia, secreto de otros significados. La poesía así es el lugar esencial para develarnos el misterio de lo pasado, de lo actual, de lo que puede venir protegido en el verbo sonoro del poema.

Las ocupaciones nocturnas

Prólogo: Fundación de la ciudad
Y ahora en dónde sobre qué vínculo en qué
botín he de apoyar el alma
en qué piedra por favor en qué
ayer. Nadie me dijo que comenzarían
hoy los siglos de la noche. Lunes
de una ciudad sobre la desolación.
Aquí hubo una población ya desplumada
su cacique en pedazos. ¿Y el plano
de las destrucciones? ¿Y los solares
que trazó el destrozo?
Me voy a inventar una ciudad. Es preciso
fundar un nombre, apenas vísperas
de una capital, como una predicción.
(Yo podría llamarla Imaginada, Abandonada,
Nada.) Solamente un sonido que nadie oye
útil para establecer la propiedad
sobre la duración de los resucitados.
Ah no nacida. Nombrada solo. Solo
viento sin ladrido que ahuyentara
el exceso de muerte. Heme aquí
clavando el estandarte de un ruido solitario
jugando con campanarios dibujando
calles inmemoriales enviando especialistas
en provocar el eco para no sentirme
solamente solo sino muchísimo más solo.
Completando la envoltura oral de una ciudad
que fue y que después ha de habitar
el hijo de quién de quién
sepultado vivo en su armadura
que será estatua viva
de una estatua colérica y velluda.
Volcada. Porque no tuvo tiempo todavía
para las acomodaciones nuevas del amor.

Este es el canto antiguo de la poesía y despierta con el poeta cada tiempo. Ecuador se vuelve así sueño originario de otros dioses. Y el poeta los canta, los recuerda, los vive, los trae para otros, los entrega, los ofrenda, los unge en cada palabra. Los descubre en cada silencio.

Adoum nos deja así el misterio de una poesía que nos abraza a ese Ecuador amargo. Lo hizo en muchos de sus libros poéticos, en sus novelas, en sus ensayos sobre la identidad. Al leerlo vemos que queda vertido el significado profundo de una obra en estas reflexiones de la vida.

El poeta sabe que todos los hijos de la América Latina se guardan en ese silencio, es un silencio antiguo, puro, es un silencio que ampara la palabra: una forma particular de cuido de esa identidad ancestral que nos alienta. Y supo que el latinoamericano estaba ahí en las palabras comunes de los más sencillos, en las palabras y en los cantos de los niños, en las palabras y en los misterios de esas palabras de los artistas casi invisibles que hacían en cada rincón un universo todo. Sus poemas dicen no solo a los dioses de la tierra, sino también a los otros, a los dioses de los hombres que intentan devorar lo que hemos sido. Sus poemas dicen en ese silencio no impuesto, ni inclemente, ni doloroso. Dicen para acrecentar un vínculo más auténtico con la tierra. Dicen en la sangre y lo secan en la piel ya sin armaduras, ni amarras. Sus poemas dicen con los mismos sonidos antiguos de las palabras ancestrales en una poesía que conserva la llama viva y auténtica que se despierta en cada nuevo poema de esta maravillosa tierra.

 

 


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