La Caraqueñidad | El que pecaba en Semana Santa se podía quedar pegao…

Muchos mitos y creencias marcaban la manera de ser del caraqueño

La poderosa influencia de la Iglesia católica, y muchas de sus restricciones, que podían conducir a la excomunión, definían las costumbres, tradiciones y acciones del venezolano en general, y más aún del caraqueño de finales de siglo XIX y todo el XX, quizá por el hecho de vivir más cerca del bunker principal de los representantes legales de Dios en la Tierra.

De ello pueden dar fe bisabuelos, abuelos y uno que otro padre, quienes aseguran que toda la vida social estaba regulada por la Iglesia.

Cada infractor sería descubierto por la omnipresencia divina, que le impondría máximas penitencias de inmediato. De de no cumplirlas, expondrían al pecador a males perpetuos, directamente proporcionales a las faltas cometidas.

Convencidas del exculpador despojo, las amas de casa aplicaban el ritual de sahumerio con mirra, estoraque y esencias con velas moradas para borrar los errores, conjurar espíritus tentadores y alejar las malas influencias.
Semana Santa era una época por demás sagrada. Nada de playa. Nada de rumba. Nada de curda, porque se conmemoraba (lo cual es distinto a celebrar) la muerte de Cristo.

Nada de nada

“Ese libertinaje es ahora, de un tiempo pa’ acá”, decía mi abuela, la vieja Lourdes. Ella contaba, junto a sus hermanos Juan y Pepita, que en honor al ayuno de 40 días que hizo Cristo en el desierto, se impone una estricta tradición de restricciones sobre el quehacer mundano, y que la cosa arrecia durante esa Semana Mayor, que culmina el Domingo de Resurrección, cuando los compromisos con la Santa Iglesia giran en torno a procesiones y rezadera para borrar los malos pasos dados ese año. Una confesión saldaría deudas con el Cielo.

–¿Abuela, y de aquello nada?- Pregunté curioso e inocente.

Ella, sin replicarme qué quería decir yo con la frase “de aquello nada”, no me dejó seguir… Con su sabio verbo me aclaró que no se podía hacer prácticamente nada, porque todo podría representar una ofensa a Cristo y a su papá, que es el mismísimo Dios.

Introyección salvadora

Se cocinaba hasta el miércoles al mediodía, para no caer en excesos pecaminosos. Se hacía una ristra de hallaquitas de hoja, que se guindaba en las cocinas de las casas. Se iban sacando del racimo de par en par para comerlas solo con pescado, que es un ícono del cristianismo. Por ello, en acto de introyección se intentaba purificar el alma al ingerirlo; algo así como cuando se comulga. ¿Qué más puro que el cuerpo de Cristo? ¡Ay de aquél al que se le ocurriese desafiar los mandatos divinos comiendo carne o pollo! Incurriría en pecado mortal.

Quedarse pegao

Era común colocar una sábila detrás de la puerta atada con una cinta roja. Si se caía, era porque alguien iba a morir. Todo para infundir miedo y conductas alejadas de las provocaciones y del placer. Es que la gente creía en cualquier cosa que le decían y usaban contras o reliquias protectoras.

Los Domingos de Ramos iba todo el mundo a buscar su palma bendita para hacer pequeñas cruces y colocarlas detrás de la puerta, en la cartera, en el carro, en la oficina, para asegurarse la protección divina. Esa contra era sustituida justo al año siguiente, y en vez de botarla, se incineraba la vieja para acabar con los males que aquel amuleto había recogido. Igual que se quemaba a Judas el Domingo de Resurrección.

En las iglesias, en vez de campanas sonaba la matraca, en clara alusión a un acto luctuoso. Si pisabas duro, pisabas a Cristo. Si barrías, estabas barriendo a Cristo. Si hacías fiesta, estabas celebrando la muerte de Cristo. Que no se rompiera nada cuyo remiendo requiriera clavar. Eso sería clavar a Cristo. Si te bañabas te convertías en pescado. Si besabas pecabas. Y si amabas con desenfreno corrías el riesgo de “quedarte pegao”…

El nazareno y los siete templos

Hombres y mujeres acudían a la procesión del Nazareno de San Pablo, en Santa Teresa, donde abundaban, además del violeta, los colores sobrios casi en tono de luto. Al ritual se sumaba la visita a los siete templos, además de la procesión del Santo Sepulcro, siempre escoltado por La Dolorosa, ahí en San Francisco. Y en muchas ocasiones, no siempre, se hacía en la Catedral el Lavatorio de los pies (a los niños por parte de algunos clérigos) en señal de la humildad de Cristo ante su feligresía.

En la radio, música sacra. El Popule meus y cosas de esas… Para el recogimiento espiritual, hoy fuera de la agenda debido, sobre todo, a los precios del “pescao salao”, del chigüire y la cola de baba… ¡Qué Dios nos agarre confesados!

LUIS MARTÍN/CIUDAD CCS
FOTO MOISÉS SAYET/AMÉRICO MORILLO

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