La Caraqueñidad | De aquella ciudad hospitalaria a la urbe moderna y complicada

Costumbres y mezclas de migrantes convergieron en la capital

¿Quién de ustedes no se acuerda de la locha, una moneda de 12,5 céntimos a la que también le decían cuartillo? ¿Oyeron hablar de morocotas enterradas? ¿Dónde fue a parar la ñapa? (regalía luego de una compra que daban en las bodegas y panaderías). ¿Sabían que así como en Semana Santa es costumbre “echar coco”, aquí en los barrios de Caracas se “arrojaba coquitos” con huevos de gallina?…, y ganaba el que más partiera ñemas.

Eran los inicios de los años 50. Caracas en pleno crecimiento. Las zonas marginales de hoy eran cerros vírgenes. Hacia allá fue asentándose la gente que venía de todo el país con el sueño de resolver su vida y la de los suyos.

Ellos, que venían del interior del país, una vez establecidos se volvían más caraqueños que los nacidos en el ombligo de la capital, y para renegar de sus orígenes pegaron aquel dicho fanfarrón: “Caracas es Caracas; lo demás es monte y culebra”.

Entre los “macundales” de esos migrantes venían costumbres y modos, de un lado y de otro, que fueron tornándose caraqueños: en el vestir, en el peinado, en las modas, en el andar, en el tono, en el acento neutro y en el día a día.

La solidaridad caraqueña viene de muy lejos.

Prácticas influyentes

Cuando nacía un muchacho, además de llevar casi obligatoriamente el nombre que el santoral indicara ese día, “los miaos”, brindados por el papá, se reducían a un solo palo de vino Cinzano o de brandy (el que lo tuviese), para que rindiera para el resto de los visitantes. En la etiqueta de la botella se escribía el nombre del recién nacido, con sitio y hora de advenimiento, además de unas palabras de agradecimiento por haber llegado a ese hogar.

Si a un bebé le daba hipo, zuás, una bolita de hilo “ensalivao” se le pegaba en la frente y listo, se acababan las molestosas contracciones. Si un niño pequeño se levantaba y pisaba descalzo, seguro sufriría de estos males: dolor de estómago y/o resfrío y hasta principio de asma, decía la medicina popular.

Para despejar el área

Cuando llegaba visita a la casa, y si uno –muchacho zagaletón– estaba en la sala, bastaba con una mirada penetrante de papá o mamá, que con el disimulado pero amenazante movimiento de ojos marcaban la bitácora de la retirada. Y si no cogías la seña y no te ibas, ¡ay, mamá! Era una cueriza segura al irse la visita. “Porque allí se iba a hablar puras cosas de gente grande”.

Algunos jefes de familia, menos cavernícolas, más dóciles, te llamaban y te daban “un cachete” (un fuerte o cinco bolívares de aquellos) para que fueras a la bodega a “ver si el gallo puso” o a “comprar querosén”, como decían, a fin de que salieras volando y despejaras el escenario para esas tertulias de adultos.

Por eso, los padres que andaban “más limpios que talón de lavandera” (antes se lavaba la ropa en las márgenes de los ríos y, por ende, los talones de lavandera se suponía, estaban impolutos, por eso el dicho), no tenían otra que indicar tu retirada con sus danzantes ojos.

Al transitarla se visualizaba una ciudad tranquila y serena.

Tabú en la sexualidad

Había un cuido exagerado sobre las hembras, para evitar novios antes de tiempo y cosas raras que pudieran mancillar el apellido de la familia. Nadie hablaba de sexo ni de profilaxia. Era un tema inexistente, por la muy marcada influencia de la Iglesia en el siglo pasado.

Con los varones había un ritual: debían esperar 15 o 16 años, según determinaran los jefes de la casa, para literalmente, alargarle los pantalones, ya que antes de la trascendental y autoritaria decisión, los muchachos usaban pantalones cortos o “arremangaos”.

Dónde quedó esa Caracas bonita, de costumbres, tradiciones, principios y valores (¿quizás retrógrada?), que a pesar de sus tabúes y misterios generaron ciudadanos de buen proceder, en su mayoría, y que hoy son una generación al borde de la extinción. De ellos quedan pocos con quienes es ameno conversar sobre este y otros temas de la ciudad inocentona, pero hospitalaria y segura, de la cual solo queda el nombre.
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Historias de Nuestra Gente

Caracas es una bruja negra que puede devorarnos a todos

Wikipedia es una referencia, pero no del todo confiable. Lo demuestra con el error cometido en referencia al nombre de Caracas. Afirma ese portal, entre otras cosas, que “el nombre Caracas proviene de la tribu que habitaba uno de los valles costeros contiguos a la actual ciudad”. Tesis esta que fue desmontada hace mucho tiempo por diversos conocedores de la historia e historiografía de la venezolanidad. Entre ellos, Francisco Herrera Luque, quien en su obra La historia fabulada indica que “jamás hubo una tribu con tal nombre. Había teques, mariches, toromainas; pero caracas no. Por extensión, pudo dársele el nombre de indios caracas a los que ocupaban el territorio que ya recibía tal nombre”.

Es más, coinciden los eruditos en la materia que es muy difícil una tesis única y comprobable acerca de la etimología del término. Casi todos los estudiosos de Caracas atribuyen el origen del nombre de la capital a “una flor que los indígenas llamaban caraca, que abundaba en el valle donde hoy está la ciudad”. Algunos afirmaban que se trataba de una hierba o bledo. ¿Es flor o es hierba? Al respecto, Efraín Moreno, doctor en Biología de la UPEL, aclara que “esta flor, en verdad una hierba, también llamada localmente “pira”, es el conocido amaranto, que tiene un significativo valor nutricional”, lo cual resulta una valiosa información proteica pero no histórica.

Otros creen que el nombre Caracas pudiera derivar de carraca, como se llamaban los viejos barcos o galeones, que posiblemente encallaron en las costas litoralenses que formaban parte del territorio capitalino.

Una teoría que explica que los nombres se relacionaban en oportunidades con la actividad desarrollada en determinadas zonas, por lo que Caracas también pudiera provenir de zaraza, una especie de fibra vegetal para fabricar telas. El mismo Herrera Luque agrega, con relación a ello, que “en aquellos tiempos, ambos nombres se escribían igual, salvo dos vírgulas en las “c” que le daban el sonido de “s”.

Escritores como Harold Sarracino afirman que “Caracas era una bruja caníbal a la que los españoles consiguieron asando el tronco desarticulado de un niño… y le dio el nombre a la empalizada que hoy es ciudad, que (en turco) significa mujer de cara negra… muerta por los conquistadores, echada viva en una hoguera porque así se penaba la brujería”. Todo en clara referencia a lo maltratado que ha sido este bondadoso reducto y a su capacidad de recuperarse mágicamente de tantas tropelías. Por ello, la advertencia de que esa bruja y su dinámica podrían acabar por devorarnos a todos. Mosca pues.

LUIS MARTÍN / CIUDAD CCS

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