La catira y la hispanidad vs. Gallegos y la cultura autóctona

Nelson Guzmán

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La catira como lo ha dicho Gustavo Guerrero fue una novela por encargo. Francisco Franco creyó que había que restablecer la hispanidad. La presencia de Camilo José Cela en este continente llevaba esa misión. La España ultramontana no se sentía espiritualmente tranquila con la perdida de aquel basto y complejo bastión que era América. La presencia de Camilo José Cela en siete países latinoamericanos
tenía el propósito de unir lo disuelto. Gustavo Guerrero señala que los países que habían aceptado costear la permanencia del joven escritor gallego eran Colombia y Ecuador. De allí, la luz y la habilidad de Cela lo llevaron a Chile, a Panamá, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. El ambiente político en la región latinoamericana era en extremo tenso. La llegada de Cela a Venezuela fue pagada por el Centro Gallego de Caracas. No había sido invitado oficialmente por la dictadura militar de Pérez Jiménez. La astucia y la osadía del escritor lo hacen conectarse con el entonces Presidente de la República y finalmente logra entrevistarlo, ya lo había hecho con el dictador de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla (junio de 1953).

Gustavo Guerrero nos dice que la pregunta que le realiza al dictador Pinilla, es si Colombia estaba dispuesta a luchar en los campos de Europa para defender los principios de la civilización católica, a lo que este responde afirmativamente. El trasfondo de su presencia en América sería restablecer la hispanidad, ideal bastardo y camuflado de sumisión a la esencia espiritual de una cultura superior, de pueblos iguales, pero con guía espiritual indubitable: la España católica. Toda aquella verborrea encarnaba el mito de la dominación y hegemonía de Europa. Aquel ideal de la madre patria querendona, en ningún momento había puesto en cuestión a la España Borbónica que ocasionó aquella masacre mal llamada descubrimiento de América; en los sectores más esclarecidos aquel mensaje ocasionaba urticaria en estas tierras. Cela había sido financiado por los servicios diplomáticos españoles. Lo quisiera o no era un agente de la dominación imperial que logró colarse en los que detentaban el poder político en esa época. La España franquista estaba persuadida de su hondo sentido histórico con respecto a América, de alguna forma se trataba de la reconquista de un espacio perdido y de aunar fuerzas para lavar el rostro de aquellas dos dictaduras vergonzantes, la de Francisco Franco y la de Marcos Pérez Jiménez. El argumento disipaba el sentido histórico de todo lo que aquí en el continente americano había ocurrido; no se puede construir un país soberano con el argumento del centrismo europeo. Aquello anunciaba un nuevo paternalismo al cual, con fortuna, Bolívar en el siglo XIX había sacado del escenario.

El europocentrismo ha sido tal vez uno de los argumentos más corrosivo que nos ha tocado como país. En ese sentido las tesis de Juan Liscano sobre el maestro Rómulo Gallegos nos hablan con claridad del destino que se había propuesto este venezolano, liberar al país de la improvisa- La catira y la hispanidad vs. Gallegos y la cultura autóctonación y del oscurantismo. La independencia espiritual debía ser lenta y gradual, la tesis de Gallegos era que el desarrollo sería logrado con el esfuerzo y la perseverancia. Doña Bárbara fue escrita para lograr identificar la conducta pedagógica a seguir para exorcizar las viejas heridas que nos había ocasionado el colonialismo.

A Cela se le califica de oportunista por aceptar de buenas a primeras escribir una novela autóctona sobre Venezuela. Además retoma los personajes tratados por Gallegos en Doña Bárbara. Cela trataba de destronar del imaginario colectivo la célebre novela. Gallegos había sido depuesto de la Presidencia de la República en 1948 por un golpe de Estado donde tenían las manos metidas Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Evangelista Pérez Jiménez. El ideal nacional de este último era convertir a Venezuela en un país moderno, para ello se auspició la venida de inmigrantes europeos provenientes de distintas regiones de España, de Italia y de Portugal. La inmigración fue pensada para fortalecer los conocimientos de aquella Venezuela retrasada. Se pensaba en el elemento racial como sujeto catalizador de los cambios sociales.

