Juan Liscano: ¿Morirá la literatura?

[«Liscano fue ante todo un poeta, un poeta inmerso en la angustia de su tiempo y su país, en la historia y en...

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[«Liscano fue ante todo un poeta, un poeta inmerso en la angustia de su tiempo y su país, en la historia y en su circunstancia. Apasionado y contradictorio, reflexivo e histriónico, cálido y generoso, su vida y su obra deben entenderse conjugadas porque respondieron a constantes y no pocas veces antagónicos absolutos impelidos por una necesidad metafísica que jamás lo abandonó». Nada sobra en estas líneas que Gustavo Pereira nos ofrece sobre el escritor venezolano y su misticismo. Con él afirmamos que Liscano ensayó con persistencia acerca de los desasosiegos del espíritu y de cómo la creación literaria —la verdadera, aquella que va más allá de la mera representación de la realidad, y avanza en el campo del alma y el pensamiento del hombre— descubre al ser y sus múltiples que nos contienen. Para celebrar los 102 años del nacimiento de Juan Liscano )que se cumplieron el pasado 7 de julio), ofrecemos a nuestros lectores, las disertaciones del poeta sobre la muerte de la literatura y el surgimiento de una antiliteratura que no tiene nada que decirnos.]

 

Si admitiéramos, con Maurice Blanchot, que «la literatura va hacía sí misma, hacia su esencia, que es la desaparición», tendremos que convenir en que el literato, es decir, el hombre de letras, el escritor, es un muerto en vida.

La literatura constituye excrecencia prodigiosa del lenguaje. Hay, como dice Barthes, la lengua, el estilo y la escritura. La literatura empieza arrancando de la escritura cuyos signos son símbolos que perdieron su sentido mágico, místico y totalizador. (…) El campo de la literatura es el del alma y el pensamiento del hombre, desde los juegos de la imaginación y del onirismo más exacerbado, lo fantástico y lo misterioso, hasta el naturalismo enfático, el trazo grueso y deliberado, la caricatura social.

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En el inicio —momento y estado verbales difíciles de evocar a estas alturas— el lenguaje que pudiera calificarse hoy de literato, es decir, distinto del habla corriente y constituido para una representación y comunicación trascendentes, tuvo carácter sagrado y hermético. Era un medio de relacionarse con los dioses en el plano de lo sobrenatural. Se sustentaba sobre la verdad emanada de ese orden extrahumano. Adquirió fortaleza y suficiencia canónicas. Se le suponía revelado y no concebido por el pronunciante. Cumplía una función integradora, unificadora y reveladora del sentido del mundo. La muerte de los dioses o de Dios, el pasaje de la conciencia de una Edad de Fe a una Edad de Duda, de la magia y el mito a la crítica y al análisis racionalistas, libraron al hombre a su propia suerte y el lenguaje obtuvo, junto con su autonomía y diversificación, un valor especulativo y subjetivo. La literatura acentuó su parcialidad y se convirtió en reflexión sobre su propio artificio, sobre sus poderes, debilidades e imposibilidades; fue razón de estilo, ejercicio, texto. Se estableció como una realidad intrínseca yuxtapuesta a la realidad misma. La palabra quiso sustituir la cosa olvidando que su papel era solamente designar. El acto de nombrar se erigió como Segunda Creación. La operación de escribir adquirió un carácter compensatorio, en el mejor de los casos, de la pérdida de la fe y de los dioses. Era una nostalgia, entonces, por el Paraíso perdido.

Pero en esa dirección compensatoria, sustitutiva, la literatura se enamoró de sí misma. Se sintió suficiente. El creador se llenó hasta reventar de su propia creación. Su alma se hizo palabras, se hizo de palabras y mecanismos de reemplazo. La vida terminó siendo una metáfora creada por la literatura y la literatura le fue dando muerte a la vida, a medida que la nombraba.

(…)
El literato, una vez dueño de la escritura, del lenguaje escrito, se lanzó a la tarea de escribir el mundo y la vida, recreándolos en la dimensión de una suerte de espejo, pero matándolos también. Como Adán, nombró las cosas y los asuntos para que estos fueran en el pensamiento, en la memoria, en la conciencia del lenguaje escrito.