La disciplina y el orden podían lograr ese milagro. El mensaje era el del trabajo pertinaz; era lo único que podía disminuir las diferencia sociales.

La catira como novela nunca podía lograr la cima de Doña Bárbara. Gallegos, al contrario de Cela, sentía y vivía su país, había sido testigo de cómo el autoritarismo mantenía al pueblo en la esquina del miedo. La crítica venezolana fue contumaz con La catira, muchos intelectuales la consideraron muy próxima al esperpento literario.

Algunos periodistas sostuvieron que aquella novela era un insulto para con la cultura nacional, evidenciaba un desconocimiento absoluto de la manera de hablar en el llano venezolano. Gustavo Guerrero en una investigación exhaustiva de los periódicos y personalidades de la época nos muestra cómo el periodista Manuel Trujillo, por encima del miedo que producía la dictadura del general del Táchira, en una entrevista en el diario Últimas Noticias arrincona a Cela preguntándole cómo había logrado conocer al país en tan sólo 4 meses de permanencia en este y cuál había sido la opinión que había dado sobre Venezuela en ciertas revistas españolas. Por su parte Alexis Márquez Rodríguez, resalta que El Nacional en su página de arte, ese mismo día reúne, las opiniones de veintiún escritores e intelectuales en una encuesta que se intitula «La catira, escándalo literario».

Gustavo Guerrero nos lega esta importante noticia sobre la situación anteriormente descrita «Creo que puede decirse sin exagerar que participaron las principales figuras de aquel momentos de las letras venezolanas, desde el conocido polígrafo Arturo Uslar Pietri hasta el ensayista Mariano Picón Salas, pasando por novelistas, cuentistas y poetas como Ramón Díaz Sánchez, Enrique Bernardo Núñez, o el muy joven José Ramón Medina. Y creo que también puede decirse sin exagerar que hubo de todo y para todos, desde aquellos que consideraron que La catira era «un atropello a la dignidad literaria», como José Fabbiani Ruíz; hasta los que arriesgaron que Cela era probablemente «un desequilibrado mental», como el propio Márquez Rodríguez, sin olvidar a los que prefirieron no opinar nada porque, como Manuel Felipe Rúgeles, esa mañana les dolía la cabeza; o porque no habían leído todavía la novela, como Escalona Escalona; o porque no se habían enterado de que ya había llegado a las librerías como el distraído Padre Barnola».

Gallegos fue un novelista que creyó en la necesaria y profunda redención social. Sus primeras armas en la creación de la revista La alborada le habían demostrado que el fundamentalismo es lo más perverso para el desarrollo de un pensamiento libre. El aparato político gomecista pretendió normar a aquel medio de expresión. Un demócrata como Gallegos estaba muy lejos de las tesis del loquero que esgrimió Vallenilla Lanz padre, eso era inaceptable: un país libre no podía construirse desde aquellos presupuestos epistemológicos. Venezuela era un país irredento donde la población moría de hambre, desatención y autoritarismo. Las tesis de los dictadores y sus ideólogos eran la de la predestinación y la del salvador nacional. Los dictadores encarnaban la tragedia, el totalitarismo no admitía la disidencia, todos eran sospechosos. Por eso Julio Planchart, Henrique Soublette, Julio Rosales y Rómulo Gallegos fueron obligados a dar al traste con aquella publicación, ese bello sueño vería su fin en 1919.

Como lo ha señalado Juan Liscano, Gallegos luchaba contra el analfabetismo, contra el oscurantismo y contra el silencio. Gómez redujo al país a la nada, sus caporales decidían los destinos públicos de manera irracional, durante 27 años se había luchado en todos los territorios contra el espanto dictatorial. La Universidad Central del país estuvo unos años cerrada, las enfermedades endémicas nos atacaban sin que tuviéramos salidas liberadoras de aquella pesadilla. Gómez dormía en su arrogancia de caudillo analfabeta, cuando Carlos Gardel cantó en Maracay Pobre gallo bataraz, se le premió con dos bolsas de morocotas de oro; no sospechaba el dictador del hondo significado y el simbolismo que tenía aquel tango. El dinero que le produjo aquella gira por Venezuela el zorzal criollo lo destinó a fortalecer la insurrección que se preparaba desde Curazao.

Los críticos piensan que la dictadura perejimenista se sostenía en la filosofía de Laureano Vallenilla Lanz. Se trataba de mantener a un gendarme necesario de un pueblo que necesitaba prepararse para la responsabilidad. El ministro del interior no era cualquiera, allí estaba Vallenilla Lanz hijo, quien seguía como ejemplo las enseñanzas de su padre, hombre clave en la dictadura de Juan Vicente Gómez. A decir del escritor Gustavo Guerrero desde allí se cabildea la empresa que debe cumplir el escritor español, escribir un texto que reivindicase a aquella dictadura. El gobierno de Pérez Jiménez demandaba el progreso, a la vez loaba la figura de Bolívar y sus logros morales, su figura se había ido adecuando a las exigencias del régimen del Nuevo ideal Nacional. Camilo José Cela nunca denunció los atropellos de aquel absolutismo, al contrario recibió un contrato que se calcula en 40 mil dólares, para que escribiese un texto que exaltara la intención social de sus gobernantes.

Cuando Camilo José Cela acepta escribir La catira lo hace en gesto de audacia, no son suficientes los escasos cuatro meses que había  pasado en la República para lograr un resultado grandioso y concienzudo de la cultura venezolana. La habilidad de Cela lo había hecho pasearse por las mejores universidades de América Latina ofreciendo conferencias y conversatorios. La catira es una novela de la modernidad venezolana donde muchos de sus personajes son tomados de Doña Bárbara. Pipía Sánchez, en La catira, era mujer de una voluntad indoblegable, la cual luchó por asentarse como propietaria y jefa en el llano. Tuvo que solventar la hostilidad de su padre con su marido. Su padre termina asesinando a su cónyuge y ella dando cuenta de su progenitor, en aquellas luchas temperamentales queda trazada la conducta de autodefensa que las mujeres deben tener en aquella tierra salvaje. Cela, al igual que Rómulo Gallegos, trabaja con un paradigma de mujer que no conoce el miedo, que todo lo puede emprender. Como Gallegos, Cela se maneja con el arquetipo de la mujer caudilla, ella defiende una ética, la soberanía debe ser el don fundamental de las mujeres, estas deben gozar con la oportunidad de elegir libremente a su pareja. La catira nos retrata la lucha contra una sociedad patriarcal. Pipía Sánchez posee un espíritu abierto, contrata una institutriz para que prepare a su hijo en inglés. El ideal del progreso perezjimenista se asoma en estas líneas. Doña Bárbara luego que los malhechores ultiman a su novio en la piragua donde ella servía, se acoraza, se refugia en un pueblo indígena y allí establece con los otomanos contacto con entidades espirituales que le dan poder. Ese acto sella su destino, sería la devoradora de hombres, la indómita, la invencible, nada podría detener a aquella mujer en aquella sociedad patriarcal donde debía defenderse del mal, del odio y de la subordinación. Al final de la novela, Bárbara desaparece, enfrentada consigo misma intuye o sospecha que su momento ha cobrado fin. Nadie sabría nunca más de su destino, en la telaraña del misterio se esfuma sin dejar rastros. Debía implacablemente comenzar otro ciclo histórico, los poderes democráticos debían enseñorearse. Antes de partir deja el Hato Altamira a Marisela.

Bárbara ha comenzado su desandar, aquello era un momento culminante y lo encarna una mujer en quien luchaban Eros y Thanatos. En medio de sus celos a tan sólo dos palmos de Santos Luzardo decide no dar cuenta de aquella figura, le viene a la memoria Asdrúbal. Ese último momento de entrega de sus obras no es de resignación sino de conciencia. Estaba comenzando una nueva era. No desaparece degradada sino en el torbellino y en los saltos de la embarcación en medio de los ríos.