(…)
La literatura, en su exceso y dispersión, en su complejidad creciente que produjo la desintegración del lenguaje, hasta el punto de pretender, por reacción, buscando una salida hacia la vida, crear la antiliteratura, cubre, tapa y puede ahogar la realidad natural. Es un ser si ser. Mejor dicho, un ente sin ser. Una proyección del ego que interpone entre sí y la realidad, la pantalla donde ésta se va a reflejar. Detrás de su pantalla, protegido del mundo de los hechos ingentes, el literato amansa y domestica la vida, la suplanta con sus palabras. Se siente un Creador. Sustituye a Dios. Se complace en su creación y la goza, y la sufre. En más de un caso, es la suprema compensación del yo herido, del yo que no puede reinar inmensamente, molestado como está por los demás, por los otros; limitado en su ansiedad de expansión y dominio. La literatura, sin dejar lugar a dudas, arranca del yo, del anhelo de autoafirmación. Ningún literato escribiría si no hubiese público, es decir, un auditorio que conquistar y convencer, y en el cual mirar el propio resplandor, la propia magnificencia del ego manifestado.

Egocéntrica, compensatoria, camino hacia el éxito y la nombradía o hacia la satisfacción de denunciar y combatir, de acusar (…), la literatura ha descubierto, últimamente, con Beckett, por ejemplo, la ausencia de salida, su tremendo destino de no ser sino palabras, carne convertida en palabras, sexo nombrado una y mil veces, amor escrito y reescrito en la nada, monótono flujo de sonidos apresados en signos, murmullo sin sentido.

(…)
La literatura va hacia su esencia y su desaparición. Tiende a reabsorberse en sí misma. Si ha de persistir, será con profundos cambios; quizás regresando al ñenguaje hablado o volviéndose visual; o bien despersonalizándose hasta la anominia; o bienndescubriendo de nuevo la realidad, callando por un tiempo, para volver a hablar desde el fondo de las cosas, desde un orden espiritual cada vez más necesario. Es posible que si la literatura regresa al principio, si se propone no propiamente balbucear, sino volver a hablar desde la raíz o desde el vacío, desde lo sagrado, encuentre una vía de supervivencia. Mientras tanto, como una tempestad, se extiende la antiliteratura, que no es sino exasperación agónica de la misma literatura, del lenguaje escrito en vía de agostarse, y se multiplica hasta el cansancio y lo exhaustivo, la crítica que el lenguaje hace de sí mismo, en un acto reiterado de narcisismo y desesperación.

(…)
Nada puede expresar mejor esta situación como el siguiente diálogo referido por Simone de Beauvoir —mujer de letras arquetípica— en la página 108 de La forcé des choses, en un encuentro con el escultor Giacometti:
—Qué aspecto tan hosco tiene usted —me dijo una vez Giacometti.
—Es que quisiera escribir y no sé qué
—Escriba cualquier cosa.

Gran parte de los literatos no tienen nada que decir, pero insiste en escribir por condicionamiento y elección seculares. Entonces las palabras, despojadas de su relación con las cosas que les dieron origen y con el sentido del verbo revelado, empiezan a fluir con la estéril abundancia sin sentido que nos muestra la obra de Beckett. Se habla por hablar, como los personajes de este autor, en quien el drama actual de la literatura adquiere mayor lucidez desesperada y representativa.

Esa misma ausencia de razón de escribir, esa carencia de necesidad ontológica, ese mismo no tener qué decir, pues todo parece dicho por acumulación y crecimiento vegetativo, al referir definitivamente la literatura a la escritura, a las palabras, convierte al escritor, al hombre de letras, en un ente hecho tan sólo de palabras, brotadas interminablemente de la memoria, de los sueños, de los ecos de la literatura misma.
El poeta Alain Bosquet, en su Primer testamento, obra beckettiana, pregunta:
¿Vivir o escribir, escribir o vivir? Suspiro:
En el verbo mi carne encontró sus razones.

También afirma:
Y el amor no es amor sino leído dos veces.

O bien:
¡Palabras! Me desmorono bajo el peso de mis palabras.
¡Palabras! Las palabras tomaron el puesto de mi carne.
¿La vida no está en la sola escritura?
No existo verdaderamente sino cuando me destruyo.

Octavio Paz, cuya obra toda es una reflexión reiterada sobre las relaciones entre creador de escritura y el lenguaje, afirma en Pasado en claro esta ambigüedad:
No veo con los ojos: las palabras
son mis ojos. Vivimos entre nombres;
lo que no tiene nombre todavía
no existe, Adán de lodo,
no un muñeco de barro, una metáfora.