Doña Bárbara había aprendido en su vida azarosa los resortes invisibles del poder, estaba en comunicación con el inframundo, daba miedo hablarle, todo lo sabía, nadie podía dominarla. Ella debía mantenerse, detentora del poder se hacía respetar. Gallegos introduce en la novela la figura de Santos Luzardo como el civilizador, como el hombre que no iba a dejarse atrapar por aquel mundo oscuro de las apetencias carnales y de grandes marramuncias. Luzardo esgrime el derecho, no se desploma ante la soberbia de aquel bello ser, sin embargo en los entretelones de los diálogos, de su soliloquio, lo vemos desbordado por aquella presencia femenina, ella también se siente atraída, atrapada por el lenguaje de aquel hombre cuya jerga y presencia rozaban la figura del santo y del educador civilizador. En noches interminables llenas de ansiedad ella soñó tenerlo. En el interior de Luzardo luchan las fuerzas del deseo y del desborde. En Bárbara van deslizándose en su interior las remotas posibilidades de desandar el camino donde ha sido impulsada por la necesidad de sobrevivencia. Las luchas arquetipales conviven en aquellos seres que están escribiendo y trazan sin darse cuenta un camino existencial.

Luzardo encarna el profundo apego a la tierra que lo vio nacer, llega al llano con la intención de vender el Hato de Altamira y regresar a Caracas para contraer matrimonio, sin embargo termina engarzado en los brazos de aquella gente que había abandonado en la niñez. Su madre, aterrada ante lo salvaje de las costumbres violentas de aquel pueblo, de las cuales no escapaba su familia, decide abandonarlo todo e irse a la capital. El llano de esa época encarna el abuso, el maltrato, la hostilidad, la falta de dispensa del otro. Pero en Santos Luzardo se vuelven a despertar las viejas claves de lo raigal que Caracas y sus estudios de derecho no habían podido borrar, prueba suerte en aquella vida que había destruido a su primo Lorenzo Barquero, quien fue víctima de Doña Bárbara.

Luzardo es seducido por una muchacha, que vive en un margen de las tierras del Hato. Ella tiene el rostro curtido por el descuido y por los tropeles de su propia vida, lo embelesa en el intercambio simbólico de la ayuda que el comienza a darle para sacarla de aquel canibalismo donde vivía, esa situación genera la disputa interior de Bárbara, dueña del Hato El Miedo, con su hija, la cual había sido abandonada junto con su padre Lorenzo Barquero a su suerte. En el interior de Marisela coexisten la simpleza salvaje y la voluntad de oír las recomendaciones sencillas que su primo Luzardo comienza a darle en relación a la higiene personal, al cuido de las palabras que pronuncia y a la necesidad de prepararse para un futuro luminoso. Luzardo muda a Barquero y a su hija a la casa grande, Barquero atisba un momento de recuperación, y vuelve a caer desplomado al influjo del alcohol, se regresa a la choza donde vivía en la infinita miseria y allí las fuerzas macabras de nuevo, encarnadas esta vez en Míster Danger lo retornan al vicio. El gringo trata de comprar a este hombre con botellas de alcohol para que le permitiera llevarse a Marisela, pero se resiste y se hunde desenfrenadamente en un viaje sin retorno, en la muerte, de allí vuelve a recuperar una vez más Luzardo a Marisela.

El progreso social para Gallegos no estaba en el caudillismo. Las guerras habían diezmado a Venezuela, había que asumir el camino de fortalecer a la escuela pública, cuando fue Ministro de Educación Nacional, ente creado por él -anteriormente se llamaba Ministerio de la Instrucción Pública- hizo la diferencia entre instruir y formar. No bastaba con capacitar en un área, había que crear criterios democráticos para la educación.