Paz sueña con un lenguaje encarnado, plural, fundado en la analogía, pues es conciente de la oposición entre los signos y el cuerpo, tomado éste como suma de la realidad natural, la que nos fue dada. «la lectura del primitivo es corporal», declara en Conjunciones y disyunciones, tras de haber reflexionado en las culturas llamadas salvajes y haber descubierto la «doble maravilla» que sería «hablar con el cuerpo y convertir el lenguaje en un cuerpo». Nostalgia del verbo. Paz no se resigna a la muerte del lenguaje y quiere deletrear corporalmente el mundo o, por lo menos, proponerlo. Por la vía de la proliferación maligna, de una expansión y dispersión indetenibles, la literatura llega a ahogar al literato, al hombre de letras. Lo sumerge en su discurso inagotable, en su fluir espeso y largo. Cesa el yo por destrucción, por desintegración, no por liberación. Se detienen los mecanismos de autoafirmación. Cruzó un punto de vacío. Se expandió hasta diluirse. Ya no es el autor quien habla, sino la existencia cancerosa de las palabras en sí, pero esta vez desposeídas de destino, ajenas a cualquier orden sagrado o trascendental. Ya no nombran.

(…)
El hombre de letras, el artista, yo mismo, no tengo derecho a obrar sobre el mundo sino en la medida en que puedo obrar sobre mí mismo. Pero la literatura debilita el esfuerzo hacia una ascesis personal cuando impera en ella el sentimiento de compensación o bien se erige en impedimento mayor cuando se pliega a los condicionamientos que propician el éxito o se extravía en el cultivo de tautologías hedonistas.

Las cosas están detrás de las palabras. Son la realidad. En el momento en que las palabras entran a sustituir las cosas, impiden una toma de contacto completa con la realidad. Y se crea la ficción. Disipados los fantasmas de la mitología, fallecidos los dioses, perdidos los sustentos religiosos, ahogada la magia, decaído el verbo, no se puede pretender sustituir aquellas virtudes lustrales del lenguaje literario con la adoración del artificio del texto, con lo puramente escritural, con los signos en rotación. La tarea más urgente del literato, desde este punto de vista, sería volver a estar vivo, volver a sentir la realidad como si fuera su piel, aceptar que las cosas que le fueron dadas —los elementos, la naturaleza— no necesitan de él para vivir, más bien es él quien necesita de su entorno. Semejante toma de conciencia implica una gran humildad. Esa humildad se produce cuando acontece dentro del individuo una revolución del alma que lo libere, entre otros aspectos, de la alienación de la literatura misma. Ortega y Gasset decía: «El poeta empieza donde el hombre acaba». No se trata de una paradoja, sino de la intuición profunda del existir literario, de esa dimensión deformante que es la literatura y para la cual, en primera o en última instancia, sobra la realidad. Los símbolos de la literatura que hemos creado y alimentado nos impiden mirar directamente la cosa, ver el hecho en sí, descubrir lo que es sin necesidad de nosotros. Es menester, en cierto modo, que el lenguaje se reabsorba en la realidad y recobre su funcionalidad primordial del verbo. Esto no puede ser obra de la literatura, sino de la vida, de la tenaz tarea de descondicionarnos de la acción interior a la que podamos someternos los literatos.

Guillent Pérez, en un importante ensayo titulado Dios, el ser, el misterio, al establecer la diferencia ontológica entre ser y ente, se refirió a la pura presencia de las cosas, en relación con aquel episodio fundamental de la obra La naúsea, de Sartre, en que Antoine Roquentin se desmorona y siente una revulsión incontenible cuando advierte de pronto, en una plazoleta, que los árboles, las cosas son ellas mismas, desposeídas de todo sentido humano, que él está de más, que en su rededor la naturaleza chorrea vida propia, incontenible, innominada, cruda, ingente. Guillent Pérez escribe entonces: «El hundimiento del mundo humano no tiene por qué acarrear naúsea ni angustia, sino, antes bien, el descubrimiento de lo único que puede hacer feliz al mortal» es el descubrimiento del ser, de lo que es, sin necesidad de ser pensado y traducido de inmediato a los mecanismos complejos del yo.

(…)
Si el precio de la liberaión es el silencio, quizás convenga optar por éste, porque en el seno de ese silencio creador está todo el esplendor de la vida y quizás como semilla, la posibilidad del renacimiento del verbo en comunión con la realidad no pensada, no descrita, no nombrada, sino irradiantes en su potencia de ser lo que es.

Entonces las palabras estarán con la vida, porque no precederán al hecho, sino lo seguirán. No pretenderán ser la cosa, sino su reflejo; no devorarán la realidad en ese rito de escribir, sino tendrán la pureza de lo que nace del silencio original.

* Fragmentos de «¿Morirá la literatura?», de Juan Liscano, publicado en Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa (1976)


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