Doña Bárbara nunca había tenido contrincantes y ahora comienza a sentirse desplazada. Ella había destruido y manejado a todos los hombres que se le acercaban y especialmente a Lorenzo Barquero, hasta llevarlo al alcoholismo y a la decadencia definitiva. En aquellas tierras rurales subsiste una vida metafísica, Juan Primito entiende el lenguaje de los rebullones, les coloca en los árboles miel de abeja para que se alimenten, deduce sus mensajes. Algo desastroso se avecinaba, Juan Primito puede intuir las cosas negativas que podrían ocurrir. Santos Luzardo ha podido ser liquidado por los hombres de Bárbara, esta no ha dado aquella orden, lo espera en su hondo vacio interior. Ella ha sido desbordada por su presencia y acciones. Posiblemente quiere cambiar pero parece tarde para hacerlo, ella ha tomado casi todo el ganado del Hato Altamira propiedad de Santos Luzardo. Ha consentido con él arreglar las delimitaciones de las tierras. Todo en el llano es misterio, los hombres montan en los bongos y en las gabarras para atravesar el río Arauca y observan las corrientes de aquellas anchurosas aguas con desconfianza.

Cuando va llegando a sus tierras del Hato Altamira, Santos Luzardo hace la travesía de aquellas aguas con un hombre extraño y callado que oculta en su rostro muchas historias indebidas, él repara en el caimán que asoma la cabeza en el río. El capitán del barco instantes apenas de levar anclas repara también en aquel gran animal, ordena regresar, le disparan sin ningún efecto. El extraño hombre que observa con ojos atónitos todo aquello no es otro que Melquiades Gamarra, el brujeador, sabe que será imposible darle caza a aquel animal. Son los sagrados espíritus del más allá que lo encarnan y lo simbolizan. Todos se sentían incómodos con su presencia, con fortuna descendió en el próximo paso del río y todos se distendieron. Alguien expresó, es uno de los espalderos y verdugos que trabajan con Doña Bárbara, es capaz de todo. Tiene siempre el oído parado para chismearle lo más mínimo a esa mujer. Bárbara ejerce el dominio a través de su lenguaje, de su comunicación con el socio; ella se entiende con las potencias maléficas. El conglomerado le teme, le admira y le odia.

En las noches los linderos se corren sin que nadie pueda hacer nada. Las autoridades de aquel pueblo están a su servicio, mandan los generalotes semianalfabetas. Allí persiste la denuncia de Gallegos a aquella sociedad autoritaria donde los crímenes son silenciados. Ño Pernalete es un militar de chopo e piedra a quien sólo le interesan sus ganancias y ser temido. La figura y la osadía de Luzardo lo disgustan, considera todo aquello como un irrespeto a la autoridad. El bachiller Mujiquita a quien Luzardo no reconoce -a pesar de que este le ha expresado que estudió con él en la Universidad caraqueña- le ha advertido que las costumbres de aquellos hombres están más cerca del salvajismo que de la civilidad, le ha avisado que tenga cuidado. Mujiquita encarna al pueblo aplastado que debe vivir en silencio por temor a que le quiten la vida, él tiene familia e hijos por levantar y educar, eso lo obliga a mantener silencio. El mundo para aquel momento está en manos de los chafarotes, de un militarismo que maneja el poder a su conveniencia. El extraordinario articulo de Edgar Colmenares del Valle, nos refiere que Antonio José Torrealba, informante clave en 1927 de Rómulo Gallegos en su visita a Apure para escribir su novela, fue expropiado de sus tierras por Vicencio Pérez Soto, allí se impuso la barbarie y el saqueo, sus tierras fueron embargadas. Torrealba pasó de pequeño propietario de un fundo heredado de su padre y hermano a vender su fuerza de trabajo en los hatos como caporal.

Antonio Sandoval como personaje de Doña Bárbara encarna la figura de Antonio José Torrealba. Gracias a este hombre -quien recopiló por escrito, en cuarenta cuadernos, información etnográfica sobre las costumbres del llano- el novelista logra recrear y estatuir una voz que insurge contra el latifundio que impusieron los militares. Gallegos se lanza el reto de escrutar a sus personajes y enfrentarlos para ver hasta dónde llegan sus límites, es un novelar las cosas que hacen los pueblos y los hombres para encantar, historiar y poetizar su entorno.


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